domingo, 6 de septiembre de 2015

Las huellas en el patio de la quinta del alambre de púas



“La casa no es tan grande, pensó.
La agrandan la penumbra, la simetría,
los espejos, los muchos años,
mi desconocimiento, la soledad.”

Jorge Luis Borges, La muerte y la brújula.



Hace unos años, unos chicos me invitaron a jugar a la pelota en los patios de una quinta cercada por alambre de púas. Como yo deseaba vencer mis líneas de timidez, acepté la invitación; media hora después, regresé a casa, con la mirada consumida por el llanto. Esta ha sido una de las poquísimas ocasiones en las que me sentí herido por otras personas, pero, a la vez, esta escena diurna constituye uno de los acontecimientos traumáticos que han afectado mi literatura.

Punto y aparte para despellejar la palabra ‘trauma’ de toda influencia freudiana. Esgrimo este término como sinónimo de ‘marca’ o de ‘huella’. En mi caso particular, las escasas experiencias trascendentales que atravesé –lejos estoy del arquetipo de héroe huérfano que Bruce Wayne o Harry Potter encarnan– funcionan en mi biografía personal como eventos que desenmascaran la inocencia de esta tierra y revelan las secretas corrupciones que la costumbre calza.

Por ejemplo, lo rememoro con incierta nitidez, dos niños que esperan a sus madres en el interior del colegio un día de lluvia. Uno de ellos, al ver a su respectiva progenitora en el vestíbulo, le dijo al otro:

–¿Viste que me vinieron a buscar, gil?

El otro niño era yo.

Estas dos anécdotas, en poco extraordinarias, pero no por eso menos dignas de ser contadas, denuncian una característica propia de mis historias privadas, esos relatos que por aquí no publico por pudorosas cuestiones: mi relación con los niños.

Mi hermano siempre pregunta a mamá por qué nunca jugué con él.

–¡Pero Julián jamás tocó la pelota siquiera! –dice ella, como si fuera la verdad más obvia de este mundo.

Sería absurdo clasificar las características de un hombre bajo una nomenclatura de causas y consecuencias. Empero, en el inextricable y abarrotado sistema de impulsos nerviosos que configura y almacena bajo la sombra del carácter las posibilidades de respuesta del organismo humano a determinados estímulos hay ecuaciones que no son del todo irresolubles al sentido común. A riesgo de ser tendenciosamente pavloviano, mi aversión hacia temas de conversación tales como el fútbol, la política o la infancia es fruto de una exposición previa a ciertos acontecimientos relacionados con dichos elementos en circunstancias específicas que derivaron en el origen del fantasma. De modo que no me resulta difícil llegar a la descabellada conclusión de que Opiniones marginales es un registro biográfico de mis traumas. Un mapa lleno de huellas, un laberinto repleto de marcas. Traumas, huellas, marcas. Insisto en la sinonimia y las equiparaciones, en expulsar a los maestros de la sospecha de la cafetería de los horrores.

La existencia del género digital, del blog como muro virtual que exhibe nuestras urbanas y a veces estúpidas vivencias, invoca la polémica de la no muy clara distancia entre literatura y vida. La realidad y la ficción. Lo que vivo y lo que escribo.

Hace mucho tiempo, a un grupito de rusos se les ocurrió decir que la literatura y la vida eran dos cosas absolutamente diferentes. Agua y aceite. La historia quiso llamarlos formalistas. Después, hubo otros que se llenaron la boca de teoría literaria. Ellos instalaron la primera piedra en el áspero territorio de las academias.

Los formalistas discurrían más o menos así: la literatura no era inspiración, no era sentimiento; era artificio. Es como decir que el fútbol no es pasión, sino once tipos que juegan contra otros once tipos en un coliseo de cemento. Una blasfemia argentina. Regresando a la mesa de los rusos, encontramos a un tipo llamado Roman Jakobson que, en un texto titulado La generación que desperdició a sus poetas, sentencia:


Al impulso creador hacia un porvenir distinto se opone una tendencia a la estabilidad de un presente inmutable que se cubre con vejeces rutinarias. Una vida se detiene en sus modelos estrechos y rígidos. Este elemento se llama byt: el rito de la existencia cotidiana.


Al Formalismo Ruso versión 1.0 se le criticó la división tajante entre literatura y vida. Lo que Jakobson define como el rito de la existencia cotidiana es lo que Eijembaum (otro ruso del club) refiere como ambiente social. ¿Cómo leer a Víctor Hugo o Charles Dickens con este criterio? ¿Por qué tropezamos con libros como Operación Masacre o el Diario de Ana Frank en la sección de literaria, si no son historias de ficción? ¡Qué problema, eh! Después del Curso de Lingüística General de Saussure –entre otros importantísimos acontecimientos históricos que a usted le aburriría oírme relatar– llegó el Formalismo Ruso versión 2.0, donde algunas teorías se reformularon y cambiaron las reglas de juego. Otra cita, esta vez de Eijembaum en El ambiente social de la literatura:


A primer plano pasaron los hechos no tanto de la evolución (tal como ésta se comprendía, por lo menos, antes) como de la génesis, y, debido a esto, ante el estudio literario se planteó un nuevo problema teórico: la correlación de los hechos de la evolución literaria con los hechos del ambiente social de la literatura.


