martes, 16 de febrero de 2016

Sobre las distopías: historias de futuros pasados




En tiempos de democracia se venden dictaduras. Tiranías a pequeña escala, construidas con palabras y a precios accesibles. Desde que Collins metió el dedo en el enchufe literario, los jóvenes contemplan las sombras de su rebeldía en el interior de estos gobiernos corruptos. Las democracias de nuestro mundo son tan corruptas como las dictaduras de la ficción.

Pero, ¿qué significa para nosotros una distopía? ¿Una manifestación artística de protesta contra los fantasmas de este siglo o la máscara de una nueva forma de entretenimiento? La trilogía de Los juegos del hambre coqueteó con las dos veredas: era una bofetada de guante de seda a la cultura de cristal líquido de Estados Unidos a la vez que cazaba los ojos de los adolescentes a través de la figura de una heroína tan humana como Katniss Everdeen.

Después de Los juegos del hambre, el panorama literario y el mercado editorial cambiaron. Un género que había pertenecido a una minoría de tinteros saturados de intereses políticos, económicos y sociales pasó a manos de una nueva generación de novelistas que aprendió a vender lo que en un principio fue un modo de protesta o una parodia de la existencia moderna.

¡Ojo! No me opongo a publicaciones de obras como Maze Runner, La reina roja, La prueba, Divergente, etc. No pienso que el género distópico haya sufrido una degeneración mercantil, sino todo lo contrario, experimentó una revitalización inicial en la audiencia contemporánea que devino inevitablemente en una moda... o tendencia editorial mayoritaria, si prefieren una astuta sutileza. Lo que trato de decir es que estas distopías pertenecen a una nueva escuela que sabe o parece saber qué es lo que quiere el público y se distancia de toda demagogia o politización. Protagonistas jóvenes, conflictos románticos entre líneas, mayor intromisión de los recursos tecnológicos en la trama, cataclismos inminentes, oprimidos que se alzan contra los opresores dentro de un sistema de vigilancia que se autoproclamaba “perfecto” pero que es violentado por el puño de una chica golpeada por el destino.

Para entender el éxito rotundo de las tiranías postmodernas es necesario dar varios pasos hacia atrás.

Antes de Suzanne Collins... ¿quiénes jugaban a las cartas en la mesa de los perros?



George Orwell (1984, Rebelión en la granja), Ray Bradbury (Fahrenheit 451), Aldous Huxley (Un mundo feliz, La isla) y William Goldwin (El señor de las moscas) establecieron los fundamentos del género. La distopía comenzó a brillar con singular intensidad en la primera mitad del siglo XX. Piensen en la Primera y en la Segunda Guerra Mundial, en el contexto político mundial y en cómo los escritores de diferentes países estaban viviendo aquel horror en carne propia o a la distancia. (Fahrenheit 451  y El señor de las moscas se publicaron en 1953 y 1954, respectivamente, pero cargan con el eco de las contiendas.) En estos tiempos de plomo se cultivó lo que hoy conocemos como distopías: retratos hiperbólicos y tenebrosos de gobiernos dictatoriales, atolondramiento y manipulación de las masas a través de los medios de comunicación, pérdida de las libertades individuales, sofisticados organismos de tortura y opresión.

La historia registra antecedentes del género distópico a finales de siglo XIX y principios de siglo XX en otras obras que ni bien no pretendían fundarlo, son consideradas las abuelas de éste: Herbert George Wells (La máquina del tiempo), Julio Verne (Los quinientos millones de la begún) y Jack London (El talón de hierro).

Una mención especial merece la película Metrópolis, de Fritz Lang, estrenada en 1927; podría decirse que es la primera película distópica en la historia del cine.



