miércoles, 25 de noviembre de 2015

Harry Potter y la Legión de la Decencia





«Los aspirantes a censores
son legión,
y aunque
no coincidan todos en sus prioridades,
a grandes rasgos
quieren todos lo mismo:

que veas el mundo como ellos...
o,
como mínimo,
calles lo que ves diferente.»

King, Stephen
Mientras escribo




Creo en Dios, no creo en la magia sentenció una mujer que asistía a los servicios religiosos de la Iglesia de Escocia. Sus palabras no impidieron que se organizaran algunas quemas de libros en Estados Unidos. Aunque Rowling ha continuado con su producción literaria bajo el seudónimo de Robert Galbraith –después de la publicación de Una vacante imprevista– la sombra de Harry Potter la perseguirá por el resto de su vida.

Rowling ha arrojado desde una cafetería en Edimburgo al mundo al Niño que Vivió. Desde el principio Harry Potter no sólo tuvo que enfrentar las represalias de Lord Voldemort en la ficción: el mago solitario ha contemplado las amenazas de la censura en el mundo real. Potter no ha salido incólume de estas polémicas. Han acusado a la celebérrima heptalogía de inspirar e iniciar a los niños en las prácticas ocultistas y/o satánicas. La obra de Rowling sufrió un triste devenir: de best-seller para niños y adolescentes a un horizonte de eventos desafortunados.

No quiero reducir la envergadura de este juicio a la figura de una sola mujer. Otro apellido ocupa el banquillo de los acusados: Pullman. Philip Pullman. Autor de la saga de la Materia Oscura, constituida por tres libros: Luces del norte, La daga y El catalejo lacado. Pullman tuvo mucha menos suerte que Rowling: la Iglesia Católica organizó un boicot relativamente exitoso contra la adaptación cinematográfica de la primera entrega de la serie.

Rowling y Pullman han sido dos de los objetivos más mediáticos de lo que King (en Mientras escribo) ha llamado despectiva y alegóricamente como la Legión de la Decencia. King se refiere no a una institución concreta, sino a los modos y operaciones de lectura que proponen la censura, la persecución y la destrucción del material bibliográfico como mecanismos que regulan la circulación de los textos literarios.

He hecho alusión a la ortodoxia cristiana al principio de este artículo, pero este fenómeno no se restringe a la cultura occidental moderna. Evoquemos a Rushdie y su conflicto con el Islam. A Rabelais y la cólera de La Sorbona. Vuelve a girar el trompo derrideano: la literatura, como tal, tiene la posibilidad de decirlo todo. Ahora, la misma frase, con signos de interrogación. La literatura, como tal, ¿tiene la posibilidad de decirlo todo?

He escogido diferentes controversias literarias para demostrar que la censura no es solamente el acto automático de prohibir un libro. La censura tiene gradaciones. Las hay para todos los gustos. Desde el disgusto, la calumnia y la reprobación hasta una amenaza de muerte. En el juego de la censura, al igual que en el tablero de la literatura, todo vale.

Por supuesto, no se puede comparar Harry Potter con Los versos satánicos. Pero la reacción de determinadas instituciones ante ciertos fenómenos literarios es curiosa. Persiste, aún en la postmodernidad, un extraño misticismo. Los libros como fuerzas malignas que irrumpen la armonía del mundo. Como el diario de Tom Riddle. O las letras de Rita Skeeter. Muchos han visto en Harry Potter la confluencia de potencias diabólicas. No justifico, aunque comprendo, la reticencia de algunas comunidades a ciertos términos que a pesar del tiempo están cargados de sentidos negativos (la palabra brujería en Argentina tiene una connotación muy, muy diferente que en otros países del mundo). Mas una cosa es elegir lo que leemos y otra, quemar libros.

Me reservo los análisis literarios de las obras referidas para una posteridad sin certezas. Dentro de cada comunidad hay bomberos con los bolsillos llenos de fósforos. Mecánicos heraldos negros, vigilantes de fuego. Yo, aunque no lo parezca, sé bien qué papel interpreto en este vasto teatro del mundo: el de un Beatty, un Syme, un Helmholtz cualquiera. Y mi pluma, tarde o temprano, languidecerá hasta el canto final. Hasta entonces, haciendo buen uso de mis libertades individuales y de mi sentido común, sigo escribiendo.

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