sábado, 17 de octubre de 2015

Una pequeña historia de Condenación



A falta de temas interesantes, urdo una pequeña historia, que el vacío de la tarde tal vez compense:




La Condenación, un día, llegó a la nación, y el rey, abrumado, clamó a Dios, el cual descendió en forma de cuervo. Dios y la Condenación conversaron largamente y llegaron a un acuerdo.

Entonces, dijo Dios a la Condenación:

A quienes murmuraren contra Dios y contra el rey
castigarás y llevarás.
A quienes murmuraren contra el rey
castigarás, mas no llevarás.
A quienes callaren y no dijeren nada,
ignorarás.
A quienes adulen,
vigilarás y no tocarás,
hasta que sus verdaderas intenciones se revelen;
entonces la Condenación se revelará ante los sediciosos.

Pero a quienes hablen amablemente
y de todo corazón,
y a quienes sabios consejos sepan dar,
perdonarás.

La Condenación, aunque ciega (porque en el Tiempo Antes del Tiempo, Dios luchó contra ella y le arrancó los ojos), reconocía las voces de los hombres, y aceptó la propuesta.

Entonces, la Condenación tomó a un niño y lo arrojó desde lo alto de un precipicio (por lo cual Dios, cuando acabe el Tiempo de los Hombres o el Tiempo Nuestro, le cortará las manos); y quiso Dios que el rey pasara por el lugar en su caballo rojo, puesto que al monarca le desagradaba permanecer en su trono todos los días. Y el rey salvo al niño, y todo el pueblo habló de ello.

Y la Condenación se llevó a quienes hablaban mal del rey, puesto que murmuraban diciendo cosas malas acerca de él.

Por esta razón en muchos mundos la murmuración es pecado. Por esta misma razón, los cuervos vigilan en nombre de Dios y los caballos conversan con los niños. Porque la Condenación no tiene ojos, mas tiene oídos. Y reconoce a los impíos por la maledicencia de sus labios.

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