viernes, 2 de octubre de 2015

Análisis y decadencia del piropo argentino



La era de los piropos ha terminado. Y si no ha terminado, tiene que terminar. Los hombres deben ejercer una autocensura y exigirse una fuerza de voluntad sin precedentes para no ofender con su prescindible verborragia al género femenino. Algunos no lo logran. Posterguemos el arduo e innecesario trabajo de imaginar estadísticas.

¿A qué llamamos, en la mitología argentina, piropo? Definámoslo. El piropo es un enunciado particular dirigido a una mujer que reviste connotaciones sexuales y cuyo espacio de enunciación es un ámbito social y público. Una definición inicial que algunos lectores discutirán. Me anticipo a salvaguardar los inmediatos puntos de discusión:


...es un enunciado particular...: en esto todos estamos de acuerdo. El piropo es una cláusula e extensión breve y sencilla estructura semántica.

...dirigido a una mujer...: lo que no significa que no haya mujeres que elucubran comentarios subidos de tono a algunos hombres. Este singular fenómeno está fuera de mi campo de mi investigación.

...que reviste connotaciones sexuales...: el carácter definitorio del piropo radica en el contenido semántico y en la composición léxica de la cláusula. La diferencia entre el elogio y el piropo es un grado de calentura.

...cuyo espacio de enunciación es un ámbito social y público: otro rasgo elemental del piropo. Éste es enunciado casi siempre en un ambiente social donde impunemente el perdulario articula en su bruta jerga el improperio sexual a una transeúnte.


Abro paréntesis. Una de las particularidades más llamativas de los enunciadores de piropos es su grotesca visibilidad. Como si no les importara ser detectados con ojos y dientes. Esa visibilidad los hace invisibles. Rostros en la multitud. Cuando un hombre y una mujer se dedican pedacitos de frasecitas en la intimidad, en la soledad de una habitación o saludos por mensaje de texto, no hay piropo. El piropo es un acontecimiento casual, público, visible, violento: es un NN que le dice a una NN lo que haría con ella a las once de la mañana en plena calle. Estoy tratando de especificar el objeto de estudio de hoy. No quiero que el dragón se muerda la cola.

Por las características que acabo de enumerar, hemos establecido como objeto de estudio al denominado “piropo callejero”. ¡Y pensar que su tatarabuelo etimológico, pyropós, significaba “semejante al fuego”! Para mí, para nosotros, el piropo es esto. Exhibicionismo perverso e indecoroso de la lengua. Abrir el cierre y sacar el bife podrido de la carnicería del alma. Sacudir el lenguaje ante los oídos de los niños. Intercambiar el ocultamiento del deseo privado por una exasperante exaltación de virilidad mal transpirada. Excretar postreramente la sustancia de la ignominia por la boca.

Cierro el grifo de metáforas líquidas por el momento.

¿A quién citaré sino al celebérrimo Roberto Arlt? En una de sus aguafuertes, titulada El idioma de los argentinos, escribió:


Este fenómeno nos demuestra hasta la saciedad lo absurdo que es pretender enchalecar en una gramática canónica, las ideas siempre cambiantes y nuevas de los pueblos.


Descontextualizando un poco la frase de Arlt, no hay gramática capaz de contener –más bien, de justificar, censurar o atenuar– el peso de los piropos. La lengua cruda de la masculinidad inflada de testosterona. La lengua viva, indomable. La lengua del hombre que se mete por la oreja de la mujer.

Análisis de un piropo “clásico”:


Con ese c... te invito a c... a casa.


El lector comprenderá la presencia de puntos suspensivos. Nótese la presencia de fonemas oclusivos, de consonantes fuertes. En este caso: [k]. Un vulgarismo requiere una articulación fuerte y brusca para obtener cierto efecto sonoro que prefigure la violencia de las palabras. El virtuosismo del lunfardo: los insultos se componen de fonemas oclusivos. La palabra con P, la palabra con C. Vos sos un P, y vos sos una B, y si existe una mala palabra que comience con T, entonces, sos una T, una consonante viviente, maltrecha, turutú, turutú.

