domingo, 15 de noviembre de 2015

El corazón bajo un lecho de rosas



Siempre ha sido mejor para mí organizar mis pensamientos en la escritura que en el habla. La palabra viva traiciona. Es agua que se sumerge en la arena de tus labios. En cambio, la escritura es una huella palpable en la roca. El significado que late en la piedra es nítido, inconfundible. No siempre es así.

Rimbaud concibió la poesía como un desarreglo de los sentidos. Muchos escritores siguieron sus consejos. Rompiéndoles las costillas al sentido, echando una pala de tierra a la tumba de la tradición por cada verso que escribían, parieron una vanguardia que recorrió la garganta de la historia. Degollándola en el acto.

El poeta descree del calendario. El tiempo no se puede medir. Nadie puede inscribir el alma humana a una fecha de vencimiento. Somos imperecederos.

El problema es que las palabras que crecen en mi boca parecen flores cortadas. El lector sólo arranca los pétalos: nadie busca las raíces.

Hunde tus manos en las sombras, lector. Allí está, allí mora, bajo un lecho de rosas, el corazón que chorrea sus latidos trepidantes.

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