jueves, 17 de diciembre de 2015

Los delirios de la carne, las grandezas del espíritu



And what are you made of?
(Flesh and bone)
And I'm running out of time,
(Flesh and bone)
And what are you made of?
(Flesh and bone)
Man, I'm turning on a dime,
(Flesh and bone)

Flesh and bone, The Killers



Ochenta y siete años antes de la publicación de Rafaela, se publica La metamorfosis de Franz Kafka. Las nacionalidades, las décadas y los contextos marcan una distancia entre Rafaela Rivera y Gregor Samsa. Un punto de conexión: ambos se sienten esclavos de sus propios cuerpos.

En Los ojos del perro siberiano, de Antonio Santa Ana, el narrador es poseedor de un chelo que guarda una íntima relación con su hermano mayor. En Rafaela, otro instrumento de cuerda irrumpe en la habitación de la protagonista como un último recuerdo del padre ausente: el violín.

En la novela de Furiasse, Gastón le dice a Rafaela: «Hola, vaca.» El asesinato del moreno en la pulpería a manos de Fierro tiene sus raíces en la estrofa 195 de la primera parte de la epopeya gauchesca: «Al ver llegar la morena/que no hacía caso de naides/le dije con la mamúa:/“Va...ca...yendo gente al baile.”»

Furiasse no se ocupa de la presumible discusión entre Gastón y Simón. Esta escena de pulpería entre el bromista y el morocho está vedada a los ojos de Rafaela. Fíjese el detalle: «Me acuerdo de que era el morocho.» Y más tarde: «El amigo morocho de Gastón me había escrito una notita para darme el aro.» Sí, lo morocho bien puede sólo aludir al cabello negro, al pelo oscuro, pero, ¿por qué agotar, limitar o restringir los ecos entre una cueva y la otra?

¿Furiasse pensó en todas estas reminiscencias en el momento de escribir Rafaela? No. Ésta es la lectura que yo hago, la constelación que yo armo. Furiasse, Kafka, Santa Ana, Hernández. Roland Barthes asevera que un texto es aquel que presenta múltiples entradas. Un hormiguero de letras al que podemos acceder desde cualesquiera de sus túneles.

Simón es un nombre hebreo que significa escuchar. Él es quien escucha a Rafaela. El oído. No es casual, entonces, que Furiasse haya escogido la pérdida de un arito (un accesorio de la oreja) como la escena de encuentro de ambos personajes. Rafaela, otro nombre hebreo, significa Dios sana. ¿Quién sana a Rafaela si el Padre –«Dios ha muerto», dijo Nietzsche, y muchos le hacen caso– y el padre –el de sangre, el violinista, el padre simbólico que Kafka abomina en sus cartas– están ausentes? Como en Beloved de Toni Morrison, como en La casa de Bernarda Alba de Lorca, la casa es una casa de mujeres: Nadine, Aitana, Minerva, Tina. Estas familias son, empero, disfuncionales, no exentas de conflictos. El hombre, excluido de este mundo secreto, irrumpe con violencia: Paul D. que entra en la 124 ahuyentando al fantasma en Beloved; el amorío de Pepe el Romano que frustra el matrimonio teatral en la obra de Lorca; el nuevo novio de la madre de Rafaela, la sombra de Simón, el insulto de Gastón. El hombre, una mala palabra en la vida de la mujer.

El varón, ajeno a las complejidades y penurias de las mujeres, queda excluido del drama –o, en el caso de Lorca, del escenario literalmente–. El cuaderno de Rafaela evita a los hombres. No hay descripciones exhaustivas: o son imbéciles o incognoscibles, inaccesibles, incomprensibles. Simón adquiere una importancia simbólica que en el decurso de las páginas se adoquina de impotencias. La narradora, confundida, trata de mantener una línea divisoria entre él y ella. No es sólo la imposibilidad de consumar un romance: es la imposibilidad de conciliar los conflictos que Rafaela plasma sobre su propio cuerpo. La nueva vida de Samsa es una existencia reducida al confinamiento y a la soledad: sólo su hermana deja de vez en cuando en la puerta de su habitación un plato de comida. Basura que al hombre-bicho parece comida. Comida chatarra.

