sábado, 5 de septiembre de 2015

'Necesito un buen empleo'



–Antes de pensar en ponerme de novio, necesito un buen empleo.

–Pero, ¿por qué?

En realidad, la respuesta está escrita en el aire. La mujer no es una planta que se alimenta del sol. Prefiguro que en las vísperas del cortejo –lo que escribo a continuación es especulación y fantasía pura, porque no tengo una mínima noción de cómo se producen las relaciones amorosas hoy en día– se requiere una importante inversión de capitales para la adquisición de rosas, bombones, perfumes, peluches y/o accesorios para ablandar el corazón de la futura madre de tus conjeturales hijos. Lo que configura el eje de mis no nacidas preocupaciones mayores es el período matrimonial, cuando llega el momento de pensar en ‘La Casa’, ‘El Auto’ y ‘La Cuna’. Bueno, la oca tiene que retroceder muchos casilleros. Volvamos a ‘Necesito un buen empleo’.

No estoy suplicando otro trabajo desde este blog. Sólo es una observación. Las relaciones humanas no están condicionadas pura y exclusivamente por las condiciones materiales de producción. Marx tendría una opinión diferente. La imaginación es una espléndida fábrica de maravillas. Imagine, lector, que yo estoy enamorado de alguien. Por una serie de circunstancias, conozco a los padres de mi futura novia. Me invitan a cenar en la sospechosa calidez de su hogar. Entonces, uno de ellos –padre o madre, les puedo temer a ambos– me pregunta.

–¿Y de qué trabajás?

–Bueno... trabajo en una pizzería.

–¿Vos hacés las pizzas?

–No. En realidad, las hace otro empleado.

–Ah. Vos hacés las empanadas, entonces.

–Emm... Tampoco. Yo atiendo los teléfonos y hago las cajas.

–Ah. ¿Y sabés cocinar?

–¡Pero se trabaja bien! –diría yo, bastante nervioso– Siempre entran muchos pedidos.

–¿Y sólo trabajás los fines de semana?

–Sí. Afortunadamente, los horarios son lo bastante flexibles para permitirme estudiar.

–¿Y para qué estás estudiando?

–Curso la carrera de Letras.

(“Que no me pregunten qué es eso” pensaría yo.)

–¡Qué bien! ¿Y qué materias estás cursando ahora?

–Bueno, en este cuatrimestre, puntualmente, no estoy... No agarré materias –inclino la cabeza sobre mi plato para no mirarles a la cara–, pero porque tengo pendientes muchos exámenes finales, y quiero rendirlos bien. No quiero amontonar tiempo y papeles.

Ruido de cuchillos y tenedores. Si yo fuera una especie de terrateniente o un empresario, los suegros que todavía no son suegros gozarían de la tranquilidad de saber que a su sagrada hija no le faltará ni comida ni techo.

Sé que las esposas están condenadas (sí, condenadas) a amar al esposo ‘en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza’. De modo que insto a las mujeres a que no se dejen llevar por el primer perdulario que les llene las orejas de piropos azucarados. Los hombres somos crueles. Sí, yo soy un hombre; metafórico, blandengue y rezagado, pero lo soy.

No digo que contraigan enlace nupcial con empresarios o terratenientes. A menos que de verdad estén enamoradas. Si lo están o no lo están, eso es tela para cortar otro día. Lo que digo, desde la más absoluta inexperiencia de todos los mundos, es que los proyectos de vida no se sostienen en el aire. ‘No se puede vivir del amor’, dice la argenta cantilena. Se requiere un espíritu emprendedor, un compromiso de vida, conocer, soportar y acompañar al otro.

Y plata. Sí, ya sé, estoy un poquito materialista, pero los billetes no crecen de los árboles.

El mejor consejo que les puedo dar a mis lectores es que ignoren todos mis consejos. Lo único que tengo son opiniones, poco acertadas o muy equivocadas. Más del cincuenta por ciento de lo que escribo son opiniones equivocadas. A la hora de escribir sobre desilusiones, mis uñas chorrean sangre de tantas insolentes peroratas que urdo. Mi sabiduría es la del mono que mete la mano en la boca del cocodrilo para saber cuántos dientes tiene.

Si quieren consejos, lean la Biblia. Hablen con sus padres o conversen con sus abuelos. Háganle preguntas a Dios. Porque los libros muestran problemas pero no soluciones. A Shakespeare no le importó resolver la ecuación del amor, sino explorar sus infinitas posibilidades dramáticas. El relato clásico obedece a la tétrica fórmula de principio-nudo-desenlace. Los desenlaces literarios no siempre son finales felices.

La literatura es una pésima consejera en lo que a amores rotos respecta. Pero lo que no tiene de consejera, lo tiene de lisonjera. A ella le robamos de los bolsillos las metáforas que necesitamos para tocar las puertas del inexpugnable corazón de una bella dama.

Yo, por mi parte, las uso para seguir escribiendo. Los piropos y las cartitas rosas están fuera de mi campo de acción. Algún día me dedicaré a convencer a la chica de mis sueños de que soy el tarado perfecto para ella. Pero, primero, necesito un buen empleo, terminar los estudios y aprender a cocinar.

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