jueves, 29 de octubre de 2015

Tragedias cotidianas



–Ojalá me equivoqué, pero me parece que...

Una frase que la podría decir mi vieja. O la tuya. O esa mujer que compra un kilo de papas en la verdulería de la otra cuadra. Una frase que no sabés cómo termina, hasta que termina. Y termina más o menos así.

–...que está embarazada.

¿Quién? En realidad, vos lo sabés perfectamente. Todos lo saben. Lo que pasa es que queremos hacernos los tontos. Pero el papel de idiota no nos sale. La realidad es tan evidente, toca tantas veces nuestro ojo, que es difícil cerrar los párpados a una mentira que cae por su propio peso.

–¡Y pensar que es tan chiquita!

La exclamación sublime, la frutilla del escándalo, el clímax de la polémica.

–¡Gracias, doña! –diría el verdulero, mirando cómo la mujer de nuestra conjetural historia se aleja.

En un mundo donde nadie puede alcanzar la verdad, todos queremos estar equivocados. Realmente, queremos estarlo.

–¿Viste la nena que desapareció?

–Ojalá me equivoque, pero me parece que...

–Pero el hijo de Laurita anduvo de acá para allá; a mí me parece que anda en algo raro, no lo vi muy bien estos días.

–Dios me guarde, pero...

–Che, ma, papá todavía no llegó.

–¡Ay, Dios mío! Espero que no...

–¿Qué son esos tiros?

–Dios quiera que me equivoque, pero...

En un mundo donde la verdad puede ser una cruz demasiado pesada para ser soportada, la mentira es un deseo que no se cumple. La mentira se rompe cuando la curva en el vientre de la muchacha evidencia el precoz embarazado, cuando el patrullero se detiene ante la casa debida, cuando las esposas paralizan las muñecas del sospechoso, cuando el enfermero inspecciona las heridas de bala del hombre asaltado.

Tragedias cotidianas. Tragedias que queremos que sean ficción y no lo son.

–Ojalá me equivoque, pero...

Sí, lector. Yo también, más de una vez, deseé estar equivocado.

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