jueves, 19 de noviembre de 2015

Confesiones de una rata de biblioteca



Quisiera recuperar una declaración que he hecho en mi crítica francamente lapidaria a Las ventajas de ser invisible, de Stephen Chbosky. Me basta citar una sola de mis frases:


«Lo que sí es un gran error es leerlo estrictamente como un bildungsroman o bajo los parámetros del género de la autoayuda.»


Ahora insertaré unas palabras extraídas de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury:


«Las cosas que usted busca, Montag, están en el mundo; pero el noventa y nueve por ciento de los hombres sólo puede verlas en los libros. No pida garantías. Y no busque la salvación en una sola cosa: persona, máquina, o biblioteca. Ayúdese a sí mismo, y si se ahoga, muera sabiendo por lo menos que estaba acercándose a la orilla.»


Yo, alguna vez, busqué la salvación en los libros. Pero la encontré fuera de ellos. Comprendí, un poquito tarde, que los libros no eran mi salvación. Eran objetos. Productos culturales. Herramientas. Otro proverbio de Bradbury: un libro es un arma cargada.

Durante mucho tiempo la literatura fue mi escudo protector contra los males de este mundo. Irónicamente, la literatura me alienaba. Me aislaba de mi propia humanidad. A fuerza de romper mitos y a trepidantes bocanadas de aire, comprendí que no podía vivir fuera de la vida. Que por más bueno que fuese un libro, no significaba nada si el que lo leía renunciaba a su humanidad. Vuelvo a citar a Bradbury y a Fahrenheit 451:


«Los libros eran sólo un receptáculo donde guardábamos algo que temíamos olvidar. No hay nada de mágico en ellos, de ningún modo. La magia reside solamente en aquello que los libros dicen...»


Trato de contemplar los hechos literarios como son. Como hechos literarios. No como manifestaciones de una singularidad o como los frutos de un genio artístico. Los autores son autores, las obras son obras. Alguna vez he dicho que mi pasión son los libros: quiero arrepentirme de esta declaración. Lo que en verdad quise decir es que los libros son mi vocación; es decir, una inclinación de mi personalidad hacia las letras humanas. La pasión, aunque profunda en la duración de un aleteo de mariposa, es transitoria y perecedera; pero la vocación burbujea en las profundidades de nuestra siempre zumbante y críptica identidad.

La vocación es un deseo constante de perfeccionarse y de contribuir a la comunidad a partir de esta inclinación; la pasión es mero desenfreno, es un sentimiento sobrealimentado y no razonado, es una soga de delirio que te aprieta la garganta. No niego que soy un escritor prolífico, al menos en lo que a Opiniones marginales respecta. Pero no soy un escritor “apasionado”. O tengo una idea muy diferente de lo que es pasión. No leería todos los libros del mundo, ni viviría en ninguna biblioteca. No gastaría un maletín con un millón de dólares en enciclopedias. Me he visto en el espejo más oscuro de la noche y he visto que no soy un hombre de letras. O, por lo menos, que no daría mi vida por las letras. Sino, en todo caso, por lo que ellas transmiten. O, mejor dicho, por quienes las escriben.

La literatura no es un dios al cual adorar. Por lo menos para mí. Entonces, ¿por qué escribo? Escribo porque detrás de cada palabra que escribo hay una persona que me lee, hay una persona que cree que soy bueno en esto, hay una persona que cree que debería publicar libros, hay una persona que cree que soy escritor. Detrás de cada palabra que escribo está mi familia, mis amigos, mi Dios, todas aquellas almas que me han amado y que han creído en lo bueno que había en mí. Cada uno de ellos hizo grandes y pequeños sacrificios para que yo pudiera existir tal como existo ahora.

Ellos no han puesto ninguna carga sobre mí. Ellos me han dado la fuerza para alimentar mis sueños. Eso es diferente. Cada uno vive sus propios sueños. No los del otro. Mi sueño es narrar los sueños del otro. Mi sueño es ser un narrador de historias. Me esfuerzo por soñar cada día de mi vida. Narrando lo que otros no han podido narrar.

Cuando leo un libro, no busco la salvación. Ya la encontré. He hallado el significado de mi existencia. Escribo para recordarlo. Porque el hombre olvida con mucha facilidad todo lo que vale la pena. Escribir es recordar.

Cuando leo un libro, no busco placer. Porque la vida misma en sus jugosas contradicciones me brinda el suficiente placer como para soportar los dolores mortales. El acto de leer me provoca, en cambio, el placer de saber que mi vocación está latiendo con el mismo vigor de un corazón de hierro. Lo que verdaderamente tiene peso en mi vida es el acto de leer: el placer no proviene del libro en sí mismo, del objeto como fuente de placer, sino de saberse libre para leer lo que uno desee.

Cuando leo un libro, lo que busco son las palabras que me faltan para narrar el sueño –o las pesadillas– del otro.

Y si este libro no me ofrece lo que me falta como escritor, entonces, al polvo regresa.

Ningún libro puede mejorar o corromper mi condición humana. Sólo puede mostrarme una de las caras de la humanidad. Lo que yo haga después de contemplar el espejo es mi asunto. Lo que yo pueda sentir durante o después de la lectura será una manifestación de mi propia sensibilidad, susceptible al filo de la tinta. Aunque no puedo negar que los libros transportan fantasías y sueños dentro de sus vientres, soy yo quien debe decidir el lugar que ocuparán los libros en mi vida. Como ídolos de papel o como armas cargadas.

Si amo más a los libros que a los seres humanos, estoy en problemas. De algún modo me las arreglo para recordar que a través de los libros contemplamos las infinitas contradicciones, tragicomedias y absurdos que atraviesan a la humanidad en carne viva. Una humanidad a la que irrevocablemente pertenecemos. Alguna vez se creyó que leer nos marginaba, nos separaba del mundo o de los otros: nada más lejos de la verdad. Leer es sólo otra forma de volver a encontrarnos en el mundo y acercarnos a él. Leer es otra forma de pertenecer a la humanidad.

Estas palabras no bastan para explicar todo lo que pienso acerca de la literatura. Espero pocos malinterpreten el significado de mis palabras. Sólo quiero acabar esta inútil divagación con una reflexión final.

Si yo no soy capaz de escribir mi propia vida, mucho menos seré capaz de escribir mi propio libro.

Porque la vida es el primer y último libro que todos los hombres deben escribir.

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