miércoles, 16 de diciembre de 2015

Furiasse: el espejo al final de un callejón sin salida en “Rafaela”





«Nuestro deseo
es que las jóvenes
dejen de sentirse identificadas
con un personaje
que sufre angustiosamente
por su peso,

sin ver una solución en el horizonte

Alicia Mella, docente de Lengua y Literatura
Extraído de Doble reseña crítica sobre Rafaela, de Mariana Furiasse.
La Izquierda Diario, edición de martes 20 de enero de 2015.




Cuando cursaba séptimo grado, un grupo de padres protestó en el colegio al que concurría por un libro que figuraba en nuestro programa de Lengua y Literatura. Aquel libro era nada más y nada menos que Rafaela, de Mariana Furiasse. Los motivos de la queja: las malas palabras y el tema del libro. A nosotros, la generación 20.10, no nos impacta Rafaela como impactó a los jóvenes lectores y a los padres de estos jóvenes lectores en el 2006. Rafaela, más que un libro, es un retrato histórico-social de la experiencia de una adolescente en una comunidad que se reconfigura en una nueva era de avances tecnológicos –en la novela es importante la utilización de los correos electrónicos–, desarticulación del modelo familiar patriarcal –la ausencia del padre– y los modos de establecer relaciones interpersonales.

La adaptación fílmica de Abzurdah y la representación de la historia de Cielo Latini en los medios de comunicación son conjeturales factores que explican la nueva mirada que los adolescentes actuales echan sobre la novela corta de Furiasse. En las esporádicas reseñas que he leído categorizan al libro como no-tan-bueno-como-yo-lo-esperaba. El personaje que da nombre a la novela, aunque intermitentemente conmovedor en diferentes niveles de la trama, ha sido específicamente construido para una audiencia en particular. Hoy en día Rafaela no surte el mismo efecto en los lectores que hace diez años.

Leer este libro en séptimo grado fue una experiencia angustiante para mí. Recuerden que estaba en séptimo grado, ¿sí? Tenía doce o trece años. En aquel momento se estaba intentando inculcar a los estudiantes los valores del respeto, la tolerancia y la aceptación; empezaban a subrayarse cada vez más problemáticas como la drogadicción, la sexualidad y la discriminación. Rafaela irrumpió en las aulas de 2006 como Carrie en las salas de cine en 1976. Era como si alguien nos dijera: ‘¡Miren lo que están haciendo con esta chica!’ (Sí, sé que no fue la intención de la autora la reacción de determinado sector del público; pero en una obra literaria lo que menos se mide es la intención del autor y lo que efectivamente produce el texto.) Una chica que intentaba representar a otras chicas atormentadas por su cuerpo, por no encajar en los cánones de un concepto de belleza que empezaría a caducar recién hacia la década del 2010 –si rememoramos las polémicas acerca de las mujeres extremadamente delgadas en la industria de la moda en este contexto, entenderán que Rafaela es el casillero anterior a esta fase de desmoronamiento del paradigma estético establecido–.

Es probable que haya muchas lectoras que ahora lean esta historia y piensen: ‘Sí, entiendo a Rafaela, pero no me siento del todo identificada’ o 'Sí, lo que vive Rafaela me tocó vivirlo a mí en una instancia de mi vida que ya superé'. Esto es una buena señal. Porque, si leemos entre líneas, el conflicto de Rafaela no se resuelve. Quien lea el final de la novela y vuelva a releer los párrafos anteriores entenderá lo que digo. Muchos de los relatos de Kafka no tienen desenlace, están colgados o truncos, sin claras definiciones. El drama de Rafaela era un huevo quebrado que no podías tocar sin que se abriera y esparciera su contenido a los pies de la verdad.

Esta indecibilidad sin moraleja incomodaba al ojo lector del 2006. Se trataba de un tema que había que asumir con pinzas y que merecía un cierre concreto. Es decir, una moraleja. Vos leés Los ojos del perro siberiano y hay un cierre. Leés Mi planta naranja-lima y también tiene un cierre. Matar a un ruiseñor, El guardián entre el centeno, e incluso Las ventajas de ser invisible tienen un cierre que les da un sentido que al lector deja satisfecho. Pero Rafaela es un caso delicado. Es un hilo de Ariadna que te deja un mal sabor de boca en un callejón sin salida. Un hilo tan tenso y deprimente que querés que se corté cuando Rafaela conoce a Simón y el acercamiento de ambos personajes promete serruchar la nube de infelicidades de la protagonista con el filo de la esperanza.

A mí me gustó el libro en su momento. Justamente, porque el conflicto no tenía cierre. ¡Como si la vida de cada uno de los que conozco los tuviera! Cada quien vive su historia interminable. En cuanto a los personajes, los vuelvo a leer y me parecen... ¿llanos? ¿chatos? ¿poco desarrollados? La trama, al enroscarse tanto en los ojos de hielo de la narradora, no admite una minuciosa compenetración del resto de las figuras que comparten escena con Rafaela. Gastón es un insoportable, Rosario es la amiga del alma, Aitana es la hermana en el margen de la cámara, Simón es el chico que va y viene como un tren bala entre dos ciudades chinas. (Los estereotipos y las histerias son abominables a los ojos de Dios.)

