viernes, 16 de octubre de 2015

La justicia de los injustos



‘La puerta de la justicia es el estudio’, escribió Walter Benjamin en un famoso artículo sobre Franz Kafka. No quiero hablar sobre ninguno de los dos. Sino sobre esta frase.

Kafka escribió un relato titulado Ante la Ley. En este cuento, un campesino intenta acceder a la Ley. Un guardián se lo impide. Este relato, si lo arrojamos hacia el interior de la sociedad argentina, parece describir a la perfección el horror de muchas familias. Somos los campesinos que no pueden acceder a la Ley. En V de Vendetta, una viñeta reza: ‘Ya no eres mi justicia. Ahora eres su justicia.’ El protagonista habla con una estatua y la vuela en pedazos. La justicia en llamas, la justicia destruida por la anarquía encarnada.

El nombre de la justicia llena de espuma las bocas de quienes protestan en las marchas multitudinarias. ¡Justicia, justicia! No hay hombre que no pida un pedazo de pan y un poco de justicia al mismo tiempo. La política y la corrupción duermen en la misma cama; el hombre común, a falta de palabras y de paciencia, irrumpe en la habitación violentamente, rasga las sábanas, exhibe el adulterio. Porque, en teoría, la política está casada con la justicia. Justicia y política son, o deberían ser, un matrimonio indisoluble.

Hay quienes piensan que toda forma de gobierno es corrupta. El hombre es corrupto desde nacimiento. Nace con el látigo en la sangre. No hay política sin una gota de odio. Hay quienes se decantan por el anarquismo. Hay quienes creen que deberían legalizar la pena de muerte. Hay quienes creen que el gobierno debe dar al pueblo lo que el pueblo quiere. Incluso si lo que quiere es sangre. Sangre de chorros, sangre de jueces, sangre de policías. No importa. La sangre es expiación. Han matado a un hijo. El periodismo repite las mismas noticias una y otra vez; las lágrimas de la madre caen una y otra vez en televisión; las marchas se repiten una y otra vez en las grabaciones; una y otra vez resuena esa palabra, que parece una mala palabra, una ley que no se cumple. Justicia, justicia, justicia. El hombre espera, espera, espera. Hasta que un día deja de esperar, toma una escopeta y entra a la casa de aquel que mató a su hijo. Porque la justicia que esperaba nunca llegó. ‘Ya no eres mi justicia. Ahora eres su justicia.’

La puerta de la justicia es el estudio. Lo dijo Benjamin, que, perseguido por los nazis, se suicidó. Lo dijo Benjamin, que escribió sobre la violencia y estuvo en un campo de detención. El campesino no puede acceder a la Ley; pero en vez de sentarse en un banquito a esperar a que la Ley salga por esa puerta, como quizás hizo el protagonista del cuento de Kafka, regresa a la cueva con un libro en la mano. El campesino se transforma en estudiante.

¿Qué es la Ley? ¿Qué es la Justicia? Todo lo que existe en el Cielo, pero que no existe en la Tierra. En la Tierra no hay ley ni justicia. Nosotros, los seres humanos, arrojados al mundo, escribimos palabras en un libro al que llamamos Constitución. Construimos edificios, los llenamos de personas, los llamamos Instituciones. A esto lo llamamos Orden. ¿Quién ha impuesto el Orden? No sabemos. Pero sabemos perfectamente que nadie respeta el Orden. Mueren los hijos de los hombres. Los padres no creen en la Ley, en la Justicia, en el Orden. Esto, en el Fin del Mundo, no existe. Para muchos. Para nadie. No hay ley, no hay justicia, no hay orden.

La “sensación de inseguridad” es esto. No que los delincuentes entren a tu casa y amenacen con violar a tu mujer mientras te apuntan a la cabeza con un arma. La “sensación de inseguridad”, más que una noticia de la prensa amarillista o una nota de Crónica TV, es la experiencia trascendental del hombre que comprende que no hay institución moderna o gobierno eficaz que pueda contener la degradación humana. Aunque capturen a los culpables, la injusticia, el crimen, ha cosechado sus frutos de muerte. Una huella de sangre, de dolor, de pérdida.

‘Ya no eres mi justicia. Ahora eres su justicia.’

¿De quién es la justicia sino de los injustos?

No puedo reproducir a la perfección todo lo que significa ‘la sensación de inseguridad’ para nuestra sociedad. Quiero referir una anécdota antes de cerrar con esta opinión marginal. Hace unos años, me robaron en el barrio porteño de Flores. El delincuente me tumbó contra un banco circular en la plaza delante de la Iglesia de San José de Flores. Forcejeamos. En un momento dado, descubro que junto a mí hay un hombre con su hija. La niña sostenía un globo cuyo color no recuerdo. El padre hablaba con su esposa. No me miraron. El hombre actuó como si yo no existiera. El asaltante tuvo la oportunidad de romperme el cuello en dos o tres ocasiones. El padre de familia se levantó y, llevándose a su hija y a su esposa del lugar, me dio la espalda.

Nadie me ayudó en ese momento.

La sensación de inseguridad es eso. No existir o dejar de existir para la justicia humana. Porque la justicia no puede ser de nadie. Y si es de alguien, es la justicia de los injustos.

Tuve que orar a Dios para salir con vida del asalto.

Ese día, perdí cien pesos y un poco de inocencia.

El resto de la historia es olvido.

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