sábado, 10 de octubre de 2015

El puñal que se apuñala a sí mismo



¿A qué llamamos opinión sino al acto de llenarse los pulmones para luego llenar el aire de nada? ¿A qué llamamos opinión sino al acto de decir lo que todos ya piensan? La opinión, sea pública o privada, deja de ser opinión para transformarse en glosa, en algo que dije yo, que dijiste vos, que dijo ella, que dijo él, que dijo la televisión. La palabra salta tantas veces de boca en boca que se pierde dentro de sí, en un vacío que el habla cavó en su corazón.

Este es uno de los desafíos de este espacio virtual. Hablar sobre lo que el otro no habla. Si todos hablan de política, ir del otro lado del cuadrilátero y hablar sobre lo opuesto. Si todos hablan de la televisión, hablar sobre literatura. Si todos hablan de esto, yo hablo sobre lo otro. Y lo escribo.

Escribir debajo de la mesa. Escribir sin buscar los ojos de un otro concreto. Escribir sin una lógica de mercado o de promoción. Escribir sin premeditaciones, como el asesinato accidental de un caracol. Escribir por escribir. Escribir y punto. Escribir. De lo que se me ocurra, pero escribir.

Un hombre dice: ‘Quiero ser escritor’, y no escribe.

Yo digo: ‘Soy escritor’, y escribo.

¿Me han otorgado el premio Nobel? No. ¿Hace falta un premio, un título, un linaje, una posición social, un vocabulario sofisticado o un reconocimiento especial para ser escritor, para construirse escritor, para hacerse escritor? No. Escribís y listo. Lo que escribas corre por cuenta tuya. Pero escribís.

¿Y qué es escribir? Arremeter contra la opinión pública, contra la glosa, contra lo que se dice y lo que se habla, contra el lenguaje mismo que nosotros hablamos todos los días, contra la lengua misma. La literatura es el lenguaje que se vuelve a sí mismo. El libro es el puñal que se apuñala a sí mismo. La opinión pública no lo puede tocar, porque se corta, porque salpica de sangre el filo del puñal.

La literatura es y no es para todos. Están los que no la leen, los que la leen y los que la escribe. Pero el escritor tiene la obligación de ser lector y escritor. Y de arremeter contra la voz de la realidad. Aunque esto signifique también, en algún punto, imitarla.

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