Una de las particularidades de la estructura de la novela es que a pesar de la utilización de los correos electrónicos a lo largo de la trama, la historia está escrita en un cuaderno. Es el autorretrato de Rafaela que no será leído en la clase de literatura. Lo que ella nunca dice y nunca dirá.

Les parecerá una observación maliciosa, pero quienes lean los correos electrónicos entre Rafaela y Simón notarán que no tienen faltas ortográficas. Si conjeturamos que la protagonista transcribe sus correos electrónicos al papel y los pasa en limpio, entonces, el estilo sin errores se legitima. Pero la escritura digital (Facebook, Twitter, Whatsapp, mensajes de texto, etc.) es la exhibición de una economía de fuerzas que sacrifica los fundamentos de la gramática y la ortografía a favor de la transmisión de un mensaje simplificado en su mínima expresión. El te quiero mucho sustituido por el TKM.

Hubiese preferido que los correos tuvieran faltas ortográficas. Le hubiese brindado un toque más realista a la historia. Mucho más que las malas palabras.

En realidad, en Rafaela hay poquísimas. Créanme: si quieren leer palabrotas abran un libro de King, Bukowski o Lamborghini. Por otra parte, era 2006. Aún había padres a los que les importaba lavar la boquita de sus hijos con agua y con jabón si se filtraba alguna que otra vulgaridad en sus procesos mentales. Había un interés de los padres por la lengua poética, al menos por el lado de la censura. Hoy en día más de un alumno levanta la mano en clase para preguntar cuál es la “función” de la literatura en nuestras vidas. Y en cuanto a malas palabras de este siglo, los párvulos de esta nueva década de plástico son ávidos coleccionistas de improperios. Actualmente, los preadolescentes de nuestra comunidad tienen acceso a géneros literarios no convencionales... si es que acaso no utilizan Internet para sumergirse en páginas dudosas, videos virales, chats grupales, sesiones de selfies o Counter-Strike. Bueno, bueno. Me fui por las ramas. Hay que aguantar a los niños.

¿En qué estábamos? Ah, sí, en Rafaela. En términos generales, es un buen libro. ¡En tanto estructura narrativa, ojo! A lo largo de los años diferentes personalidades especializadas en el área de educación cavilaron acerca de la «eficacia pedagógica» de Rafaela. La protagonista tiene un problema que coincide con una proyección que muchas chicas han tenido o tienen de sí mismas. Pero la historia no tiene cierre. La fábula no tiene moraleja. Y cuando no hay moraleja, las ovejas no saben si regresar con el pastorcito mentiroso que se arrepintió de sus bromas o meterse de lleno en la boca del lobo hambriento en un acto absurdo y suicida. Te terminás de zampar el libro –con esmero, no te tardás nada– y te quedás medio desencajado y desencantado por la póstuma y fúnebre conclusión de la narradora.

No se reniega de un final abierto si la historia lo amerita. Rafaela, creo, no lo ameritaba. Exigía una conclusión final. Exigía una dosificación de la angustia, un debilitamiento de la soledad, una burbuja de luz en las escaleras. Pero, ¿pudo haberse escrito esta novela de otra forma? ¿Rafaela seguiría siendo Rafaela sin la puerta abierta?

El tema central de la trama, más que la obesidad o el acoso escolar, es la imagen que cada uno tiene de sí mismo. Rafaela escribe su autorretrato para ella misma. Se contempla en el espejo y no le gusta lo que ve. Quiere romper el cristal y no puede. Por eso escribe. Escribir es borrar el yo. Olvidarse a sí misma y a la vez describirse a sí misma. Olvidar y recordar. Al mismo tiempo. Es la búsqueda del padre ausente. Es el llanto del violín sin lágrimas. Es la melodía perdida que no se puede reconstruir en las partituras.

Rafaela es el himno de una pena que se canta con las puertas abiertas cuando no hay nadie en casa. Umbrales que nadie puede cerrar sino ella misma, la que canta, la que sufre, la que se ve en el espejo y llora. Sólo cuando vea más allá del cristal logrará cerrar esas puertas. La fábula sin moraleja, la tristeza infinita, la desilusión sin certero final –piénsese en Rebelión en la granja, en el auge de los cerdos bípedos, en la lectura que hace Benjamín de los principios del animalismo violentados por pezuñas ajenas–, el aro extraviado y el cuaderno mudo.

En el mundo de Rafaela, ¿hay una salida posible?

Ésta es la gran decisión que el lector deberá asumir cuando llegue al final de la novela.

2 comentarios:

  1. Hola, la verdad es que me pareció muy interesante el modo en que desarrollaste la opinión del libro y me quedo con la metáfora que usaste del huevo, porque es completamente acertada, así me sentí con el libro. En mi caso lo leí en 2012, con 14 años, y todo adolescente pasa, tarde o temprano, una etapa donde se siente acomplejado con su cuerpo y comienza a ver el mundo con ciertos ojos filosóficos (o eso me parece a mi) el libro muestra una evolución y luego una involución del personaje principal (me dio esa sensación) y la verdad es que me rompió firmemente el corazón.
    En fin, me quedo muchísimo con tus reflexiones que estuvieron buenísimas!
    Un beso y te sigo.

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    1. ¡Gracias por leerme! Me encantó leer tu comentario y tu experiencia con el libro. ¡Saludos! ^_^

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