Es decir, la literatura y la vida cotidiana, ahora, interactúan. Me gustaría hablarles de los rusos por mucho más tiempo, pero ni yo soy maestro ni ustedes mis alumnos. Esta gentil digresión sirve para mostrar cuán antigua es esta polémica que estoy tratando de desenvolver sobre el escritorio.

¿Qué pasa con el blog? ¿Qué pasa con Opiniones marginales? Hay un borramiento (¿existe la palabra o de dónde la saqué?) de los límites entre lo uno y lo otro. Hoy estoy citóvoro, les lleno los ojos de frases; César Aira, divagando sobre Roberto Arlt, escribió:


El expresionista, entonces, torturado y pensativo como un alemán, da un paso adelante, salta al mundo, montado en las palabras. [...] Una vez realizado el salto, el artista se ve en medio de la materia que en términos más prudentes debería haber tratado de ver a distancia, al mínimo de distancia necesario para poder representarla. La ve demasiado cerca, sin perspectiva, la ve a su alrededor, o mejor dicho ya no la ve, sino que la toca, en una situación verdaderamente prenatal, se revuelve en ella...


El mundo de Opiniones marginales está hecho de exageraciones, hipérboles, claroscuros, impresiones, aguafuertes, huellas, traumas. Es un universo donde lo más nimio se sobrecarga de detalles y descripciones. Recuerdos distorsionados en alta definición. Es la intolerable percepción de una vida llena de estímulos. Todo es rico en sabores, colores, fragancias, texturas y sonidos. Como el licenciado Vidriera que, creyendo ser un hombre de cristal, dormía en sitios seguros para no romperse los huesos, así yo escribo, exagerando peligros y emociones, desde la cueva de la literatura. En Funes, el memorioso, un relato de Borges, el protagonista, dotado de una memoria implacable a causa de un accidente, no quiere y no puede salir de su habitación. Con el don de la memoria reconstruye el mundo que ha pisado.

En ambos casos, el del licenciado Vidriera y el de Ireneo Funes, eventos traumáticos los transforman en quienes son y a partir de allí los personajes desdibujan visiones desproporcionadas y casi aterradoras del mundo. El mundo es un lugar donde te pueden romper y corromper. Es una puerta de acceso hacia tu destrucción. Esta perspectiva histérica, exagerada y paranoica se puede rastrear en otros relatos de mi producción: en El epitafio de arena, me imagino a mí mismo muerto en las escaleras de la Facultad de Filosofía y Letras; en la historia anterior, Necesito un buen empleo, una hipotética pesadilla se desarrolla en una cena con unos suegros imaginarios. Pequeños temores que, una vez puestos delante de un espejo curvo, se desdoblan y adquieren dimensiones escalofriantes. Ejercicios literarios. La exageración, irónicamente, me permite ver cuán absurdo es preocuparse por asuntos que están fuera de nuestro control.

Lo que escribo, ¿es real?

La respuesta es: No. Aunque me inspire incluso en un acontecimiento real, mi trabajo es retorcerlo hasta convertirlo en una obra de arte. Otra vez, mencionar a Arlt y su artículo La inutilidad de los libros:


La mayoría de los que escribimos, lo que hacemos es desorientar a la opinión pública.


Lo que hago yo. Ni más, ni menos. Nadar contra la corriente de la opinión pública escribiendo opiniones marginales. De los traumas que en mi infancia se han sembrado arrancar los frutos del tiempo y arrojarlos contra el muro de la realidad. O se rompen los traumas, o se rompe la realidad. En mi caso, puedo decir que las heridas se cierran y las huellas, aunque hondas, adquieren un significado más optimista con el paso de los años.

Una cosita más antes de desearles un feliz domingo. En otro relato de Borges, La muerte y la brújula, un detective culmina su investigación sobre una serie de asesinatos en una quinta abandonada. Desde que leí aquel relato, no pude dejar de pensar en las quintas como espacios de horror y de sangre, donde lo terrible acontece a los intrusos que exploran sus periferias. No puedo recordar si la quinta de alambre de púas –aún existe, en el barrio late, por los bordes– tiene o no tiene especímenes de olorosos eucaliptos. Otra vez, la exageración, la hipérbole; otra vez, la memoria que cae en la trituradora de la escritura y los dientes de metal que desintegran el último rastro de verosimilitud antes del salto final.

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