sábado, 3 de octubre de 2015

La inexistencia de la inspiración



Según Leonora Djament, o según ciertas afirmaciones que realizó en una clase de Teoría Literaria del año pasado acerca de Theodor Adorno, hay dos clases de escritores. Cito:


Están los que dicen: “tenía todo planeado de entrada, yo sabía que iba a ser una novela de quince capítulos, con un protagonista X, la tenía realmente en la cabeza y simplemente me senté y escribí”. El otro tipo de escritores responde: “empecé a escribir una imagen que tuve una mañana y se fue desarrollando, pensé que iba a ser una comedia pero la trama se fue desarrollando y terminó siendo un policial”. Estas son dos maneras de pensar la obra de arte y este segundo grupo estaría pensando en sintonía con la legalidad puesta por la cosa. Es un ejemplo tonto, pero les puede graficar el asunto.


Lo que en su contexto original fue una ejemplificación para explicar las consideraciones de Adorno sobre la obra de arte hoy lo utilizo como un ejemplo para establecer dos categorías básicas de escritores. Los que piensan en la literatura como un arranque de inspiración y los que piensan en la literatura como una sofisticada elaboración. Escribí un somero, brevísimo comentario acerca de esto en abril de este año, titulado Entre kantianos y platónicos.

King, en Mientras escribo, contra la figura tradicional de la musa inspiradora y deslumbrante, esgrima la imagen del “muso” que fuma habanos en su sillón cósmico:


Existe un muso, pero no esperes que baje revoloteando y esparza polvos mágicos creativos sobre tu máquina de escribir u ordenador. Vive en el subsuelo. Es un habitante del sótano. Tendrás que bajar a su nivel y, cuando hayas llegado, amueblarle el piso. Digamos que te toca a ti sudar la gota gorda, mientras el muso se queda sentado, ruma, admira las copas que ha ganado en la bolera y finge ignorarte. ¿Te parece justo? Pues a mí sí. No digo que el muso sea un guaperas, ni muy hablador (yo lo máximo que consigo arrancarle son gruñidos de mal humor, menos cuando está de servicio) pero la inspiración es suya. Es justo que hagas tú todo el trabajo y te quemes las cejas, porque el del puro y las alitas tiene un saco lleno de magia. Y lo que contiene el saco puede cambiarte la vida.


Es decir, la inspiración no se “recibe”, se alcanza. No hay hadas madrinas que te toquen con la varita mágica y digan: “Vos vas a ser escritor”. Independientemente de que todos nosotros tengamos inclinaciones innatas a la actividad artística. El arte es trabajo. Es un severo tratamiento sobre el lenguaje. Que es lo que yo hago.

Y, sin embargo, sin ganas de parecer un iconoclasta, hay quienes siguen creyendo en las musas. La primera categoría de escritores que define Djament persiste en sus creencias. El poeta es un “genio” y lo que escribe es una “genialidad”. Asumo la postura de Arlt: los escritores no somos grosos, macaneamos. Yo, que escribo, lo digo a conciencia. Hacemos lo que podemos con lo que tenemos. Y lo que tenemos son las palabras.

Las historias no se escriben por sí solas. Si al escritor repentinamente se le ocurre un argumento extenso y a la vez consistente –la mente de Rowling concibió Harry Potter en el transcurso de un viaje en tren– ha sido por una serie de estímulos, prefiguraciones y experiencias anteriores a la realización de la obra escrita. Aunque ella lo niegue. Así como los científicos han refutado la teoría de la generación espontánea, yo refuto la creencia en una inspiración espontánea que convierta a una mente en blanco en una novelista en tres segundos.

Lo que quiero decir, en conclusión, es que las poesías no surgen de la nada. La inexistencia de eso que llamamos inspiración no significa que en la obra no hayan sido puestos sentimientos, pensamientos... o, bajo el imperio de un léxico más técnico, subjetividades entre líneas. Pero, a fin de cuentas, ¿a qué llamamos “inspiración” sino a un acontecimiento trascendental que desencadena en nuestro sistema nervioso central una cadena de ideas que desembocan, finalmente, en la realización de la obra artística?

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