sábado, 2 de enero de 2016

Spoiler en verso de un gran cómic de Alan Moore (poema)



ADVERTENCIA

Si esta gran historia
no quieres “arruinar”,
dejar de leer deberás.

Pero si ya la has leído,
entonces, estos versos
disfrutarás o criticarás.







“Nada termina nunca”
sentencia el guerrero despedazado
por la luz del pasado.
Con una expresión trunca
de incertidumbre en el rostro, borrada
toda certeza dada,
los ojos de Ramsés
(el nuevo emperador de la utopía
que erigió tras la atómica agonía
de un mundo al borde de una nueva guerra),
diáfanos como el día,
extinguen su alegría
cuando la boca del doctor se cierra.

Manhattan invisible:
transparentes los muros de su pecho,
el futuro al acecho
cual bestia imprevisible
lo consume. Los espejos del techo
retratan el deshecho
cuerpo, celestial eco
de la metrópolis que resucita
en el acérrimo mañana. Grita,
en algún lugar de la sala, Marte
vencido, gran hoplita
que a los dioses irrita
con su sanguíneo y belicoso arte.

Con Ares acabado,
el rey de reyes de este siglo blanco,
cubierto todo flanco
del triángulo dorado
que su imperio exorna, tomó con franco
gesto el cetro del banco
en el cual reposaba
para encaminarse al egipcio trono
que lo aguardaba en Karnak. El ozono
ausente en el cielo del Sur sería
su nuevo afán. A tono
con su orgullo el kimono
áureo y púrpura el magno vestía.

Recibió las visitas
de un espectro, de un enigma, de un búho:
con su tigresa a dúo
vio las flores marchitas
de su jardín y dijo: “Yo evalúo
las pérdidas y actúo
en consecuencia al plan
que he trazado para la humanidad.”
Disfrazado de fama y vanidad
asumió con terrible lucidez
la pesada verdad;
responsabilidad
de gran monarca actuar con sensatez.

Y sus perseguidores
los propósitos del rey comprendieron
y a su voz sucumbieron.
Nuevos adoradores
del infinito culto a la Paz, vieron
el futuro y sonrieron.
Un mundo más hermoso:
sin guerras, sin batallas, sin rencillas,
sin sangre, sin contiendas, sin mancillas;
sin fuegos, balas, bombas o cañones.
A millones de millas
de distancia tú brillas,
Tigre del Hambre: ¡no nos abandones!

Porque ha profetizado
un hombre cuya máscara es su cara
que cuando se dignara
a observar el pecado
nuestro de cada día... si observara,
si acaso contemplara
nuestras inmundicias, sexos, violencias...
Desencadenaría sin clemencias
su castigo: su negación eterna
a salvarnos. Las ciencias
no ayudan, las conciencias
agonizan y la esperanza hiberna.

El Juez de la Tierra eres:
admiramos tus obras y temblamos.
Las lágrimas sembramos
de los difuntos seres
que murieron por la Paz; y lloramos,
y por ellos clamamos.
Eres el Relojero
de este mundo, más hermoso y feliz.
El dios de la guerra, sin aprendiz,
se aleja para siempre de tu sueño.
Una bola de hachís
develó la matriz
de la visión de la cual eres dueño.

Pero nada es eterno:
ni siquiera tu reino establecido
sobre Marte vencido
o el poderoso Infierno.
Porque tarde o temprano el condolido
búho de Palas, ido
de su hombro sangrante delatará
tus crímenes. La diosa anunciará
los nombres de quienes han perecido:
tu cabeza rodará
y el ave arrancará
los ojos del salvador advertido.

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