viernes, 23 de octubre de 2015

La muerte del Arte



El Arte ha muerto. El ataúd está abierto. Nadie quiere verlo. Los que dibujan, los que esculpen, los que diseñan, los que cantan, los que bailan, los que tocan música, los que escriben, los que pintan, los que filman, los que fotografían. Todos negamos la crucifixión del Arte. Las nueve Musas, ahorcadas, ultrajadas, exhibidas en la plaza de la Historia como pedazos de carne sin sexo, desnudas, de su anterior belleza despojadas, se pudren como manzanas de guerra.

¿En qué momento murió el Arte? Nadie lo sabe. ¿Quién lo mató? Todos.

“El Arte no ha muerto”, grita la voz de la ignorancia. Lo cierto es que ya no hay producción artística que no esté hipermediada por intereses y factores extra-artísticos. No hay una obra cerrada al mundo. Una historia que nadie lee, ¿realmente existe? Nadie escribe gratis. El precio de la obra de arte es la atención del público.

El arte que desarrollan las grandes personalidades contemporáneas es invisible a los ojos de los pobres. El arte que desarrollan las industrias culturales y los medios masivos de comunicación está pensado para ser consumido como mercancía. El arte popular, el arte del pueblo, el arte que se desarrolla al margen de los ríos, el arte folklórico, flores de invernadero que crecen en una oscuridad intermitente, soles que gozan de una centralidad al borde de otras centralidades. ¿Es esto una protesta? No. Precisamente, lo que yo veo es la destrucción del centro de este Universo. No hay “un” Arte. El Arte, con mayúsculas, murió. Es necesario pensar las producciones estéticas con otras categorías. Porque el Arte, el Gran Arte, el Arte por el Arte, ha sido destruido.

Entonces, ¿qué hacemos nosotros: los que escribimos, los que dibujamos, los que pintamos, los que esculpimos, los que fotografiamos, los que filmamos, los que cantamos, los que bailamos, los que tocamos música?

Si el Arte está muerto, ¿por qué seguir escribiendo?

Nosotros, los artistas, somos los taxidermistas del Arte. Intentamos conservarlo, inmortalizarlo; preservar lo que queda de él en nuestras obras. Vigilar el cadáver exquisito que la Historia destazó.

Del Arte, de este organismo descompuesto e irreconocible, sólo sobrevive la idea del Arte.

Platón equivocado. No hay Ideas del otro lado de la cosa. Están las ideas. Así, con minúscula. Las ideas chorrean desde nuestra cabeza. Inyectamos la idea del Arte en lo que hacemos. Y nos creemos artistas. Pero esta idea está vencida, está podrida, no resiste su composición química en las actuales condiciones ambientales. Es necesario modificar nuestra idea de arte. Esta vez, sin mayúsculas.

Sólo así puede funcionar. El artista tiene que bajar de la nube y salir del estudio. Más que un acto físico, es un proceso mental. Renunciar a la idea de Arte que la cultura occidental sigilosamente nos metió en el bolsillo y forjar una nueva definición de arte.

No llores. El Arte ha muerto. Somos libres.

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