miércoles, 30 de septiembre de 2015

Un pequeño paseo a través de un jardín de letras



Último día de septiembre. Primavera insurgente, pluvial y paulatina. He armado un arreglo floral para arrojarlo sobre la tumba de este mes que está muriendo. Pétalos de tinta, flores literarias. Un ramo de sueños leídos.


• La Rosa de Cobre, de Erdosain

Lo único que parece dar significado a la vida artificial de uno de los personajes más abismales y trágicos de la literatura argentina. Remo Erdosain, a través del cual corren las tramas de Los siete locos y Los lanzallamas, se compromete con la hilarante revolución que el Astrólogo pretende inaugurar para producir un golpe de Estado en el país. Si el atentado triunfa, Remo podrá producir sus utópicas flores galvanizadas en masa, además de otros proyectos estrambóticos tales como el establecimiento de una tintorería de perros.


–Fácilmente... Se toma una rosa, por ejemplo, y se la sumerge en una solución de nitrato de plata disuelto en alcohol. Luego se coloca la flor a la luz que reduce el nitrato a plata metálica, quedando de consiguiente la rosa cubierta de una finísima película metálica, conductora de corriente. Luego se trata por el común procedimiento galvanoplastia» del cabreado... y, naturalmente, la flor queda convertida en una rosa de cobre. Tendría muchas aplicaciones.

Roberto Arlt, Los siete locos.


• La pasionaria, de Ireneo Funes

La primera imagen que tenemos del protagonista del relato Funes, el memorioso es la de un joven que contempla infinitamente una pasionaria corriente que para él no tiene nada de corriente. Porque es el hombre que puede recordar más de lo que ningún otro hombre haya podido en toda la historia de la humanidad.


Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera.

Jorge Luis Borges, Funes, el memorioso.


• Las flores vivas, de Alicia

Del otro lado del espejo las flores pueden hablar. Aunque ellas no siempre tengan palabras halagüeñas para los seres humanos.


–¡Oh, lirio irisado! –dijo Alicia, dirigiéndose hacia una flor de esa especie que se mecía dulcemente con la brisa–. ¡Cómo me gustaría que pudieses hablar!
–¡Pues claro que podemos hablar! –rompió a decir el lirio–, pero sólo lo hacemos cuando hay alguien con quien valga la pena de hacerlo.

Lewis Carroll, A través del espejo y lo que Alicia encontró al otro lado.


• La rosa, del Principito

A buen entendedor, pocas palabras. La flor más célebre y afamada de toda la literatura universal.


—Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y millones de estrellas, basta que las mire para ser dichoso. Puede decir satisfecho: “Mi flor está allí, en alguna parte…” ¡Pero si el cordero se la come, para él es como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¡Y esto no es importante!

Antoine de Saint-Exupéry, El principito.


• Las flores del futuro, del Viajero a través del Tiempo

La única evidencia que tiene el protagonista de La máquina del tiempo que estuvo en la era de los morlocks y los eloi.


–¿Dónde las ha encontrado usted en realidad? –preguntó el Doctor.
El Viajero a través del Tiempo se llevó la mano a la cabeza. Habló como quien intenta mantener asida una idea que se le escapa.
–Me las metió en el bolsillo Weena, cuando viajé a través del tiempo.

H. G. Wells, La máquina del tiempo.


Las flores, el clásico procedimiento para escenificar episodios amorosos, pueden exceder los límites de su propio simbolismo ornamental para convertirse en vehículos de nuevas significaciones. Esto depende del estilo del escritor, que puede elegir entre el abuso de las metáforas heredadas del más burdo sentimentalismo telenovelesco o la búsqueda exhaustiva de nuevos empleos retóricos para el signo de las flores en la literatura contemporánea.

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