«Yo me tragué las lágrimas, la comida, la bronca.» En Rafaela el tema de los alimentos sólo aparece en pequeños detalles. En La metamorfosis, en cambio, el narrador mantiene un particular interés por la dieta del hombre-bicho. La comida, la escena de la comida, es el campo de batalla de las familias: Samsa imaginando a sus padres y a su hermana en el comedor; las tensiones en las cenas de Los ojos del perro siberiano; el banquete de bodas que no fue en La casa de Bernarda Alba; Sethe, la esclava que mató a su hija, amasando, preparando el almuerzo para Denver mientras el fantasma ronda por allí en la 124, la casa de Beloved; la pulpería, no sólo como sitio de transacciones y de esparcimientos, sino también como trasfondo de un choque de cuchillos y testigo de la sangre derramada de los oprimidos en el baile.

Donde hay comida, hay problemas. Ni siquiera Jesús en la Última Cena se salva de las disputas: allí Judas se decide a traicionarlo, allí Juan se recuesta sobre el pecho del Salvador.

Esclavos de sus propios cuerpos. Diferentes épocas, diferentes culturas, diferentes lenguas, diferentes historias. El mismo hilo conductor: el organismo aplastado, corrompido y despreciado por los otros. Hay quien razona, aún en esta era de placeres terrenales, que el cuerpo es una cárcel del alma. Rafaela Rivera abomina lo que muestra su reflejo y se enjaula en lo que ve a través de él; Gregor Samsa, convertido en insecto, que oye a su hermana tocar el violín (¡ajá!, otra vez los instrumentos musicales); Sethe, que de tantos azotes tiene un árbol en la espalda; Adela, cuyo cuerpo entrega enteramente a Pepe el Romano en su búsqueda de placer y su oposición al estrangulamiento materno; Ezequiel, que languidece a fuego lento por el SIDA; Jesús de Nazaret, cuya carne fue molida por nuestros pecados.

No satisfagáis los deseos de la carne, recita la Escritura (Gálatas 5.16). Mas, en un mundo donde el espíritu humano ha sido derribado, ¿cómo se puede vivir? La carne, lo visible, lo tangible, la materia, el cuerpo, el aspecto, la apariencia. La garantía de que existimos en esta tierra donde no hay lugar para los débiles. ¿Cómo se puede vivir en un mundo donde lo único que importa es la carne?

Pensar en Rafaela como la representación de una consciencia sensible que sufre su experiencia social adolescente a través de la carne implica pensar en un modo de transformar esta tragedia del cuerpo. ¿Por qué Rafaela no sale de la rueda de la angustia? Porque piensa en términos de carne, de materia, de aspecto y proporción. La mejor carne, la que tiene menos grasa. La buena mercancía atrae las miradas de los compradores. Tu cuerpo tiene que ser carne codiciable a Baal para triunfar en el mercado social.

La falta de “cierre” en Rafaela: la narradora sigue pensando en las categorías de carne y no en las categorías del alma. Tiene que hacer un esfuerzo para ver más allá de la carne y contemplar el alma de las cosas. Un poco platónico, ¿no? Ver el espíritu humano más allá del humano mismo es un acto de humanidad. Lo humano no es el cuerpo, sino lo que hacemos con él. Lo monstruoso en Samsa no es su apariencia invertebrada, sino su blanda actitud ante una vida a la que no puede otorgar ningún significado. La mosca que golpea una y otra vez su cabeza contra el vidrio de la ventana. Hasta que muere.

Pero si lo único que importa en este mundo es la carne, ¿dónde está el alma? ¿dónde está el espíritu? ¿dónde está Dios? El buscador de Nietzsche nos acusa de haberlo asesinado. En El milagro secreto, relato de Borges, un judío sueña con un bibliotecario ciego la noche antes de su fusilamiento: el sueño es una revelación. «Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola

El error del sujeto moderno: buscar el alma en la carne. El hombre postmoderno no adolece de esta equivocación, porque él ni siquiera cree en el alma.

