domingo, 8 de noviembre de 2015

Sangría dominical



Desperté y mi nariz sangró. No mucho, lo suficiente para arrancarme de la cama, dibujar pequeñas salpicaduras en las sábanas –que también son rojas–, clavarme en medio del comedor y forzarme a decir una y otra vez que me tranquilizara. La sangre me pone los pelos de punta. El olor a sangre, el sabor a sangre. Irónicamente, cuando comencé a escribir ficciones, a los catorce años, anhelaba ser recordado como novelista de terror.

Es curioso, ¿no? Lo que más me provoca espanto está dentro de mí. Mi sangre. Las cosas que nos dan miedo no están sino dentro de nosotros mismos. Allí se ocultan los miedos. Y allí es donde deben desaparecer.

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