lunes, 14 de diciembre de 2015

Luciérnagas de Prometeo



La razón de mi etapa poética: escribir mucho en pocas palabras. Nunca me he considerado un poeta. En la prosa se filtra mi sangre. El verso me es ajeno, me es extraño, no me conozco cuando escribo sonetos. Ser poeta es ser la rima del otro. Dibujar la sombra del otro en tus rimas. Porque un poema habla de todas las cosas y a la vez es ajeno a ti. Los versos que el hombre escribe le pertenecen al mundo.

Arrojar las palabras desde la cornisa para que otros las oigan, las recuerden y las usen. Aunque el poeta desaparezca de la faz de la Tierra, los versos siguen allí. En el papel, en la pantalla, en tu boca, en tu cabeza, en tus sueños. Saltan, brincan, explotan. Luciérnagas de Prometeo. Él roba el fuego del Olimpo; la hoguera en sus manos chorrea chispas que muerden la cara de la noche. Cada verso agujerea la oscuridad: nacen las estrellas. Los hombres y los hijos de los hombres las miran, leen las constelaciones en forma de animales, les otorgan nombres griegos.

Cada poesía es una estrella en el cielo de la historia. Tú, poeta, no desprecies la tuya, porque algún día alguien la mirara, y sus ojos serán iluminados por lo que tus manos crearon. No destruyas tus propias obras. Porque algún día iluminarán a quienes más la necesitan. Y el mundo volverá a ser, por unos segundos, un lugar hermoso.

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