Pero hay algo más allá de nuestra propia carne. Una de las obligaciones de la literatura es demostrárnoslo. (Esto me convierte, automáticamente, en un detective chapado a la antigua, un viejo lobo de tinta. Creo en un alma y creo que la existencia del alma es indemostrable por medio de métodos científicos o meras tautologías. Hay que estar loco para creer en el alma. Yo lo estoy. No creo en la ciencia en tanto no se puede “creer” en la ciencia, porque la ciencia es el acto de dudar de lo real y aplicar categorías de conocimiento a las entidades concretas que configuran la constitución de este mundo. No se puede “creer” en la ciencia, sino “hacer” ciencia.) Por eso Rafaela escribe su diario, por eso el hermano de Ezequiel narra su pérdida en voz alta. Allí, en esas palabras, que ya no son suyas sino que le pertenecen a la historia, entrevemos algo parecido a sus almas. ¿Y qué es el alma sino la manifestación metafísica y extraterrenal de una singularidad humana?

No sucumbiré a la tentación de discutir si los personajes de una obra literaria tienen o no lo que podríamos llamar alma. Los personajes son procedimientos técnicos que forman parte de la trama. La trama, el reloj, no puede mover sus agujas sin ellos. Ellos son la sangre que corre en las venas de un libro. Sus acciones y sus características nutren las células del relato. La historia, un cuerpo en movimiento.

En Rafaela, el cuerpo de la historia permanece en un rincón, quieto, reducido, agazapado, comprimido. La historia no tiene pies, no va a ninguna parte. Se queda allí. No se mueve. Esta es la tragedia de los cuerpos. Lo fijamos en una posición incómoda pero inamovible. No hay cambio, no hay aprendizaje, no hay liberación. Sólo es ese cuerpo entre otros cuerpos, ese cuerpo que no se quiere mover hacia la libertad, ese cuerpo esclavo del miedo y de la enfermedad.

Una última reflexión. En Surrogates, el inventor de los androides que han revolucionado la vida de millones de personas en Estados Unidos contempla su vida en una silla de ruedas. La fuerza de Charles Xavier no reside en sus piernas inertes, sino en su mente, en el cuchillo de su mente que se preocupa por cortar el nudo gordiano de la humanidad.

La pregunta subterránea de Rafaela es: ¿qué hago con mi cuerpo en una sociedad donde a nadie le importa mi alma? ¿qué hago con esta carne si a nadie le importa lo que siento, lo que digo y lo que pienso?

Exponerlo al sufrimiento. Enfrentarse al dolor. «Ama tu ritmo», escribe Rubén Darío. Empuja este ritmo hacia la zona de conflicto. Mira a Jesús, mira a Sethe, mira a John Coffey, mira al Tío Tom. Mira a Ezequiel, que a pesar del SIDA se ha determinado a no morir hasta que aprenda a tocar la Suite Nº1 en Sol mayor de Bach. Ellos han conquistado su propia muerte. Ellos son amos de su destino; ellos son los capitanes de sus almas.

Cada quien vive su historia en carne propia. Yo me opongo a los ascetas. Hay que amar nuestra carne. (El soma, es decir, el cuerpo orgánico y saludable; no el sarx, lo lascivo, lo instintivo, lo meramente pulsional.) Aunque andamos según la carne, no militamos según la carne (ésta es de 2º Corintios 10.3; sí, hoy estoy citóvoro). El jinete no es jinete por estar encima del caballo; el jinete no es el caballo. Es la disciplina militar, la pertenencia en el ejército, su tradición en el combate de la vida, lo que lo define como tal. Amar lo que somos más allá de este das-ein, de este devenir-carne. Porque si nosotros no amamos o cuidamos nuestros propios cuerpos, ¿quién lo hará?

Somos más que carne y hueso. Estamos hechos de carne y hueso, pero hay una gran diferencia entre ser y estar hecho de. Comprender que somos más de lo que la gente ve es conocerse y liberarse de los espejismos de este mundo. Operación que en Rafaela no está y que en La metamorfosis ni siquiera se intenta insinuar.

2 comentarios:

  1. Hola, muy buena entrada, gracias por ella, me quedo siguiendote y te invito a mi blo, besos
    http://estoyentrepaginas.blogspot.com.es/

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    1. ¡Gracias por leerme y por seguirme! Muchos saludos. ^_^

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