miércoles, 16 de septiembre de 2015

Traición eterna a quien corrija estas páginas



Hace unos días realicé entrevistas improvisadamente a algunos compañeros de armas en la fe que participaron de un evento muy reciente. Actualmente, en las vísperas de cada medianoche, transcribo el material sonoro y construyo entrevistas escritas. Editar, corregir, censurar sonidos ininteligibles. El trabajo de edición es inevitable. Se produce, entonces, el dilema moral.

Un ejemplo. Una de las entrevistadas dijo haiga en vez de haya. Yo corregí la conjugación verbal. Más tarde, hablé con la misma persona, quien insistió en que yo hiciera todas las correcciones necesarias, ya que a ella no le gustaba mucho las respuestas concretas que me había proporcionado. Le dije que lo haría, aunque procuraría ser lo más fiel posible al audio original.

La fidelidad, en este caso, es una desfachatada mentira para alivianar la conciencia del escritor. No hay reescritura que sea absolutamente fiel a la fuente original aun con la presencia de un solo mínimo cambio. Traduttore traditore. El traductor es un traidor. En el paso del sonido a la escritura hay correcciones que traicionan el contenido original de las grabaciones. Hay frases, expresiones, ruidos, repeticiones e interjecciones que se omiten.

Entonces, ¿qué es lo que debería hacer? ¿Perdonar el verbo haiga y ser fiel a la verdad oral? ¿O corregirlo y aspirar a los rigores de la coherencia y la cohesión para la digna presentación de un documento informativo?

Lo que estoy haciendo, las correcciones a las que someto la escritura que representa el lenguaje oral, ¿no es una traición al lenguaje, a la palabra viva?

Si soy yo quien corrige las entrevistas, entonces, en parte, soy yo quien contesta las preguntas que yo mismo formulé. Soy yo quien escribe la historia. ¿Eso significa que los entrevistados realmente respondieron? Cuando lean la versión final de la historia, ¿reconocerán sus propias palabras, sus voces, sus enunciados? Cuando tengan las páginas impresas en sus manos, ¿se encontrarán a sí mismos o me encontrarán a mí hablando por ellos?

Los caminos de un transcriptor son misteriosos. Problemas éticos de alguien que traduce sonidos a palabras escritas. Polémicas editoriales que sólo a las ratas de biblioteca pueden importar.

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