martes, 23 de febrero de 2016

Transgresiones

“No serán pocos los lectores
que advertirán aquí
diversas transgresiones
a la convención literaria.”

Julio Cortázar
Prólogo de 62/Modelo para armar



Y ahí, Coqui, en el regazo de mi hermana, todo mojado, todo tembloroso, mientras unos dedos humanos recorrían el pelaje blanco del pescuezo, mientras una voz humana indicaba en un murmullo dónde se habían clavado los colmillos de la perra a la que mi madre sacó afuera. Y allí, yo, en el umbral de mi habitación, mientras mi hermano pulsa las teclas de su computadora portátil, mientras el ventilador de techo mueve sus aspas, que parecen alas de murciélago embalsamado, alas mecánicas y duras, y yo a la sombra de estas alas, viendo cómo Coqui tiembla.

Y acá, el televisor de la pieza, una cosa negra, con una pantalla encendida que muestra una casa. Y una voz, que es y no es humana, que dice que una mujer se desangró hasta morir pidiendo ayuda, apuñalada por su cónyuge, y la cara de una madre, que dice que un hombre la amenazaba (“la voy a matar a ella y luego me mato yo”, reproduce, fidedigna, la madre, pero las palabras se me borran de la memoria, y yo las transcribo, inexactas, acá, porque no me gusta, para nada, oír esta historia), y de pronto, la imagen cambia, la pantalla se desfigura en colores nuevos, y otra noticia se transmite. En otro lugar, dentro del mismo país, un hombre mata a su hija y a sus nietos y se ahorca y deja una nota de suicidio. Pero yo me doy la vuelta, vuelvo al comedor, donde dejé la computadora encendida, porque no quiero seguir escuchando esta historia.

Y pensar que unas cuantas horas antes de que Luna se abalanzara sobre Coqui después de una guerra de gruñidos por una naranja despellejada y agria que mi padre no quiso seguir comiendo y que dejó sobre la mesa negra del comedor, alguien, una mujer, una madre, un ser humano, moría, gritando a viva voz sobre su propia sangre, mordida por un puñal, un cuchillo, un tramontina quizás (porque los hábitos de ver noticias sangrientas te insinúan esto, que el cuchillo que todos usamos en la cocina para cortar las cebollas o las milanesas, tarde o temprano, mata a alguien), y su esposo, su pareja, su cónyuge, el amor de su vida, ahora sin amor, o con un amor tan enfermo que ninguno de nosotros jamás comprenderá, huía, a través de aquel mundo llamado Buenos Aires, y la policía y la ambulancia llegan más tarde, siempre llegarán más tarde...

Pero no pienso en esto. No es que no quiera pensar en esto. Es que no pienso. Vivir es no pensar, escribió un poeta llamado Pessoa. Y pienso que tenía razón. Al menos, en parte. Si es que pienso.

Me acerco al escritorio donde está la computadora prendida, y noto los charcos sobre las baldosas del comedor. Mamá, para separar a los dos perros de su brutal abrazo, les disparó chorros de soda mientras papá golpeaba el lomo de Luna con una toalla, pero no lo hacía brutalmente, sino con cuidado, porque la mandíbula de la perra se cernía, peligrosa, sobre el cuello de Coqui, y pensé –y creo que mis viejos también– que las baldosas, las mismas baldosas que estoy pisando, se mancharían con la sangre del perro. No intervine, no sabía cómo intervenir, apenas atiné a extender mi mano hacia el picaporte de la puerta blanca, la abrí, esperé unos segundos y la perra salió, y Coqui se liberó de un destino posible, aunque tal vez exagero, siempre exagero, acaso porque contemplo las verdades más grandes del universo en las cosas más pequeñas.

Cierro la puerta. La perra no volverá a entrar en toda la noche.

Coqui está en brazos de mi hermana ahora. En un ahora que ya no es ahora. En un ahora donde transmiten una noticia que no es noticia. Un hombre mata a una mujer a puñaladas y escapa. Pienso, sombríamente, poéticamente, que en estos dos hechos tan diferentes, en el crimen y en los colmillos de los perros, hay una trama secreta, una correlación, una conexión, una equivalencia, algo. Pero es un pensamiento que no pienso con detenimiento, lo pienso sin pensarlo, lo pienso porque sí.

