jueves, 15 de octubre de 2015

La saga literaria: ¿procedimiento artístico o estrategia de mercado?

Leer sagas literarias es sumergirse en piletas olímpicas de tinta. Pero leer libros titánicos –como Ulises, de James Joyce– es nadar a través de un océano. Las sagas literarias, a pesar de su longitud, fueron diseñadas para ser leídas a lo largo del tiempo con el “mínimo esfuerzo posible”. Se puede discutir lo de “mínimo esfuerzo posible”, o, como les llamarían algunos, principio de economía de fuerzas. El principio por el cual un enunciado proporciona la mayor cantidad de información en pocas palabras.

En otras palabras, si uno quiere escribir una saga, tiene que tener cierta coherencia y linealidad. La narración, aunque larga, debe ser accesible a los lectores, lo suficiente como para no perder el hilo de la historia a lo largo de muchas páginas. Por lo cual no desprecio a los novelistas que escriben durante estaciones enteras sus propias aventuras fantásticas en el procesador.

Esto implica que las sagas, a diferencia de las novelas independientes, no admiten excesivas experimentaciones del lenguaje. Se corre el riesgo de perder el hilo de la historia, dificulta la lectura y, por ende, sacrifica la atención del lector. Lo que, en cambio, autores como García Márquez o el ya referido Joyce hacen. Y a ellos, por ser ellos, les sale bien.

¿A qué me refiero con experimentaciones del lenguaje? Por ejemplo, en Crónica de una muerte anunciada, García Márquez, el narrador rompe la trama del tiempo lineal, de modo que la historia comienza cuando el crimen ya ha sido consumado. James Joyce, en su obra más aclamada y poco intraducible, Finnegan Wake, ofrece dolores de cabeza al lector desprevenido comenzando así:


riocorrido más allá de la Eva y Adán; de desvío de costa a encombadura de bahía, trayéndonos por un cómodio vícolo de recirculación otra vuelta a Howth Castillo y Enderredores.


La traducción, de Salvador Elizondo, es apenas un amago de cómo Joyce violenta, enloquece, destroza el lenguaje. Y sí, eso es literatura, si me lo preguntan. Aunque a veces no entiendo bien por qué.

La saga literaria puede considerarse una estrategia comercial del mercado editorial. Siempre en cuando el autor sea bueno o famoso. Lo que a veces no sucede al mismo tiempo. El talento y la fama no son sinónimos. Para nada. ¿Cómo comienza Cincuenta sombras de Grey? De la siguiente manera:


Me miro en el espejo y frunzo el ceño, frustrada. Qué asco de pelo. No hay manera con él. Y maldita sea Katherine Kavanagh, que se ha puesto enferma y me ha metido en este lío. Tendría que estar estudiando para los exámenes finales, que son la semana que viene, pero aquí estoy, intentando hacer algo con mi pelo. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. Recito varias veces este mantra mientras intento una vez más controlarlo con el cepillo.


De buena gana, de mala gana, con la mayor o la menor de las disposiciones críticas, he intentado avanzar al siguiente párrafo. Este patético comienzo no merece mi atención.

En cambio, Ojos azules, de Toni Morrison, desenvuelve su prólogo de esta forma:


Aunque nadie diga nada, en el otoño de 1941 no hubo caléndulas. Creímos entonces que si las caléndulas no habían crecido era debido a que Pecola iba a tener el bebé de su padre.


No más declaraciones. Regresemos al tema de discusión.

La saga literaria no necesariamente está exenta de experimentaciones. La pluralidad de narradores en Juego de Tronos es la aplicación en la fantasía épica de uno de los procedimientos habituales en la narrativa de William Faulkner. No hay equiparación entre Martin y Faulkner, sino el uso del mismo procedimiento en diferentes géneros literarios. Otro procedimiento es el neologismo, la creación de palabras o la invención de nuevas lenguas: acá metemos a Tolkien, que se valió de la filología para crear diccionarios enteros de razas inexistentes.

En El viento a través de la cerradura, el octavo libro de la saga de La Torre Oscura de Stephen King, el autor evoca un recurso que ya hemos visto en el famoso Hamlet de Shakespeare: una historia dentro de una historia dentro de una historia.

Entonces, si en estas novelas que pertenecen a largas y costosas sagas contemplamos procedimientos literarios que ya han sido utilizados en las grandes obras de la literatura universal, ¿por qué limitar las sagas literarias a un fenómeno meramente comercial? ¿Acaso En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, no se puede considerar una saga también?

En resumen, la calidad de una saga literaria no se puede medir por la fama de quienes las escriben. Una saga puede ser una larga historia dividida en libros o transformarse en un espacio que habilita la experimentación de nuevas formas de escritura. De todas maneras, lo importante no es la experimentación en sí, experimentar por experimentar, como hizo el doctor Frankenstein con su raro monstruo, sino hallar nuevas formas de escribir historias. Y no conformarnos con la vieja fórmula de Libro 1+ Libro 2 + Libro 3.

No hay condenación para los que leen Harry Potter. Siempre en cuando lo lean correctamente. Siempre en cuando recuerden  que fama no es sinónimo de talento. Y siempre en cuando rememoremos que la saga es, además de un modo de vender libros, una posibilidad de estructuración de una historia que, si sale mal, la crítica y los lectores te lo reprochan.

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