lunes, 5 de octubre de 2015

Arlt: comentarios acerca de 'El idioma de los argentinos'



He citado recientemente un fragmento de El idioma de los argentinos, una de las muchas aguafuertes de Roberto Arlt, en un estudio un poco ridículo pero esmerado sobre los piropos callejeros. Esbozo aquí un brevísimo comentario acerca de dicho artículo.

En El idioma de los argentinos, Arlt discute con José María Monner Sans, quien cree que el lunfardo es lisa y llanamente repudiable. Esta polémica, que en las vísperas del segundo milenio parece un chiste muerto, encendió ascuas de cólera sobre los escritorios de los literatos durante décadas. ¿Se puede construir una literatura argentina sin lunfardo?

Después de citar unas palabras de Monner Sans extraídas de la columna de un periódico chileno, El Mercurio, Arlt ataca. “¡Cómo son ustedes los gramáticos!” Las exclamaciones carnavalescas y las preguntas ácidas a la orden del día. A continuación, una interesante disertación acerca de cuán difícil podría ser para nosotros decir que un hombre se comió un sándwich si obedeciéramos al pie de la letra las imposiciones de la Real Academia Española. Luego, compara a la gramática con el boxeo. Luego, el discurso se discurre, se ramifica, se derrite y se reafirma en su tesis central: no se puede “enchalecar” a la lengua (¿castellana? ¿española? ¿caben aquí adjetivos posibles?).

He cometido el error de tratar de corregir el habla de los otros, cuando es precisamente su habla una marca de identidad que se recorta contra el mundo. La lengua, nuestra lengua, desenvuelta en las conversaciones de todos los días, exhibe particularidades únicas que la gramática tradicional no puede captar. Cito el ejemplo de una amiga anónima que, en pleno conflicto con los tiempos verbales, pronuncia haiga en vez de haya. Ella lo atribuye a la lengua de una provincia. Esa secreta asociación de un error gramatical con una zona geográfica, esa violencia involuntaria del lenguaje desdoblado y descentralizado y deshegemonizado de los ámbitos académicos, esa consonante que sustituye deliberadamente la pronunciación impuesta y heredada por la lengua de los conquistadores –mejor dicho, los exterminadores–, es lo que me interesa.

Pese a quien le pese, las jergas populares que se cultivan en el seno de nuestra argenta patria participan de este juego al que llamo sin criterio ni miramientos la descentralización del lenguaje. Pese a quien le pese, el que dice ‘guacho’, ‘gil’, ‘chabón’, ‘chorro’, ‘¡qué buenas llantas!’, ‘¡alta facha!’, ‘¡me estás boqueando!’, ‘¡poné unos mangos y comprate las birras!’ y otras expresiones que los interlocutores tímidos consideraríamos inapropiadas, el que entresaca como faca de punga estas locuciones deviene en fabricante y portador de una lengua clandestina y subterránea que sobrevive a la sintaxis de primaria.

Stephen King ha sido desde Carrie criticado por intentar reproducir en sus novelas el habla –a veces feroz, racista, obsceno, sexual, exageradamente gráfico y políticamente incorrecto– de la comunidad norteamericana. La respuesta de King: él es el primero en decir que no le gustan las palabrotas. Y sin embargo, las escribe, para producir en el relato un efecto de verosimilitud. Porque no hay ser humano sobre la faz de Yanquilandia en la postmodernidad al que no se le haya escapado una mala palabra después de un martillazo.

Arlt, como King, es un escritor que se hizo “desde abajo”. Y arrastra desde el abismo de las clases sociales ciertos géneros discursivos que en la alta literatura no se ven. En las telenovelas, los delincuentes, seamos francos, tienen un grado de cultura que los chorros de visera roja no tienen: el villano de la escena articula perfectamente consonantes y vocales, es capaz de reproducir construcciones verbales enteras.

En cambio, en la vida real:

–¡Dame el celulá, la c... de tu madre! ¡Dale, loco, dame! ¡La cana! ¡Rajemos!

También:

–¿Vi’te, loco, che? E’te de ahí no’ e’tá boquiando. Le vamo’ a afaná todo. Se baja del bondi el boli ese, y lo garramo a piñas.

Se comen las eses así como Cronos devora a sus hijos.

Incluso yo comento un error garrafal en mi habla.

–Son las una de la tarde.

–No, Julián. Es la una.

Un último caso, extraído jugosamente de una charla que espié en septiembre.

–Habíamos vido la película.

Cada uno de estos enunciados particulares encierra un laberinto de significados intrínsecamente relacionados con el contexto socio-tempo-espacial en el cual fueron producidos. La literatura realista que pretende representar las instancias de la vida cotidiana, ¿se toma el trabajo de construir diálogos verdaderamente verosímiles con la materia de la lengua viva que se nos ofrece enarbolada en el ambiente social?

Arlt no podía escribir malas palabras en su lugar de trabajo. Pero el idioma de los argentinos no estriba en las malas palabras. Arlt se las arregló para tamizar a través de sus numerosos artículos una Buenos Aires que concibió como decadente y enfurruñada con el destino de los hombres y, en la boca de sus pelafustanescos personajes, introducir una muestra gratis de lívido lunfardo, de esa jerga atribuida a maleantes y pobretones.

Entonces, si la lengua no pertenece a las academias y si somos nosotros quienes establecemos las convenciones y mediaciones para que nuestra lengua –que es individual y colectiva a la vez– sea comunicable y transmisible sin intervenciones institucionales; en términos más brutos, si hablamos como se nos cantan las costillas, ¿sirve estudiar Lengua y Literatura en secundaria?

Sí.

Porque sólo entendiendo los fundamentos de la lengua comprendemos con mayor claridad la dimensión de los problemas que a las palabras atañen.

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