lunes, 11 de enero de 2016

Wells: sombras marcianas en la tierra de nadie en “La guerra de los mundos”






Quienes teman la lectura de obras clásicas de la literatura universal no se sentirán aterrados ante la amena pero cautivadora lectura de La guerra de los mundos, pilar histórico de las invasiones alienígenas en el género de la ciencia ficción; no obstante, advierto la sobriedad victoriana y racional del estilo de Wells, quien ha arrojado al mundo historias inolvidables como La máquina del tiempo, El hombre invisible y La isla del doctor Moreau. Acaso la controversial adaptación radiofónica de Orson Welles y sus trágicas consecuencias han condenado a esta novela a ser recordada eternamente como una metáfora del hombre ante una fuerza desconocida que no puede comprender. Ante la imposibilidad de lo inexplicable, el espectro de reacciones humanas posibles es infinitesimal: los personajes de Wells abarcan un umbral de posibilidades que oscilan de la cobardía más frenética hasta la valentía trepidante. Pero La guerra de los mundos poco se ocupa de los cobardes en sus atroces detalles; el cura es la gran excepción, pero postergo su análisis para los próximos párrafos.

La guerra de los mundos, a diferencia de otras novelas, tiene un enfoque coral, a modo de tragedia griega –no es inoportuno rememorar aquí la historieta argentina El eternauta–: el narrador no se limita a contar sus peripecias individuales, sino que presta atención a otros personajes y a pequeños detalles que a otros podría pasar desapercibido. Minuciosamente se intercalan descripciones del avance organizado de los marcianos, sus características fisiológicas y el aspecto de sus máquinas de combate. Asimismo, la descripción de la reacción de la sociedad inglesa ante la llegada de los invasores se narra a través de referencias a periódicos locales, la observación del comportamiento general de los habitantes de las ciudades, la rememoración de rumores imprecisos y el funcionamiento de los servicios públicos –la imagen del colapso social está sintetizada en los ferrocarriles repletos de cuerpos humanos que se agolpan y pisotean en la huida–. Con un realismo sorprendente el autor presenta de manera verosímil cómo hubiera sido una invasión alienígena en su época. Wells siempre ha sido un aspirante a la verosimilitud; su escritura es una operación concienzuda y razonada del lenguaje como medio de transmisión del saber. Desde su primera novela, La máquina del tiempo, el estilo de HGW renuncia a lo pasional para cimentarse en lo racional. Wells, como Borges, era partidario de la “imaginación razonada”.

Ya he afirmado el carácter coral de la obra, de modo que me ocuparé de subrayar a los personajes cuya voz suena con mayor o menor estridencia en el decurso del conflicto interplanetario. El cura, inoportuno, cobarde y negligente, es uno de ellos; su contrapunto, el artillero anónimo, es un símbolo de valor, estoicismo y esperanza. Imploro al lector que inspeccione detenidamente cómo el autor explora en ellos dos modos extremos de enfrentar el desastre.

Las aventuras del hermano del narrador ocupan la parte central del libro. Una historia secundaria que complementa la riqueza narrativa de la obra y rompe la estructura unilateral de la novela. Wells obró con inteligencia al posicionar esta trama en el centro del libro: aquí contemplamos el movimiento de las multitudes que se desplazan dolorosamente a lo largo de Inglaterra, colapsando los caminos, desquebrajándose en actitudes cada vez menos civilizadas en su larga marcha. Mientras que la trama principal se enfoca en la soledad del hombre, la trama secundaria enfatiza a la masa humana.

No hay duda de que El hombre de Putney Hill es el capítulo más atractivo de la obra, pero esta opinión es fácilmente rebatible o refutable. A través del personaje que da nombre al capítulo se dibuja una hipótesis acerca de cómo podrían vivir los seres humanos si una invasión extraterrestre se prolongara en una dominación extendida durante los próximos siglos. La ilustración de un futuro posible que no se puede definir como utópico o distópico sino como un devenir casi inevitable de la raza humana. Quienes deseen dedicarse al género distópico, contemplarán con entusiasmo y fervor las palabras de El hombre de Putney Hill, reproducción de los sentimientos y contradicciones que preceden a la instauración de un mundo feliz.

Poco tengo qué decir respecto a esta novela. Satisfecho con este libro, insto a los lectores de esta década a que perdamos el temor a lo antiguo. Parece ser éste un repelús contemporáneo que algunos profesores de literatura no han podido aislar de sus alumnos. He tenido la feliz casualidad –si acaso el azar existe– de estar bajo la atención de docentes que han alimentado mi interés por las letras. Cierto es que no toda pieza de antigüedad es deleitable a mis ojos; el hombre elige lo que sirve a sus propósitos. Mi gran pregunta es qué tienen los novelistas de los últimos años para ofrecerme como escritor aparte de placeres argumentales. ¿Qué herramientas me pueden proporcionar los autores en tiempos donde el lenguaje está en constante crisis?

El escritor de hoy, para convencerme, tiene que renunciar al hoy y elevar su estilo hacia la atemporalidad. O, caso inverso, exacerbar el presente hasta atemporizarlo, subrayar el detalle hasta agujerear el papel. Esto es lo que precisamente efectúa Wells con esta novela: la invasión, la irrupción de lo extraño en el presente, devuelve a los hombres a la prehistoria. El rayo calórico borra las arrugas de la civilización. Sólo quedan ruinas, perros, esqueletos equinos, cadáveres carbonizados. Y en esta tierra de nadie renace el hombre, se redescubre en su esencia animal, sin las leyes de la ciudad moderna. Impulsado por el hambre y por el miedo corre a través de la hierba roja; camina el remanente en los bosques de sangre.

Marte, airoso, dispara a quemarropa sus cilindros; Inglaterra, patria de luces, se entenebrece con el humo negro de los trípodes. Los titanes de hierro descienden a este mundo para conquistarlo. ¿A quién le pertenece la victoria en la guerra de los mundos? Tal vez al hombre. Tal vez al marciano. Tal vez a nadie. No importa de qué guerra se trate, en todas todos pierden. Wells condensa los horrores de la invasión en una obra que se publicó mucho antes de la Primera Guerra Mundial. Así como Verne anticipó los nuevos inventos del puño de hierro de Occidente, Wells contempló el terror en sus nudillos de acero. Y con él, fabricó los inolvidables trípodes que sobresaltan a sus víctimas humanas en la ficción.

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