La primera oleada de distopías famosas colocó a disposición nuevas herramientas narrativas que los escritores de las próximas décadas explotarían hacia fronteras radicales en un período enloquecedor y frenético que se extiende desde fines de los ’50 hacia los ’60 y los ‘70. ¡Bienvenidos a la Guerra Fría, la Destrucción Mutua Asegurada, las películas clase B, las nuevas tecnologías de información y comunicación, Vietnam, movimiento por los derechos civiles, beatniks, hippies, pacifismo y psicodelia! Y los nominados son: Richard Matheson (Soy leyenda), Philip K. Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) Anthony Burgess (La naranja mecánica), Pierre Boulle (El planeta de los simios) y J. G. Ballard, cuyas novelas casi siempre se centran en distopías, convirtiéndose tal vez en el primer escritor que se dedicó casi exclusivamente al género. Estos libros no presentan un discurso político dirigido a favor o en contra de ningún partido específico, sino que exhiben una mayor injerencia en temas generales como el libre albedrío, la tecnología, el medio ambiente, la extinción de la raza humana, el valor de la existencia del hombre en un mundo violento y sin sentido, entre otros.

Es en esta época donde se realizan las adaptaciones fílmicas de las grandes obras distópicas de antaño: El señor de las moscas  (1963); El último hombre sobre la Tierra (1964); Fahrenheit 451, (1966) de François Truffaut; El planeta de los simios (1968) y La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick.



¡Digan hola a los ’80! ¡Hola, ’80! ¿Qué pasó en los ’80? El final de la Guerra Fría, hambre en África, SIDA, Chernóbil, videojuegos, Reagan, Michael Jackson, Steven Spielberg, preocupación por la contaminación ambiental, Madonna y el nacimiento de Microsoft.

¿Qué libros de género distópico marcaron los ’80? En primer lugar tenemos a Stephen King, que publicó bajo el seudónimo de Richard Bachman dos distopías elegantemente sangrientas (La larga marcha, El fugitivo); en esta época, David Brin publica El cartero y William Gibson –el padre del género cyberpunk– inaugura su trayectoria literaria con Neuromante. Margaret Atwood coloca a la mujer en el centro de la distopía con El cuento de la criada, adscribiendo en su novela una línea de pensamiento muy ligada al feminismo efervescente de aquellos tiempos.

En los ’80 el mundo del cómic experimenta un giro radical con la irrupción de Alan Moore en la escena. Con V de Vendetta, la distopía echa raíces en las viñetas; y con Watchmen –una ucronía antes que una distopía–, Moore hace explotar las expectativas de lectores y críticos. La frutilla del postre desde Japón: Akira, de Katsuhiro Otomo.

Las distopías no disminuyeron en las butacas: Mad Max (1979) abrió el sendero a Terminator  (1984) y éste a Robocop (1987), mientras Terry Gilliam nos presenta su excéntrica Brazil (1985). Filmes emblemáticos, populares, inolvidables, que alimentarían el corazón de los espectadores por generaciones hasta el día de hoy.



En los ’90 y principios del nuevo milenio, el género distópico pasa a manos de personalidades literarias reconocidas tanto por la comunidad lectora como por la crítica. El legado de esta época es una serie de obras que se caracterizan por una extraordinaria madurez narrativa, estilos innovadores y tramas tan complejas como profundas: Hijo de los hombres, de P. D. James; El dador, de Lois Lowry; Battle Royale, de Koushun Takami; Nunca me abandones, de Kazuo Ichiguro; Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago; La carretera, de Cormac McCarthy.

Mientras tanto, Terry Gilliam vuelve a golpearnos en medio de los ojos con una obra maestra, Doce monos (1995), Kevin Costner fracasa en taquilla protagonizando Waterworld (1995), Dark City (1998) empieza con un hombre amnésico en una bañera, pero son los hermanos Wachowski (1999) los que traen a Hollywood un material que hasta en las universidades se estudia con fervorosa fascinación: The Matrix (1999).

He dejado en el camino muchas otras obras, podríamos engrosar mucho más la lista de libros por leer y películas por ver. Pero lo dejamos hasta acá porque quiero terminar este pequeño gran informe con dos reflexiones: la primera, elijo Los juegos del hambre de Collins como punto de referencia, por el enorme fenómeno mediático, editorial y cultural que suscitó en el mundo. En ninguna medida lo desacredito ni lo sobrevaloro. Mi razón es obvia: no lo he leído. (Sí, no lo he leído, esta es la parte en la que dicen: “¡¿Cómo no lo leíste?!”; y en la que yo contesto: “¡Pero al menos vi las películas!”)

