miércoles, 2 de marzo de 2016

La Coloradita (relato de BUATales)





Todos la conocían como la Coloradita. No por su pelo, que era rubio, sino porque siempre vestía de rojo. Las razones de esta obsesión por este color me son desconocidas: algunos la atribuyen al fanatismo de su difunto padre por Independiente. La Coloradita, la Colo, la Roja, ya no vive en este barrio. Escribo su ausencia porque nadie quiere hablar de ella. Es, de algún modo, el signo de un miedo que nadie quiere ver.

En los suburbios de mi cuento proliferan altares sospechosos y zapatillas colgadas de los cables. Una iglesia evangélica que un antiguo incendio ennegreció coronaba una de las calles más transitadas de la zona. Ante la oscura y agrietada fachada caminaba, a ritmo incólume, la Coloradita. Acababa de salir del colegio: el crepúsculo de la tarde bañaba las esquinas con oro y fuego. Las cuadras parecían vacías, casi desalmadas. Un perro hundía el hocico en la podredumbre de una zanja; a lo lejos se discernía, apagadamente, la marcha de un tren.

La casa de la Coloradita era reconocible por su tosca pequeñez. El patio de tierra se tornaba un movedizo lodazal en tiempos de lluvia. En estos casos, los invitados debían pisar un sendero de siete ladrillos para llegar hasta la entrada, una puerta de hierro con la pintura descascarada que accedía a un comedor ruinoso. Aquí el moho devoraba los muros; una araña ornamentaba su red con cadáveres de insectos en una de las vigas del techo. Para ocultar la ausencia de una ventana, cubrieron el marco con lona negra. La cocina era claustrofóbica: azulejos desprendidos, un calendario del año pasado con el retrato de la Virgen, una heladera repleta de viejos imanes. Cada objeto parecía haber sido sacado de un basurero. En la casa, por alguna razón, nunca faltaban las moscas. La chica cruzó el umbral, dejó la mochila sobre la mesa y entró al dormitorio. Había tres camas, una de ellas ocupada.

–Hola, Abu.

Un esqueleto con piel, pelo y órganos respiraba sufridamente bajo las sábanas. Eso era la abuela. Hacía varios meses le habían diagnosticado una enfermedad “fea”, mas rehusó todo tipo de tratamiento.

–E' la voluntá de Dió –sentenció.

Su nieta no creía en deidades o fantasías. Se deslizaba en el mundo de la materia: exámenes reprobados, medianoches sin sueño, piropos asquerosos de pibes incurables, una madre que trabajaba todo el día y una anciana que estaba muriendo. El mundo era un pedazo de tierra que Dios no terminó de cocinar. La realidad le parecía cruda, agusanada, polvorienta. La Colo no opinaba sobre nada, porque le era difícil buscar las palabras adecuadas para expresar sus pensamientos. Meditaba mucho en su vida, en un padre que no terminaba de recordar, en el significado de las cosas. Le faltaban palabras. Por otra parte, el mundo le parecía tan terrible que no creía que existieran las palabras suficientes para describirlo.

–Hola, mija, ¿cómo estás?

Era una voz áspera; las sílabas salían atropelladas por culpa de los dientes torcidos. Era la boca de la abuela, que intentaba tocar el rostro de su nieta con el débil sonido de un saludo. A veces, la chica tenía ganas de llorar. Pero no lo hacía. Pensaba que debía ser tan fuerte como su padre. Un delincuente le arrancó la vida a punta de pistola. Sólo por veinte pesos. El nombre, la edad y la profesión de aquel hombre permanecen, aún para mí, en profundo desconocimiento.

–Hola, Abu. Sí, maso. Ahí.

Sentada en su cama, con las rodillas flexionadas y la cabeza sobre los brazos cruzados, la Colo narraba el transcurso de sus clases a la mujer moribunda.

–Bueno, mija, en la heledera tenés leche, si querés hacerte chocolatada.

“Ufa, Abu, ya no soy una nena”, pensó la Colo.

El sonido de unas palmas chocando unas con otras la azoraron. No esperaba visitar de ningún tipo; nadie visitaba a una familia compuesta por tres mujeres sin más parientes o amigos que ellas mismas.

–Alguien llama –dijo la muchacha, y se fue.

La abuela, que pasaba la mayor parte de su tiempo encerrada, se vio a sí misma sola una vez más. Oyó los atenuados pasos de una chica que se alejaba hacia el patio delantero. En el silencio esperó. En una especie de semisueño, la anciana creyó ver el vuelo de un tordo. La enfermedad, el paso del tiempo, la soledad, habían borrado la línea divisoria entre vigilias y pesadillas. (A veces soñaba que su esposo, arrasado por el cáncer de pulmón en la realidad, estaba sentado junto a la cama.) A través de la ventana, recortándose contra un cielo de cobre, el ave se retorcía en su fúnebre ascenso. La mujer no supo si atribuir la presencia del pájaro al sopor de la siesta o a los caprichos de la fauna suburbana. A veces los horneros y los gorriones se encaprichaban y derramaban su inocente canto fuera de la casa; en sus momentos de agonía física, al oír a los payadores más frágiles de la Creación, no se sentía tan sola.

Un grito, que parecía brotar de ningún lugar, le abrió los ojos, arrancándola de la frontera de los sueños. Un aullido transparente y quebrado, como una botella rota.

–¡Soltame, hijo de puta!

El cuerpo de la anciana se revolvió en su lecho. “Es una pesadilla”, pensó. Eso era todo. Había cabeceado y soñaba con un peligro. ¿Cuántas veces había temido que a su hija o a su nieta le pasarán algo?

–¡No me toqués, dejame...!

Un golpe hizo temblar la puerta de hierro. Pasos en el comedor. Sillas que se derrumban. Un picaporte se mueve. Las bisagras que chillan. Un cuerpo forcejea con una sombra.

–¡Dejame! ¡Soltame!

La culata de un arma sacude la mandíbula de la Colo. El dolor la derrota. Una mano le agarra el cuello. La lengua se revuelve dentro de su boca. Sabor a metal, sabor a sangre. La abuela, desde la oscuridad del dormitorio, elevaba una tímida protesta.

–¡Mija, mija! ¿Qué le hacen?

Los disparos llenaron la casa de miedo. La Coloradita creyó oír tres detonaciones. Efímeros fogonazos le fulminaron la cara. Las balas no eran para ella.

La arrastraron por el comedor hasta la entrada. Ella estiró las manos, sujetándose al marco de la puerta. Le aplastaron los nudillos a culatazos.

–¡¿Por qué la mataron, hijos de puta?!

La distancia entre la casa y el portón parecía más corta de lo que recordaba. Luchó con todas sus fuerzas. No desistió en su lucha, aún cuando las armas apuntaban hacia ella, como dedos acusadores. La cara, retorcida y roja de espanto, deshecha en llantos, arrugada de horror. Nadie volvería a ver ese rostro. Debilitada por la presión de unos brazos inhumanos, alcanzó a pronunciar una última pregunta.

–¿Por qué me hacen esto?

Desapareció.

El portón está entreabierto, al igual que la puerta principal. La mochila sigue allí, en la mesa del comedor. Nadie ha vuelto a acomodar las sillas caídas. Desde el dormitorio compartido brota el aroma profundo de una vida cortada. La frazada de la tercera cama es pequeña, y deja entrever dos pies blancos que no se mueven. Los disparos agujerearon la tela, la piel, la carne. Allí, bajo las sábanas, está la muerte.

El crepúsculo se agota. Oscurece temprano; la noche absorbe, como un trapo sucio, el resto de la casa, y la hunde en sus anónimas sombras.







 










Este relato forma parte de la iniciativa BUATales, propuesta por Blogueros Unidos de Argentina. Este proyecto consiste en publicar en el blog un relato entre 5000 y 7000 caracteres, espacios incluidos.

La Coloradita es la primera obra de ficción de Opiniones marginales que participa de BUATales.

17 comentarios:

  1. ¡Muy bueno!

    Parece un lugar perfecto para ser una casa embrunada en un futuro xD

    Yo tambien escribi para BUATales

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  2. Me gusto, sobre todo la última parte. Comentario por el título ahora tengo la canción de los Pibes Chorros en la cabeza jajaja.

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    1. ¡Gracias! Te confío una curiosidad: en la versión original de la historia, en un momento del relato, se oye una canción de cumbia; aunque no se la nombra, el cuento es una referencia a esto. ¡Muchas gracias por comentar! ^^

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  3. Diooooos miooooooo que terrible
    pobre abuela, pobre nena!!!!!
    muy bien narrado me hiciste doler la panza y eso debe lograr un buen cuento de terror :3 cuando me des permiso lo comparto en una página que administro, la inició un chico de México necesitaba ayuda y me dejó a cargo y nunca más supe de él hahahaha. Buenísima la historia perfecto el cierre.

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    1. ¡Muchas gracias! Ya te estaré mandando mensajes dentro de poco, para confirmar lo que propusiste. :) Gracias por comentar.

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  4. Buenisima la historia!! Re misteriosa, re tétrica. Muy apta para leerla una noche de tormenta, y que al toque de terminarla se corte la luz. Eso sí que le daría un clima bárbaro.
    Saludos!

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    1. ¡Gracias, Esteban! Un relato como éste, con la ambientación justa, ¡la rompe! :D A propósito, también he leído tu relato de BUATales, y te lo comenté. ^_^ Gracias por leer.

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  5. Sabes que me encanta todo lo que escribís y bueno... soy tu fan (? me encanta como mediante tus palabras transmitís y nos haces ver lo que va pasando. La vida es dura, pero es la vida. Si te llegan nuevos comentarios es que te ando recomendando en la facu (?

    Abrazote!

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    1. ¡Gracias por leerme! Y por recomendarme. ^_^ Realmente, que este relato haya tenido una buena recepción, que te haya hecho reflexionar y que te tomes la molestia de dirigirme estas palabras, me llena de una gran satisfacción como autor. De verdad... ¡muchas, muchas, muchas gracias por comentar! :D

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  6. ¡Excelente, excelente! Si te digo que me gustó, me quedo corta. Tus descripciones son vívidas, casi puedo ver la casa, la abuela, a la Colo. Me encantó, muchas gracias por compartir tu relato!
    PD: Eliminé sin querer la entrada que me comentaste, soy una estúpida. Ni llegué a leer lo que me pusiste :(

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    1. ¡Muchas gracias por tu comentario! No te preocupes, me gustó tanto tu poema que volví a comentarlo. ^_^ Gracias por leerme.

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  7. Tercer cuento que leo. Tercer cuento oscuro. ¿Todos serán así también? Muy bueno, me gustó.

    Saludos!

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    1. Gracias, Ramiro. :) Sospecho que cada uno de nosotros tiene un poquito de oscuridad en el corazón, y la enjaulamos elegantemente en nuestros relatos. :O ¡Saludos!

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  8. Más allá de la trama, que es tremenda, adoro tu estilo. La atmósfera es fantástica, tus metáforas son fantásticas, me encanta.

    Un abrazote

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    1. ¡Muchísimas gracias, Meli! ^_^ ¡Saludos y abrazotes para vos también! :D

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