martes, 20 de octubre de 2015

Hill: una (re)lectura del mito de Caín y Abel en 'La Capa'




ALERTA DE SPOILER: este artículo contiene detalles argumentales sobre la obra en cuestión. Si usted no la ha leído previamente, y desea hacerlo sin anticipar el contenido de la misma, puede leer otros artículos de Opiniones marginales.



Lo primero que se me ocurre al intentar escribir una crítica sobre La capa es invocar inmediatamente el mito bíblico de Caín y Abel. El tema de la envidia está presente casi desde la primera viñeta y recorre la médula espinal de toda la obra. Una necesaria aclaración: me remito directamente al cómic, no al relato original de Joe Hill. La adaptación gráfica es, además de una reproducción de uno de los cuentos más significativos de la antología Fantasmas, una dilatación de la trama primigenia a cargo de Jason Ciaramella. El dibujo corre por cuenta de Zach Howard. La intervención de disímiles autores en los diferentes aspectos de la obra es un asunto que abordaré en un futuro remoto.

Quienes no conozcan la historia de Caín y Abel, pueden leer el capítulo 4 del Libro de Génesis. Lleven a cabo el ejercicio de leer entre líneas la historia. Una lectura superficial parece indicar que Caín mató a Abel sólo porque Dios no miró con agrado su ofrenda. Evitando toda controversia teológica y sacrificando la lectura crítica a favor de una lectura psicológica, ¿qué secuencia de pensamientos y acontecimientos atravesaron la figura de Caín para conducirlo al asesinato de su propio hermano?

Lo que no dice la Biblia en su versión Reina Valera 1960 es lo que propone La Capa, cuando Nick resume el drama de Eric en una sola frase: Todo está en tu cabeza. El verdadero pecado de Caín no es el asesinato, sino la negación de la realidad y la construcción de una ficción opuesta a la verdad divina que propicia un peligroso antropocentrismo. ¿Por qué a Dios le desagradó la ofrenda de Caín? ¿Sólo porque se trataba de un agricultor o porque Caín ambicionaba ser algo más que Abel?

No se trata de aplicar una lectura bíblica al relato de La Capa. Se trata de releer el tema de la envidia desde La Capa al mito. La Capa es una relectura del tema de la envidia. En esto ni Hill ni Ciaramella son innovadores: Miguel de Unamuno, por ejemplo, con su Abel Sánchez, les lleva por siglos la delantera.

¿Qué pasaría si Caín y Abel, que configuran una de las tragedias que definió la presencia física de la muerte en este mundo, no rivalizan en la prehistoria antediluviana sino en un día como éste en Estados Unidos? ¿Y qué sucedería si a este Caín conflictivo que es Eric le otorgáramos un poco de ventaja al incorporar al argumento una capa mágica que le permite volar?

La historia arranca con el episodio traumático de la niñez que marcará las futuras acciones de Eric: un juego de héroes y villanos que termina con el propio Eric cayendo de un árbol. A partir de este punto el ovillo del odio se desenvuelve e impregna todo con una atmósfera ocre, comprimida, norteamericanamente decadente y fracasada, que nos invita a hundirnos en las frustraciones laborales, familiares y amorosas de Eric, el Rayo Rojo. (¿No les hace pensar esto a Erik, el Rojo? La caída del árbol, ¿no les hace pensar en la caída del hombre por el Árbol del Edén? ¿O lo mío es mero delirio?) Ya desde el principio el personaje de Eric se nos antoja teñido de envidia, de cierta arrogancia un poquito justificada, de paranoia. Insiste en que Angie, quien alguna vez fue su novia, mantiene relaciones con su hermano. Ángela es la primera víctima de Eric; posteriormente, los detectives, los representantes de la justicia en la tierra, sufren el ataque de un oso grizzli; los crímenes de Eric culminan con la formidable secuencia de la motosierra que introduce en una de las turbinas del avión donde viaja su madre.

La envidia engendra el odio, el odio engendra muerte. ¿Cuál es la innovación, entonces, en La Capa? Prefiero cambiar la pregunta y decir: ¿en qué momentos hay una transgresión del mito de Caín y Abel? La envidia produjo muerte, y en esta muerte se produce el castigo del asesino. La Biblia narra el primer juicio y la primera sentencia a un criminal sobre la faz de la Tierra: el castigo de Caín es una eterna peregrinación.

En La Capa, no es Dios quien instituye el castigo a Eric, sino que es Eric quien propicia su propia caída, su segunda caída, en un intento de destruir a Nicky (la primera fue la del árbol y la segunda, la que lo mata; en La Capa hay un trabajo muy interesante sobre el elemento de la caída). Mientras que Caín, en la narración bíblica, es quien lleva una marca trazada por Dios para que nadie lo mate, en La Capa es Nicky, el Abel de Hill, quien lleva una marca en su rostro. Otra observación eventual: en el Norte, el nombre de Nicky es uno de los vastos y callejeros eufemismos para referirse al Diablo; Nicky, desde la perspectiva del personaje de Eric, es el “demonio” de la familia. Es aquel a quien todos admiran, pero sólo Eric cree verlo como realmente es.

No hay muchos nombres propios en la historia. El personaje de Eric adquiere una centralidad desmesurada y bestial. Como en Abel Sánchez, como en El paraíso perdido de Milton, el autor le da una patada al héroe y se dedica a desarrollar el carácter psicológico y las motivaciones del monstruo, del caído de la gracia divina. El defecto de La Capa es que el bueno es demasiado bueno, la lucha entre el bien y el mal es tan acartonadamente maniquea que conocemos el final de antemano y no hace falta dar muchas vueltas de página para adivinar cómo termina. Pero Hill y subsecuentemente Ciaramella trabajan refinadamente las características que constituyen al villano. Nuestro Caín norteamericano es humano por donde quiera que se lo mire, tan humano que por momentos simpatizamos con él más allá de la cortina de sangre que extiende en pos de sí. Es una explicación de los orígenes del mal que, por más que se trate de un cómic y por más que sea un fruto de la industria cultural norteamericana, funciona como una “remake” de Caín y Abel.

Los buenos no mueren –bueno, sí, mueren, aunque en realidad hay que revisar bien quiénes son los “justos” aquí–, el Bien triunfa y el Mal se castiga. O se auto-castiga. La Capa es el camino de la autodestrucción de Eric. El Mal no parece ser la oposición a las fuerzas del Bien aquí, sino un ciclo continuo de rabia hacia uno mismo y hacia todos los que los rodean. Y si Angie, Nicky o los detectives sufren las consecuencias del poder de la capa mágica, es porque desgraciadamente están cerca del ojo de la tormenta.

A pesar del título, la capa no es la protagonista. A pesar de sus características mágicas, el poder más temido que vomita sus deltas de sangre a lo largo de la miniserie es un poder que sólo Eric parece tener: el del odio. El odio que conduce al fratricidio, al matricidio, al femicidio, al homicidio, a numerosas variaciones de asesinato que la ley contempla. Salvo el parricidio –el padre ausente– y, gracias a la cordura de los autores dentro de los límites del cuento macabro, el infanticidio.

Hasta aquí, La Capa de Joe Hill. Esta es mi lectura personal. Usted preferirá prescindir del discurso bíblico y leer este cómic como un relato más, o –mejor aún– aportar nuevas perspectivas para leer la misma historia. Si el crítico no interviene ni participa en la interpretación del contenido del producto cultural, entonces, ¿qué es el lector sino un consumidor pasivo de discursos?


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