En cuando al sentido del enunciado, el piropo callejero es una espada de doble filo: en primer lugar, como una representación desproporcionada, lasciva, de los atributos corporales femeninos; en segundo lugar, como si la sola mención de la palabra ‘oro’ fuera suficiente para llenarse de guita, raro pensamiento mágico que en los incautos persiste, una invitación inmediata a un acto sexual que no se consumará por la obvia y previsible indignación de la destinataria.

Los enunciadores de piropos, razonemos, los piropeadores callejeros, esos viejos verdes deleznables que el Pudor mandaría a fusilar, ¿son verdaderamente estúpidos o se olvidaron las neuronas al costado del inodoro por la mañana?

En Tenorios y matones, uno de los capítulos de En torno a lo argentino, de Federico M. Quintana, se afirma:


El donjuanismo argentino surgió como un exceso de vitalidad, como una expresión natural, sin nada de complicaciones ni afeminamientos.


El piropo es el himno de los degenerados. No es donjuanismo, convengamos. Hay abismos de diferencia entre el donjuán, el chamuyero y el piropeador. El donjuán, el pavo real humano, Narciso seductor, nolanístico Bruce Wayne, es un erudito en la ciencia de la seducción y algo de tahúr tiene, porque lo suyo es un juego sin compromisos. Evítese confundir con gigoló. El gigoló es más lastimero y mendicante, lo que hace el donjuán por placer éste lo hace por plata. Luego, el chamuyero, fauna común de los boliches, intruso en el bar, mosquito social, diente de león barrido por el viento de la indiferencia, que aspira a ser donjuán y fracasa por la transparencia de sus mentiras. Por último, el piropeador, la bestia, conductor recalentado, mandíbula piratesca, que babea cuando contempla a las colegialas de secundaria en la flor de su juventud que salen del instituto y cruzan cuando el semáforo está en rojo.

Sí, la visión que presento es extremadamente negativa, pero no aspiro a la erradicación del piropo por la misma razón por la cual no pueden desaparecer las botellas de cerveza en la esquina de Buenos Aires. Ni una campaña de concientización a punta de pistola derrite el hielo de sus bocas. Su lengua cruda, su lengua estática, congelada, imperecederamente machista, sigue allí, late, con sus fonemas oclusivos y sus imágenes al rojo vivo tras la roñosa barba.

He buscado algunos artículos en el océano digital a fin de confrontar las opiniones de los sexos. Abajo coloco dos comentarios y los enlaces de donde los he extraído.

Comentario al cortometraje "Por la Calle" (enlace: https://www.youtube.com/watch?v=MFBYZ0H6vBY)


Comentario al artículo "Piropos en la calle: ¿halagos o insultos?", de Clarín. (Enlace: http://entremujeres.clarin.com/pareja-y-sexo/Piropo-calle-halago-insulto-acoso-verbal-callejero-facebook_0_1334268834.html
 


Subrayo las últimas palabras de Rubén Bruno. El piropo es obsoleto. No va más piropear. Cerremos la boca. Respeto. Existen otros miles de modos de interacción social o desahogo emocional. Ya lo ha dicho Mirtha Legrand: ¡Así, no!

Un comentario más que tiene que ver con lo que me impulsó a escribir sobre esto. Mi único compromiso es el lenguaje. Un lenguaje que yo elaboro para reinterpretar lo que llamo mundo. Ya que La Esfinge en su laberinto de soledades versa sobre las adivinanzas, me pareció lícito explorar las vísceras de los piropos que a muchos repulsa y a otros regodea. El piropo, como la adivinanza, es un dispositivo cuyo sentido difiere del acertijo: es una construcción diseñada para destruir el estado determinado de la destinataria y afectarla emocionalmente. El piropo es una violación de la ley. Es la perversión del orden público. Es una daga clavada groseramente en el pecho del ruidoso silencio de la calle. El piropo es un arma. Yo voto por el desarme. Lo que respecta al lenguaje en la esfera de la praxis privada no es asunto mío. En cuanto a lo público, hay voces que opinan diferente. Esta opinión marginal no devela una posición asumida, sino que es una exhibición de estas posturas polarizadas. Lo demás queda a disposición de las leyes, de las normas y de las masas.

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