sábado, 16 de enero de 2016

La maldición de Ramsey y otras creencias religiosas



El fenómeno mediático conocido como “la maldición de Ramsey” –gag que al futbolista le hace muy poca gracia– es una de estas esquinas donde el deporte y la superstición se estrechan la mano con sanguinaria cordialidad. El fútbol es, sin exagerar, la religión del siglo XXI: apóstoles sus jugadores, coliseos los estadios, martirios las conferencias de prensa; estandartes de diferentes divisiones, copas de oro, directores técnicos que enuncian sus enérgicos discursos como predicadores. La nueva religión admite leyendas, oprobios, tabúes, creencias y figuras mitológicas. Maradona no ha perdido el título de la mano de Dios, por más que lo hayan aplastado las drogas y se regodee con su “modesta” fortuna en Dubai. El retorno de Tévez a Argentina fue presentado en los medios en términos casi mesiánicos: la promesa apache que regresa a la madre patria para conducir a los xeneizes a la victoria. En las tribunas se perpetúan cruzadas secretas, entre barrabravas y matones. La pelota no se mancha, expresa la afamada frase. Sagrada es la esfera de aire para los devotos hinchas y los desquiciados entrenadores. Uno de los defectos de American Gods, según sus lectores más críticos, es la ausencia de un dios del deporte. Aquí, en Buenos Aires, la “nueva” religión –no tan nueva para nosotros– recorre las gargantas de millones de argentinos, atrapa, absorbe sus almas, masa de pasiones, las funde en un sentimiento nacional que traspasa las fronteras y las vuelca en los efímerosversos de un himno furioso.

Ser indiferente al Mundial es ser apátrida; odiar el fútbol es herejía. Defender la camiseta, gritar hasta que se te rompan las cuerdas vocales. Incluso amenazar a los jugadores para que empiecen a ponerse las pilas en su profesión. Como en la literatura, en el fútbol vale todo. Así como Derridá vincula la literatura con la democracia, el fútbol es el dragón sobre el cual descansa el gobierno del pueblo. Porque la nueva religión se sostiene en las liturgias populares, en las mufas, en los tatuajes, en los colores, en las escuelitas de fútbol. No es Atlas el que sostiene el mundo; es el mundo quien sostiene a Atlas.

Es más fácil decir que Dios ha muerto que manchar la pelota. Yo estoy al margen de los partidos y las devociones. Un fantasma fuera de la cancha. Observo el crecimiento de los huesos de la bestia que día y noche come ojos, prende bengalas al compás de los bombos, enarbola banderas y arranca aullidos a la multitud.

¿Es ésta una visión demasiado nefasta del deporte? Tal vez. Pero quienes sienten verdadera pasión por el fútbol no se detienen a leer nada. No reflexionan, actúan. Se mueven, se abrazan, se gritan y se vuelven a abrazar. El pueblo grita en la cancha porque no hay otro lugar donde gritar. No hay lucha de clases, no hay angustia existencial, no hay conflicto social. Sólo la esperanza de un gol, de un ascenso, de una consagración.

Según Snow, la clave del funcionamiento de los Juegos del Hambre es la esperanza; un principio que en este caso se reproduce con estoico fervor. Mientras esta esperanza alimente los sueños del niño que sueña con calzar los botines de Messi, no adjudicaré a la nueva religión malignos despropósitos. No usurparé a detractores, escépticos y corruptos el trabajo de pinchar el balón. El Gran Teatro del Mundo ha sido demolido; la Cancha es ahora el escenario de las contradicciones humanas.

Jugad con los juguetes de Dios, hijos de la pasión, ¡mas no pongáis vuestro pesado yugo e las espaldas de Ramsey! Arrojad vuestras maquinaciones a tierra y dispersaos...

...que ya hay muchas maldiciones
reptando sobre la faz de este mundo.



“No hay nada,
sin duda,
que calme el espíritu
tanto como el ron
y la verdadera religión.”

Lord Byron

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