En segundo lugar, antes de la chica en llamas o a una divergente o a un muchacho en un gran laberinto teníamos a un bombero con lanzallamas, a un hombre de Los Ángeles que luchaba contra los vampiros, a un adolescente ultraviolento que amaba la música clásica, a unos niños perdidos en una isla sin nombre. Esto lo digo sin desvalorizar a los autores que hoy en día aparecen en la lista de los libros más vendidos y que han cosechado millones de seguidores alrededor del mundo. Lo que quiero expresar es que las condiciones en las cuales uno fabricaba esta clase de mundos obedecían a circunstancias y motivaciones diferentes. Y, por ende, los autores, cuando las escribían, le daban un valor diferente. Burgess escribió La naranja mecánica después de que su esposa fuera atacada y violada por un grupo de hombres en Londres; Bradbury tenía el macarthismo en la nuca cuando publicó Fahrenheit 451; Orwell perdió varios amigos en la Guerra Civil Española y tuvo dificultades para publicar Rebelión en la granja. Para estos autores sus libros significaban mucho más para ellos que para nadie más.

Tal como no he dejado de afirmar en reiteradas ocasiones a lo largo de este artículo, mi propósito no es criticar salvajemente las nuevas distopías que los narradores de historias producen hoy. Ni a autores, ni a lectores. Sino entender cómo a través de las generaciones el género distópico se ha transformado en el circuito literario, cómo después de tantas manos que escribieron –y algunas, con la amenaza de gotas de sangre bajo las uñas– nuestros ojos leen y releen estos párrafos una y otra vez, y cómo las distopías pueden ser un vehículo para transmitir romances, pérdidas, esperanzas, sueños, luchas y realidades.

Firmo este artículo con una conclusión vehemente: que el placer de la lectura no se pierda, sino que nuestra visión de la literatura y de sus ricos géneros ensanche más este placer que, creo, compartimos todos los que aman, sea por causa de un libro o de otro, el género distópico.

7 comentarios:

  1. Me encantan tus posts, me dejan sin palabras.
    Un beso :D

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Gracias por tus palabras! Y, dicho sea de paso, gracias por todos los comentarios que me has dejado en las entradas pasadas. Aunque no siempre conteste los comentarios, sí los leo, y nuevamente agradezco mucho tus aportes.

      ¡Nos leemos! :D

      Eliminar
  2. Hola! disfrute mucho de leer este post ya que comparto mucho tu visión sobre las distopías de ahora y las de antes. Como los propósitos son diferentes en cada caso y como realidades a veces pueden originar historias casi ficticias que mueven masas y que revolucionan pensamientos. Un abrazo y muy buena entrada.
    Nos leemos ^^

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. casi me olvido! me gusta mucho el nuevo diseño :3

      Eliminar
    2. ¡Gracias, Juli, por tu comentario! Y, dicho sea de paso, aplaudir el regreso de 'Por los bigotes de Shakespeare'. ¡Iupiiii! Estaré pendiente de tus entradas.

      Nuevamente, gracias por leer. ^_^

      Eliminar
  3. Hola... una vez más me impactaste con tu entrada, la verdad es que yo soy amante del género distópico, me parece irreal y a la vez real, pero lamentablemente conosco la mayoría de los libros que has mencionado en esta entrada pero no he leido ninguno como un mundo feliz, 1984 y el señor de las moscas. Creo que es tiempo de tomar los clásicos distópicos y adentrarme en la buena literatura (aunque no creo que ningun libro sea basura o malo, todo lo contrario)Saludos.

    http://mividaenprogreso.blogspot.mx/

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por comentar. Y comprendo lo que decís acerca de los clásicos. Libros como '1984' o 'El señor de las moscas' establecieron los fundamentos de las distopías que disfrutamos ahora, y está bueno animarse a explorar las raíces del género. Gracias por leer. ^_^

      Eliminar