domingo, 4 de octubre de 2015

Las dálivas del Padre y la caja de herramientas



Una vez que nos bajan de la nube de un escopetazo, una vez que desterramos el término ‘inspiración’ de la cabeza y dejamos de creernos genios, debemos preguntarnos si queremos seguir escribiendo.

Porque nadie quiere encadenar las palabras ‘literatura’ y ‘trabajo’ en la misma frase. El trabajo es el demonio de Kafka: las oficinas, los hombres grises, los ojos comprimidos e inexpresivos. La literatura es la claraboya por la cual fluyen las hadas hacia el sol: es la escapatoria de la realidad, la fuga, el punto ciego del sistema. ¿Por qué el caballero azul baila la danza de la muerte con la más fea del salón?

La literatura es trabajo. Un trabajo que lleva tiempo. Nuevamente, cito a King en su Mientras Escribo:


Abordo el corazón de este libro con dos tesis sencillas. La primera es que escribir bien consiste en entender los fundamentos (vocabulario, gramática, elementos del estilo) y llenar la tercera bandeja de la caja de herramientas con los instrumentos adecuados. La segunda es que, si bien es imposible convertir a un mal escritor en escritor decente, e igual de imposible convertir a un buen escritor en fenómeno, trabajando duro, poniendo empeño y recibiendo la ayuda oportuna sí es posible convertir a un escritor aceptable, pero nada más, en buen escritor.


Quienes no están dispuestos a sacrificar el cordero del Tiempo no recibirán las dálivas del Padre. (‘Dálivas’, no ‘dádivas’; la errata es puramente intencional.) Los del montón, en el montón se quedan. O se dedican a otra cosa, lo cual es mucho mejor.

Retirar las categorías de ‘inspiración’ y ‘genio’ nos permite vislumbrar al artista como un sujeto que trabaja sobre el lenguaje. Esto no significa que la obra de arte carezca de ‘alma’; es decir, que el resultado del proceso de creación literaria carezca de subjetividades heredadas del autor. Hay sentimientos y pensamientos en juego que estallan como canicas en el patio trasero del mundo del libro. Pero ni los sentimientos ni los pensamientos se presentan como verdades absolutas inmanentes del mundo sino como las ‘verdades’ o conocimientos del autor. Burdo ejemplo es el de Rowling, quien afirmó: «Creo en Dios, no creo en la magia». Y, sin embargo, no hay pulgada cuadrada del universo de Harry Potter que no esté salpicada de magia. Lo que no quiere decir que la autora sea la hija de Constantine. Asimismo, quienes fabrican historias de ciencia ficción no trabajan con pronósticos certeros, sino con posibilidades (viajes en el tiempo, terraformación, invasiones extraterrestres, travesías interestelares); hay excepciones, rarísimas, como Julio Verne, que te ponen los pelos de punta.

No hay lecciones morales detrás de las historias. Salvo las que imponga el escritor o las que interprete el lector. Incluso si las hay, esas lecciones tienen mayor provecho como procedimientos que reafirman la consistencia argumental del relato que como enseñanzas dirigidas a la audiencia. ¿Cuál es la ‘moraleja’ de Crepúsculo? El amor todo lo puede. Lo simplifico demasiado, mas sígame la corriente. Meyer, inconsciente y casi irresistiblemente, tatúa la frase, la inyecta, la cava, en los huesos de la historia: esta ‘lección’ es la que sostiene todos los acontecimientos que transcurren en los cuatro libros. Bella y Edward ‘tienen’ que estar juntos porque el amor verdadero triunfa. Dejémoslo ahí.

La regla casi obligatoria de la literatura infantil es que cada cuento tenga, implícita o explícitamente, una lección moral. Aunque esto parezca una dificultad a simple vista, la obligatoriedad de una moraleja presenta una doble ventaja: hay un esqueleto gratuito sobre el cual se puede trabajar y, a la vez, al auditorio que accede a esta literatura (los niños) posibilita un conocimiento... ¿del mundo? ¿de la vida? ¿de la sociedad?

Otro género, el de las fábulas, se cimenta en la presencia de una moraleja. El caso opuesto es el de Kafka, cuyos relatos parecen ir hacia la nada misma. O a un todo lleno de nada. A una totalidad incognoscible, inescrutable e inaccesible.

De modo que la lección moral es un accesorio más en la caja de herramientas. King (sí, Stephen King otra vez, el mismo libro otra vez), para referirse a la escritura, utiliza la imagen de una caja de herramientas.


...para sacar el máximo partido a la escritura hay que fabricarse una caja de herramientas, y luego muscularse hasta poder llevarla. Quizá entonces, en lugar de dejar una faena a medias, se pueda coger la herramienta indicada y poner manos a la obra de manera inmediata.


La idea de una caja de herramientas insinúa un acceso práctico –es decir, nada místico– a la escritura. La literatura no es mecánica. No hay nada más asombroso que un laberinto de una sola línea. El principio de King: leer mucho, escribir mucho. El primer paso hacia el laberinto único donde se pierde el miedo o la razón.

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