miércoles, 21 de octubre de 2015

Morrison: ciencia, violencia y ética en 'WE3'




Reseñívoro como en pocas temporadas, he decidido dar rienda suelta al ojo crítico para disparar a favor de esas rarezas que la lectura halla en los callejones sin salida de la rutina. Mas este artículo escapa a los límites tradicionales de la literatura para adentrarse de lleno en los cómics, en el arte gráfico, en lo que algunos llaman el “noveno arte”. Ya he examinado las vísceras de lo que fue La Capa, de Joe Hill. Ahora es el turno del célebre Grant Morrison, un hito de la industria de las historias gráficas.

Nuestro objeto de estudio no es Arkham Asylum, no es All Star Superman, ni siquiera es Seaguy, sino una obra más subterránea, tecnológica y políticamente incorrecta. Esta obra se llama WE3, consta de tres números y ha sido dibujada por Frank Quitely.

Una división especial del ejército de los Estados Unidos (¿cuándo no?) ha experimentado sobre tres especímenes animales y han modificado sus cuerpos para convertirlos en armas de destrucción masiva. Un conejo, un gato, un perro. Los insólitos autores de una masacre que acaba con un grupo paramilitar que representaba la última amenaza significativa del gobierno norteamericano en el mundo.

Misión cumplida. Felicitaciones. Pero ha llegado la hora de desmantelar el proyecto WE3 y de dar paso a la nueva generación de zoo-cyborgs. Lo que implica matarlos a todos.

El problema es que los que autorizan la ejecución final de estos animales –que alguna vez fueron mascotas y pertenecieron a una familia que no pueden recordar– anuncian en voz alta el cierre definitivo del proyecto. Nuestros protagonistas están totalmente en desacuerdo con el ultimátum pronunciado por el establishment militar. Y escapan.

Leer o no leer esta historia corre por cuenta de ustedes.

Ahora arrancaremos dos de las muchas esquirlas que hieren la trama.

La experimentación sobre seres vivos: a diferencia de otras obras similares, en las cuales el monstruoso martillo de la ciencia golpea las espaldas del género humano, son animales domésticos los que sufren las consecuencias de los avances tecnológicos. Lo que nos empuja a cuestionar hasta qué punto el hombre puede hacer lo que quiere con las criaturas a las que define como “domesticables”. ¿Qué es la domesticación sino el dominio del cuerpo de otro ser vivo al servicio del amo? ¿Y si este amo fuera la burocracia militar? ¿Y si la domesticación ensanchara los límites de su propio término hasta convertir a los seres domesticados en armas vivientes?

La inhumanidad de los seres humanos: ¿cuál es la división entre civilización y barbarie cuando son los hombres “civilizados” los que transforman a los cuerpos vivos en armas? El recurso de la personificación de los animales en WE3 nos permite contemplar la fragilidad y la “personalidad” de cada uno de los protagonistas. El perro se caracteriza por un profundo sentimiento de arraigo por las figuras humanas, hacia las cuales no quiere infligir daño, aunque termine haciéndolo para sobrevivir e incluso parece sentir remordimientos por sus acciones. El gato, de instintos asesinos y gatas capaces de desgarrar carne en cuestión de segundos, es el contrapunto de su canino compañero de fuga: no transcurren dos o tres viñetas en las que el felino exhibe su antipatía por el género humano. El conejo, el herbívoro del grupo, es el tercer miembro cuya presencia mantiene un punto pacífico de equilibro entre perro y gato.

A lo largo de la obra diferentes personajes humanos intervienen en la historia ofreciendo diversas posturas ante las situaciones y los presupuestos que encarnan estos animales. Los que apoyan contra todo pronóstico y toda ética la continuidad del proyecto, los que creen que la vida de los seres vivos es desechable, los que quieren detener el proyecto a fuerza de palabras o de balas, los que no saben cómo reaccionar ante semejante espectáculo contra natura y los que se rehúsan a cooperar con el Estado porque intuyen que “algo anda mal”.

¿Cómo reaccionarías si el gobierno secuestrara a tu mejor amigo y lo transforma en una bomba atómica diseñada para exterminar a millones de personas? Esta premisa, que exhibe con ruidoso sigilo los vergonzosos extremos a los que puede llegar la ciencia cuando el hombre arroja la ética por la ventana, es la que late tras los desmembramientos y las explosiones que coronan las escenas de acción de WE3. Las portadas de los tres números de esta miniserie son anuncios de animales extraviados. Estos carteles de mascotas perdidas contrastan con la violencia que las fuerzas militares ejercen contra los fugitivos y la violencia con la que éstos se ven obligados a responder.

Bueno, basta de análisis. La pregunta del millón: ¿qué tan buena es la obra? Muy buena. Cuatro de cinco estrellas. Me apenó lo corta que es. Sólo tres números. Morrison sabe sacarle el jugo a las historias en cortos trechos. Aunque el argumento da mucha tela para cortar. En cuanto a lo gráfico, WE3 tiene una manera muy original de presentar las escenas de combate a través de viñetas microscópicas que retratan cada detalle de los cuerpos literalmente desmembrados. Hay títulos mucho más sangrientos, mas las ilustraciones de Quitely nos infunden a la perfección la impresión de que la fragilidad humana no sólo es espiritual sino también física. En especial, si esas armas de destrucción masiva que tanto desea eliminar el gobierno de forma secreta son capaces de derribar un helicóptero o decapitar a un soldado en menos de un parpadeo.

Bueno, me gustaría extenderme más de lo que quisiera, pero hasta acá llegamos. Este es mi artículo de miércoles. WE3, de Grant Morrison y Frank Quitely. Échenle un ojo si quieren. Por lo demás, puedo decir: “Misión cumplida.”


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