miércoles, 13 de enero de 2016

Una flor de tinta que atraiga a las mariposas del desierto



A mi no me gusta mucho autopromocionarme. No me malinterpreten. A mí me gusta compartir lo que escribo. Me encanta que me lean, que me sugieran, que me sigan y aún mucho más que me comenten. Me fascina la idea de publicar un libro y que todos lo lean. Pero no quiero andar por la vida diciendo “¡Leeme!” si no tengo un solo gramo de talento. Me da un poco de cosa decir “Mirá, yo tengo un blog, pasate por él...” y esperar a que me sigan sólo porque yo se los pido/ordeno. Yo quiero que la gente me lea, pero que me lean por ser bueno en el oficio, no solamente por el spam. Si no te gusta lo que lees, podés cerrar esta ventana y visitar otro sitio. No me molesta, no tendría por qué molestarme o sentirme frustrado. Porque tenés todo el derecho del mundo a no ser mi lector y yo a no ser tu autor. Si yo no soy capaz de aportar algo nuevo a mis lectores, sean pocos o muchos, entonces no estoy cumpliendo con mi deber de escritor.

Mi obligación como escritor es desarrollar un estilo lo suficientemente atractivo como para que nadie pueda resistirse a él. Y divertirme en el proceso. No tiene gracia escribir si lo primero que pretendés después de un párrafo es fundar un club de fans con tu nombre en una placa de oro. No puedo negar que me gustaría que me paguen por cada palabra que escriba. No tiene nada de malo escribir por dinero. El problema ocurre cuando tu prioridad como escritor deja de ser la historia en sí. Si le ofrecés a tus seguidores carne podrida cuando ellos están pagando por el transbordador al país de las maravillas que les prometiste, entonces, les estás vendiendo gato por liebre. El relato, ¡el relato, maldición!

El novelista John D. MacDonald, refiriéndose a Stephen King en el prólogo que escribó para su libro El umbral de la noche, dice: “No escribe para complaceros. Escribe para su propia satisfacción. Igual que yo.”

¿Están satisfechos con lo que escriben? ¿Les produce felicidad escribir? ¿Qué es lo que los induce a escribir? ¿Las reseñas? ¿La catarsis? ¿Una ideología política? ¿La necesidad de sentirse vanguardista? ¿Un ex-novio, la chica de tus sueños? ¿O la pasión por la escritura? No importa cuál sea la respuesta, esa respuesta es lo que define tu voluntad de escribir. Y lo que vas a escribir.

La literatura es un “vale todo”. Un ajedrez sin casilleros. Construir una novela poco difiere en la creación de un castillo de naipes. Las historias requieren una estructura propia, necesitan un equilibrio interno. No digo que todas las historias tienen la misma estructura (principio, nudo, desenlace) de ser así, la literatura sólo sería la repetición de una misma historia; no hay dos novelas idénticas así como no puede haber dos huellas digitales milimétricamente iguales. De ser así, estamos ante un plagio o una sorprendente coincidencia. Pero sigamos.

Cada novela es un mecanismo de relojería cuyo funcionamiento exhibe distintos modos de comprender el tejido del tiempo. Los relojes de arena y los relojes tradicionales, con un océano de diferencias entre ellos, presentan la misma finalidad: medir el tiempo. Pulsaciones, de Ruescas y Miralles, desarrolla una historia de amor a través de mensajes de texto; Rafaela, de Mariana Furiasse, yuxtapone las memorias de un diario íntimo con información de correo electrónico. Las obras de Julio Cortázar, como Rayuela o 62/Modelo para armar, es el límite de la experimentación del lenguaje, las tías de todos los laberintos argentinos: leer a Cortázar es un viaje de ida hacia un manicomio infinito donde la cordura es la más irracional de las opciones y cualquier locura, incluso la más pequeña, tiene sentido en el microcosmos de Oliveira.

Detrás de estos nombres famosos hay hombres y mujeres que aman lo que hacen. Que se la juegan en cada historia que publican. E incluso que piensan en los lectores que pacientemente esperan el final de la serie. No se trata de ser como ellos o escribir como ellos. Sino de ser vos. Que tu yo real cabalgue sobre tu yo escritor. Evolucionar de la mera imitación a la inspiración auténtica. Construir tu identidad literaria y sepultarla en tu próxima aventura de papel. Dominar al dragón que hay dentro de ti.

Si mi obra es sólo una publicidad vacía o una cáscara de papel, si mis palabras no despiertan en vos inquietudes y desasosiegos, entonces, no soy digno de ser leído por ti. Sigue buscando, alma peregrina, a tu narrador de historias. Yo sigo contándome historias a mi mismo, intentando fabricar una flor de tinta que atraiga a las mariposas del desierto. Si me lees, léeme porque así lo deseas.

Así como el rey de El Principito se erige como monarca bajo el inútil principio de pronunciar órdenes que no son órdenes, en vano sería ponerme de pie como escritor pidiendo mediocremente que me lean por deporte. Como Erdosain en Los siete locos, cada quien aspira a crear su rosa de cobre. Una rosa que me refleje y que te refleje. ¿Premios, condecoraciones? Tus ojos son mi mayor gratificación. Preocúpate, poeta, por tus versos, y lo demás vendrá por añadidura.

2 comentarios:

  1. Hola Julian!
    Hay que escribir porque sentimos la necesidad de escribir, porque no tenemos ninguna otra opción. Hay que olvidarse del público y escribir para nosotros mismos, porque es la única manera de mantenernos cuerdos. Si algo de todo eso que escribimos vale la pena, los lectores nos encontraran ellos solos y se quedaran sin que lo pidamos.
    Cati-

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    1. Hola, Cati. Me han encantado mucho tus palabras. "No tenemos ninguna otra opción" más que escribir lo que somos. Gracias por leer y por comentar. ^_^

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