martes, 1 de septiembre de 2015

Opiniones, sólo opiniones



A mí me gustan las lluvias tibias, los mates azucarados y el olor de los libros nuevos. La tarjetita que en el vientre de la billetera se oculta no denuncia el peso de mis sueños. Como si pudiera poner todo mi yo en el currículum vitae; no, mis histerias y esperanzas no caben en un cuadrilátero de papel.

Los adjetivos de este mundo: demasiado escuetos. Cortos a la hora de decir quiénes somos. A los jóvenes les cuesta definirse en este mundo de etiquetas; no es sólo la figura que aparece en el espejo, el rostro despedazado de tanto rechazo y los ojos que no te miran. Pena corriente en esta generación de cristal líquido. Disparo el láser contra otro ícono. La falta de palabras. Las ácidas asperezas de nuestra lengua. No hay palabras suficientes para abarcarnos, y nos limitamos a describir el envase en el que caminamos. ‘Soy alto, soy pelirrojo, soy porteño.’ Tres o cuatro frases sueltas, nada más. Y seguimos sin saber quiénes somos. Nada de lo que me decís me dice quién sos. Una tragedia del lenguaje.

Ojo, que las palabras pesan. Ojo, no digo que las presentaciones son irreales. Sí, sos alto, sos pelirrojo, sos porteño. Esos datos sólo sirven en el mundo de la materia visible. Si quiero preguntarte quién sos, tu lengua se derrite en estadísticas. Sacrifico otros enigmas más irresistibles como de qué color pensás que es el silencio o qué fue lo último que te dijo Dios esta mañana o en qué idioma gritan las tormentas.

No puedo preguntarme quién soy yo y responderme con números o profesiones. Somos lo que creemos, lo que leemos, lo que pensamos, lo que sentimos, lo que dibujamos, lo que decimos, lo que hacemos, lo que callamos, lo que sufrimos, lo que celebramos. Somos un pequeño todo de milagros y luces y lágrimas.

Tu alma y mi alma son demasiado grandes para ponerlas en un libro. La vida no es una línea. Principio y fin. Se parece más a una escalera infinita, una espiral de fuego, un dragón de humo que se muerde la cola.

Si la peonza del tiempo gira indefinidamente, ¿para qué escribo? ¿Por qué producir poesías cuando la literatura es tan corruptible y perecedera como todas las manifestaciones artísticas de la raza humana? Las computadoras pueden romperse, el papel mordido por el vómito ígneo de los lanzallamas, persecuciones, críticas, tergiversaciones, perversiones, traducciones, malas interpretaciones. El escritor se resiste a la serpiente y a la caja de Pandora, a los signos de la tentación, a la sed de dejarlo todo. Entiende los riesgos. Punto y aparte.

Por qué escribo y quién soy: austeros acertijos. Del otro lado de la sonrisa congelada en la foto carnet yace una identidad impropia. Mis documentos no dicen quién soy: sólo los buenos mates, las tardes nobles, los espíritus amables, desbaratan la cerradura de mi boca. El yo que sangra a través del lenguaje. La expresión que se desempaqueta cuando los rostros están uno al lado del otro en la explosión de un ósculo santo.

Hay abrazos que ablandan las piedras dentro de tu pecho. Olvidándonos de los guijarros que se amotinan en la garganta, desnudamos las palabras, un bisturí corta minuciosamente los silencios sin sangre. Me revelo y me rebelo. Revelación y revolución. Romper la soledad a martillazos. ¿Qué es mi vana y seglar escritura sino otra forma de decirte que te quiero?

Vos sos más de lo que hay en tu billetera. Sólo que no te das cuenta: el crepúsculo te disfraza con una armadura de oro, muchacha guerrera. Nos hicieron creer que llenándonos la mandíbula de rabiosa espuma de flúor nuestra sonrisa será más esplendorosa. Creemos que las grandes piezas musicales crecen sólo en los conservatorios como raras flores de invernaderos mientras la contaminación cierra la puerta del cielo a los pájaros, la raza musical más antigua de la Creación. El músico oye himnos en todas partes, detecta el ritmo de sus venas y la melódica letanía de los caracoles en los bordes del jardín; así el poeta lee el mundo en una taza de té, en la nena que llora porque el globo se le escapó, en la esclavitud de un perro atado a un poste de luz sin que se sepa cómo o por qué llegó allí.

Alguien me ha reprochado incrédulamente mi falta de memoria. Lo cierto es que vivo olvidándolo todo, y atesoro lo más precioso en las letras que fabrico. Pese a quién le pese, mi mente no está concentrada en los asuntos de este mundo. Mis pensamientos funcionan casi siempre al revés. Casi siempre, pero no siempre. Esa imposibilidad para entender el orden lógico de las cosas es lo que arrastro en cada párrafo.

Mi trabajo o el tema de mis historias no es sólo el rechazo de la realidad (de la cual uno no se puede ni se tiene que escapar del todo) sino la elaboración de otra lógica para narrar historias. No hay originalidad en esto. El ejemplo más inmediato: Cortázar con sus cronopios. Una resistencia pacífica, artística, sencilla. Pacífica, pero no pasiva.

La realidad puede parecer fantástica y lo onírico parecerse a lo cotidiano. Pero no quiero hablar mucho de arte cuando ni siquiera tengo un diploma de licenciado que legitime mi discurso feroz. El arte no se puede definir bajo el oficioso imperio de las nomenclaturas de los mortales diccionarios. Es agua invisible que de los vasos rebalsa.

El arte no se define, pero el arte define. Nos define como espectadores, autores y partícipes de un juego donde el hombre transforma la materia para la manifestación de un pedacito de condición humana. Nos define como seres sensibles, estéticos, perfeccionistas, diligentes, soñadores, visionarios. El arte no es contemplación, sino acción sobre el material inerte.

Sí, hablo un poco de todo. De identidades, de artes, de lenguajes, de lógicas, de memorias imperfectas, de quiénes somos. Así soy yo. Yéndome por las ramas, descubro que éstas comparten una conexión secreta. Todo tiene que ver con todo. Mi yo halla su lugar en el mundo a través de las palabras. Un narrador de irrealidades.

Mis opiniones son marginales porque son irreales. Gemas extraídas de la caverna de la realidad, pepitas de oro separadas de la escoria. Rarísimos minerales de tinta a los que trato de sacar el brillo con metáforas.

Opiniones, sólo opiniones. Comentarios de nada que a nadie pueden importar. Es mi obligación hacerte creer que mis palabras importan. Este es el vanidoso trabajo de cualquier escritor.

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