sábado, 19 de diciembre de 2015

Fitzgerald: el precio de la felicidad perdida en “El gran Gatsby”





¿En qué reside la grandeza del gran Gatsby? Sólo el testimonio de Nick Carraway, pergeñado bajo la sobria pluma de Fitzgerald, lo develará. Por una serie de circunstancias, Carraway migra hacia West Egg y se convierte en el vecino de uno de los hombres más acaudalados y conocidos de la región. El pasado y el presente de James Gatsby, inquietantes misterios que contrastan con las despampanantes fiestas a las que muchos concurren auto-invitándose. Ésta no es la única oportunidad que el narrador aprovecha para desgarrar el vestido de una aristocracia atravesada por la hipocresía, el lujo y la vanidad. A nadie asombra que Tom Buchanan adquiera prontamente fuerza antagónica en la novela. Es machista, racista, autoritario, violento y elitista. Los personajes femeninos son seres subordinados tanto al capricho y la voluntad de los hombres –la gran excepción es Jordan Baker, interés amoroso de Carraway– como a los embriagadores embrujos del dinero: de allí la escena de Myrtle Wilson en la tienda de mascotas; una cruel ironía al seleccionar un perro policía es que la novela culmine en un inesperado giro policiaco. La riqueza en El gran Gatsby es la que precede o sucede al delito: Buchanan sospecha que Gatsby es un contrabandista. La sombra de Meyer Wolfsheim flota, incómoda, en la escena del tugurio, dibujando una nube de duda sobre quién es Gatsby.

¿Cómo ha llegado el personaje del narrador a conocer a quien da nombre a la obra? Me tomo la molestia de tomar dos citas que aparecen al principio del libro:


“Cuando regresé del Este [Europa] en el otoño sentí deseos de que el mundo estuviera de uniforme y con una especie de eterna vigilancia moral; no quería más excursiones desenfrenadas con atisbos privilegiados al corazón humano.”



“En lugar de ser todavía el cálido centro del universo, el Oeste Medio parecía ahora el raído extremo del mundo, razón por la cual decidí dirigirme hacía el Este [Estados Unidos] y aprender el negocio de bonos y valores.”


El narrador sufre una no-pertenencia a su tiempo y a la clase social a la que pertenece Gatsby. (Este libro es uno de los que lee Charlie en Las ventajas de ser invisible; si bien los dos narradores mantienen una actitud pasiva a lo largo de sus respectivas historias, en El gran Gatsby no hay que olvidar que Nick Carraway sobrevivió a la Gran Guerra, es accionista y busca un poco de tranquilidad en la tierra del dios Dinero.) Extranjero en su propia tierra, Carraway describe las excentricidades y extravagancias de una aristocracia felizmente decadente, extraviada en sus lujosos desvaríos. En medio de este jardín de delicias que florece en los locos años ’20 se alza la sombra de Gatsby, un hombre intrigante y atormentado, un magnate terriblemente humano, que casi siempre termina sus frases con las palabras viejo amigo.

Amistades verdaderas son las que no tiene; Nick ve en él a alguien que vive más allá de los rumores y de los billetes, un extraño anfitrión que raras veces participa de las fiestas que él mismo organiza. A partir de un encuentro casual Carraway accede en primera fila a las penas y glorias secretas que el alma de Gatsby oculta.

Esta historia se bebe en un trago largo –expresión oportuna en una obra donde el alcohol no falta a pesar de la Prohibición; fíjense en la escena en la que Tom envuelve una botella de whisky con una toalla–; como es previsible en toda embriaguez, se advierten burbujas melancólicas y reflexiones grises acerca de la nueva sociedad que se alza después del derramamiento de sangre de la Primera Guerra Mundial. Sumergidos en una existencia cuyo sinsentido intentan parchar con objetos carísimos y amoríos punzantes, a los personajes de Fitzgerald no les es difícil mostrar sus frustraciones y decadencias en el espacio de una página. Ante este mundo de vanidades el narrador intenta contraponerse con lucidez, sobriedad y estoicismo –Carraway afirma que sólo se ha emborrachado dos veces en su vida–; una disciplina narrativa y un compromiso con la palabra que le permiten contemplar con los debidos detalles las miserias de los poderosos. Como ver de cerca a los dioses de oro con lentes de aumento. (El personaje de T. J. Eckleburg, que parece no cumplir ninguna función en la novela, parece ser una metáfora del observador que mira este mundo de apariencias esplendorosas con retinas que miden una yarda.)

Ahorro mis palabras con Gatsby, el enigma vivo de la novela. Que sea el lector quien mire el triste rostro de la década feliz.

La felicidad no puede ser alcanzada por medios materiales. La felicidad no puede ser alcanzada. La felicidad. Todos tenemos un paraíso perdido que no se puede recuperar. Incluso los que lo tienen todo son los que nada tienen. Alcanzar un estado de bienestar que nunca se llegó a experimentar. Es esto lo que pone en discusión las segundas lecturas de El gran Gatsby: si la felicidad puede ser alcanzada, y si es así... ¿a qué precio?

2 comentarios:

  1. Desde que vi la película que esta historia me ronda por la cabeza y tengo ganas de leer el libro. Antes de la peli no sabía nada de la historia, pero suena muy interesante. Ojalá el año que viene se me de la chance de leerlo :)

    Es la primera vez que paso por tu blog, ya te estoy siguiendo. Me gustó mucho el nombre "opiniones marginales". Creo que es muy original :)

    ¡Te mando un beso grande! Que tengas un lindo fin de semana.

    Nati
    http://khaleesigeek.blogspot.com.ar/

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    1. ¡Gracias por tu comentario! El mío es el caso inverso. Lo leí sin ver ninguna de las adaptaciones (a lo largo de la historia del cine se hicieron varias, pero tengo ganas de ver la última, la de Di Caprio). Veré también si me hago un tiempo para ver la película. ¡Saludos! ¡Gracias por leer! ^^

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