lunes, 26 de octubre de 2015

Descenso a la "realidad"



En el momento en el que estoy escribiendo esto –muchas de mis opiniones marginales empezaron como notas en mi celular–, un vendedor ambulante dispara cajas de pastillas mentoladas al regazo de los pasajeros del tren Sarmiento. No sé por qué razón la palabra SEX aparece en la superficie de la caja. Son caramelos, no preservativos.

La chica que está sentada junto a mí lee un libro cuyo título jamás conoceré.

Un hombre joven, no muy lejos, oculta un caniche toy contra su pecho. Junto a su conjetural novia de corte carré habla, y su voz anónima mueve los hilos de una charla común y corriente.

Castelar. Elijo al azar una canción para escuchar en el viaje. Don’t look back in anger, de Oasis.

Morón. Otros dos vendedores ambulantes. No sé lo que venden. Ni siquiera les presté atención. En Ramos Mejía sube una niña en compañía de su padre. Le cedo el asiento. Es una acción automática, mecánica, kantiana. Sigo escribiendo.

Ciudadela. Just another girl, The Killers. Un ligero oscilamiento antes de llegar a Liniers. Ante mí, el Cementerio Israelita se extiende tras un muro blanco. Parece una mitología.

Con Human culmina mi travesía hacia Flores. Guardo mis auriculares. Ajusto el cuello de mi campera. Me pongo de pie delante de las puertas automáticas. Parecen tan herméticas que uno siente que no se abren nunca cuando el tren se detiene. Pero lo hacen. Desciendo al mundo real.

Flores se abre como una rosa de cobre a mis pasos. Esa Flores de baldosas rotas, de ocres azulejos que los murales artísticos redignifican, de palomas rabiosas. Esos escaparates que me reflejan en su mortecina transparencia, esos semáforos que cortan mis caminos. Esa tristeza de domingo encarnada en las persianas metálicas de los comercios cerrados, esa melancolía dominical que tanto Arlt aborrecía.

Algo late dentro de los postes de luz, en los contenedores de basura, en el cadáver de un cigarrillo aplastado en la vereda, en los ojos desorbitados de un peatón que se deleita en la contemplación de una adolescente de ceñidas ropas, en ese piropo mugriento y enervante que escapa de ese orificio llamado “boca”, energúmena sentencia, gelatinosa cual desesperado tentáculo de pulpo estrangulado en un estrecho túnel que busca salvación.

El Capitán Garfio temía el augurio del reloj que anunciaba la presencia del cocodrilo que le arrancó la mano. Análogamente, Buenos Aires me infunde sentimientos encontrados. Como en El corazón delator, el hombre sabe que hay algo debajo de sus pies. Y que asciende, lentamente, el crujido de esa bola de sangre y carne que no para de hablar.

Es el artista el que arranca las tablas para desnudar el horror bajo la alfombra. La ciudad es un enigma irresoluto. ¿Qué lee la chica sentada junto a mí? ¿Qué habla el hombre del caniche toy? ¿Qué hay dentro de la caja negra? ¿Qué es lo que late detrás de cada árbol de Flores? La realidad. La realidad última de un universo multiforme. La realidad no es tan real cuando la vemos con otros ojos. Para Poe, un gato negro no es sólo un gato negro. El Infierno está detrás de él.

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