domingo, 27 de septiembre de 2015

La muerte de un alfiler y otras exageraciones



Dicen que soy exagerado. Exagerado... exagerado. ¡Exagerado! ¡Sí, señores! ¡Exagerado! ¡Exagerado con mayúsculas! ¡EXAGERADO! ¡E-X-A-G-E-R-A-D-O! ¡E! ¡X! ¡A! ¡G! ¡E! ¡R! ¡A! ¡D! ¡O! ¡Sí! ¡Exagerado!

Exagero lo inexagerable. Inexagero lo exagerable. Hiperboleo, retruecaneo, hiperbatoneo, oximoronizo, metaforizo, minimizo. Microscopizo o macroscopizo, neologizo o arcaízo, al derecho y al revés. ¡Exagero, exagero, exagero!

Exagero, la sustancia misma de la literatura es exagerar la percepción. Detener el mundo porque cayó un alfiler. Llamar a una ambulancia y llevarlo al hospital. Una enfermera que en el pasillo dice: ‘Lo siento, señor. Nada qué hacer.’

Tristeza inmediata de la familia del alfiler caído. Un tío político consigue una caja de fósforos para la sepultura. El entierro se realiza en la esquina de una huerta. Todos los alfileres, agujas, clavos, tornillos, broches, imanes y otros entes “unidores” de la casa asisten.

–¡Ha muerto un gran alfiler! –comienza efusivamente el discurso. ¿Quién lo pronuncia? La plasticola del nene, por supuesto, que utiliza como estrado el lomo de un perro anegado de sueño.

Yo, acomodado en la primera fila del palco de la imaginación, lo registro todo. Porque sólo contemplando la realidad a través del roto y curvo vidrio de lo absurdo el mundo adquiere un –uno solo, uno solito– contrasentido.

Y sí, soy un poquito exagerado para todo. ¡Cuánta razón tienen los que dicen que exagero! Ve al Cielo, alfilercito que nunca existió.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario