jueves, 14 de enero de 2016

El llanto de los halcones caídos



Tengo la sangre fría. El fallecimiento de David Bowie y Alan Rickman repercuten duramente en la comunidad artística. Mientras tanto, el rostro de Aníbal Fernández se repite en las pantallas de televisión: está metido en el circuito del narcotráfico, alzado ya el dedito acusador del fugitivo. Víctor Hugo Morales despedido: la punta del iceberg de una serie de retorcijones en las vísceras del Estado que vomita a una X cantidad de empleados públicos. Las pérdidas y las corrupciones duelen. Mi hermano decía, hace unos días, que sacarían Fútbol Para Todos. Me recordó al hombre de la linterna de Nietzsche: “¿Dónde está Dios?”

No termino de masticar la realidad. No alcanzo a devorarla del todo. Nunca lo hago. A veces me da náuseas. Sé que vivo en ella, pero no puedo entenderla. Es una bestia fuera de mi comprensión. La realidad es un crucigrama chino.

¿Qué comemos hoy? Sanguches de jamón y queso. Ñam, ñam. Y milanesas de pollo. La televisión encendida: ¿Renuncia Bullrich? ¿Quiénes son los nominados al Óscar? ¿Se buscan delanteros en River Plate?

Noticias que no me tocan, que no me llegan, que no me alcanzan. Me bombardean en vano sus bombas de luz. Sólo llegan algunas palabras, las más importantes. Todo está tan lejos de mí y a la vez tan cerca. Como si yo no perteneciera a esta tierra.

Mi realidad es el vaso lleno de gaseosa de naranja delante de mis ojos, las migajas de pan en la mesa, el último libro que compré, el cumpleaños de una amiga, un teléfono que me come el oído izquierdo, los treinta y dos grados de temperatura en el ambiente.

Pero tengo la sangre fría. Escribo a sangre fría. Indiferente a los demonios de la Historia. Mas respetando y acompañando el dolor de los otros, contemplando el horror de los desconocidos, celebrando el éxito de los amigos ausentes. Aunque el ausente soy yo. Todos somos uno. No importa cuán diferentes seamos, no importa cuán helada sea la sangre de nuestro pecho. Todos caminamos sobre el hielo negro del presente. Y algunos caen al abismo...

Alguien muere mientras salgo a trabajar. El sol es luto, el viento es himno. Recuerdo en vano que el día que murió Néstor Kirchner el cielo se nubló. Era mi cumpleaños. Intenté ver formas extrañas en las nubes ese día. Es curioso cómo cada mente se ajusta a la idea de la muerte de un símbolo. ¡Cómo nos cuesta mirar a los halcones caídos! El horror de las alas rotas, las plumas sin brillo, las garras curvas que jamás volverán a aferrarse a la rama de ningún sueño. Cava un hoyo en la tierra, sepulta al ave y llora. Llora por ellos. Porque los pájaros no pueden llorar.

Y cuando termines de llorar, vuela. Porque las lágrimas se congelan. Y si te detienes demasiado tiempo, el hielo negro bajo tus pies se romperá.




Debía dar el pésame,
estrechar manos,
presenciar lágrimas,
recibir agradecimientos,
oír las noticias
que llegaban
poco
a
poco
de todas partes
mientras la mañana pasaba...



J. K. Rowling
“Harry Potter y las Reliquias de la Muerte”

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