viernes, 12 de febrero de 2016

Viernes de vinilo #7 (+ reflexión)

Esta canción...


...resuena con su noble furia en los parlantes de mi barrio y en muchos auriculares del Oeste. Sé que San Valentín está cerca, que no escucho rock nacional (mis hermanos sí, y tienen muy buen gusto por lo patrio) y que sería políticamente correcto que colgara un tema más acorde a las circunstancias. Aún así, con canciones como ésta (como las de Intoxicados, Callejeros, los ya disueltos Redonditos de Ricota...) tropezás cada noche al subirte a cualquier bondi en la oscuridad o al vagón del último tren del Ferrocarril Sarmiento con destino a Once.

Y sé que no hago ninguna justicia a aquellos devotos seguidores de estas bandas que engendran su música bajo la quijada del león imperial, que rompen caretas con sus miradas profundas, que fabrican terremotos de cemento en los pogos, que no se dejan amedrentar por la lluvia o por el tiempo, que a flor de piel se tatúan pedacitos de poesía urbana. Negarlos a ellos, negar su música, sería negar una parte de nosotros mismos, de nuestra propia argentinidad. Sería como arrancarle a Buenos Aires los graffitis de los muros más antiguos, esas letras que parecen ancestrales y a la vez son tan cotidianas forman parte de la historia.

Yo estoy en el incómodo umbral entre el Oeste y el Centro, y en el mismo vagón de la vida se enredan la cumbia, el rock, el pop, el reggae, el reggaetón, y otros etcéteras. Mi ojo está puesto en el caleidoscopio del mundo y no me aferro a ninguna bandera. Es la cobardía del pequeño poeta que se entrega en la contemplación de lo heterogéneo.

Argentina está hecha de muchas cosas. De puchos en el cenicero del tío y del porro que el gendarme censura. De las gélidas birras en la heladera, de las picaditas antes de un superclásico, del paquete de galletitas de agua que el nene se morfa antes de pedir monedas en el próximo tren. De milanesas, choripanes, cocas, vinos, mates, cucharaditas de dulce de leche, duraznos en almíbar, alfajores de maicena, biromes que se venden a diez pesos por tres unidades y chancletas que se rompen en calles pedregosas que nadie conoce. De zapatillas colgadas en los cables de electricidad, de los hombres que mean en un rinconcito de aquel edificio abandonado porque no aguantan más y falta por lo menos dos colectivos más para llegar a casa. De políticas y de voces que discuten sobre políticas. De Martín Fierro, de caras y caretas, de Borges y de Legrand. De NiUnaMenos, de eternautas, gaturros, Matías, Barredas, petisos orejudos, Relatos Salvajes, El secreto de sus ojos, Esperando la carroza, las fantasías de Bodoc y un libro de Walsh. Y de rock. Mucho rock. Y hormigas que recorren la tapia del vecino.

Por esta razón, por muchas razones, y a la vez sin ningún motivo preciso, arrojo la canción y la dejo rodar.

Y que suene, nomás.

1 comentario:

  1. Con la canción y tus palabras, creo yo que es el mejor concepto actual de lo que es la argentinidad. Me encantó tu reflexión... Argentina está hecha de muchas cosas.

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