Mamá ha arrojado un trapo sobre el charco. Yo lo muevo un poco, solo un poco, con la punta de un pie, para que absorba parte de la soda que ella derramó para salvar a Coqui de los profundos colmillos de Luna; noto, un poco intranquilo, de pie sobre mis chancletas negras, con mis pantalones verdes y la espalda descubierta, que el hogar recobra cierta parsimonia, cierto silencio, cierto orden. Pero afuera hay alguien que mató a una mujer, y el mundo no está en orden, aunque Browning haya escrito Dios está en su cielo/Todo está bien con el mundo; no, no hay orden aparente, una pelea de perros en la casa de una familia común y corriente en Merlo no se puede comparar con la muerte de una mujer a kilómetros de mi hogar, y sin embargo, mi mente, que es terca, que falla, que abomina la lógica y el sentido y la cordura de todas las cosas, insiste en que hay una relación secreta entre dos acontecimientos totalmente diferentes, como un efecto mariposa, como un hilo rojo, como una rueda del ka.

Y sé cuál es esta relación: yo percibo las dos tormentas al mismo tiempo. La lluvia de sangre en mi país y el latido del femicidio a través de la ventana de la televisión; el cuello caliente de un perro que ha salido no tan incólume de una cánida trifulca y que se refugia, en su corpórea pequeñez, en el regazo de mi hermana.

Entonces, puedo sentir esa pérdida sin sentirla, puedo pensar esta muerte sin pensarla, puedo sentirme un todo en un pequeño instante, y olvidar este todo, dejar de sentirlo, horrorizarme un poquito (un poquito que en realidad es un gran mucho) y  dejarme llevar por la continuidad de mi propia existencia. Porque mi vida es esto: la computadora encendida y los charcos de soda que desaparecen y la toalla que papá devuelve a su sitio y mi hermana abrazando a Coqui y revisándolo para verificar que no tenga ninguna herida severa y la naranja despellejada y agria que inició todo esto y mis reservas acerca de lo que estoy terminando de escribir.

Pienso si quienes me lean me creerán un loco. Pienso que sí lo harán. Sonrío sin sonreír. Porque en realidad todos estamos locos. Sólo que a veces lo olvidamos o no lo sabemos. Algunas locuras son menos felices que otras. Mi locura es juntar moneditas en un frasco de vidrio o menear la cabeza cuando escucho una canción que me gusta por los auriculares o leer libros. La locura de unos, lamentablemente, empuja a otros a la muerte.

Vuelvo a leer todo lo que he escrito, pienso que no tiene sentido, ni pies ni cabeza, pero así está bien, porque la realidad que vivimos todos los días tampoco tiene izquierdas o derechas, arribas o abajos, blancos o negros, ni letras ni números, sólo la vivimos, así, tal cual es, con televisores que lloran sangre y perros que se pelean por una naranja.

Al final, cuando las cámaras se apagan y los dogos dejan de ladrar, las víctimas siguen siendo víctimas. Y me abate esta vaga sensación que sólo puedo resumir en tres palabras: nada ha cambiado.

10 comentarios:

  1. Me encantó, no puedo decir más que eso.
    saludos

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  2. Hola ! Me parece muy logrado tu relato. Despues de todo eso es la vida, lo que ocurre al lado nuestro, y lo que ocurre en la pantalla que está prendida todo el día.
    Me parece genial, que escribas estos pequeños relatos y los publiques. Cuentas una especie de crónica con mucho detalle y le pones mucho sentimiento.
    Saludos y nunca dejes de escribir. Gracias.

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    1. ¡Muchas gracias, Laura! Hace tiempo que no escribo relatos como estos, y esta pequeña anécdota ha sido una buena oportunidad para regresar al campo de la ficción. Gracias por leer. ^^

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  3. Hola Julian!
    La verdad es que me ha encantado el texto, la crónica de la situacion, esos pensamientos inconexos que van y vuelven sobre uno. Una situacion cotidiana narrada con mucho exito. Me ha gustado mucho y espero que sea un envion para que sigas escribiendo n.n
    Saludos!

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    1. Muchas gracias, Gime, por leer y por comentar. Espero seguir escribiendo y compartiendo lo que escriba aquí. ¡Saludos para vos también! ^^

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  4. ¡Hola! Creo que estás lleno de imaginación y creatividad. Lograste hacer de algo usual, un relato excepcional.
    Espero leer más de tus creaciones, te felicito.
    Un beso

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    1. ¡Muchas gracias, Mai! Espero poder seguir escribiendo y compartiendo ficciones. Hace tiempo que había dejado de escribir relatos así en el blog, así que espero retomarlo con éxito y compartirlo con ustedes. ¡Saludos y gracias! :D

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  5. ¡Hola!
    Me encanta la manera en que escribes, nunca antes había leído un relato tuyo. Además, creo que tienes ese poder de plasmar una situación cotidiana, y convertirla en algo extraordinario.
    Me iré con la frase del final: "Al final, cuando las cámaras se apagan y los dogos dejan de ladrar, las víctimas siguen siendo víctimas". Muy buena.

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    1. ¡Muchas gracias, Melanie, por tus palabras! Gracias por leer y por comentar. ^_^ ¡Saludos!

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