lunes, 18 de abril de 2016

Caminando entre monjes y centauros



“Yo no sé si Dios existe,
pero si existe,
sé que no le va a molestar mi duda.”

Mario Benedetti



Podría decirse que todo comenzó hace ocho años, en el interior de una iglesia evangélica. A la edad de catorce decidí, por voluntad propia, enrolarme en las líneas de Dios bajo el estandarte pentecostal. Mantener el signo de mi fe no fue fácil, principalmente porque muchas de las personas que me defraudarían o lastimarían en el futuro cercano eran o decían ser cristianas. Mi alma está en manos de mi Hacedor, pero uno no puede hacer la vista gorda a ciertas cosas. Mi “traumática” experiencia con el cristianismo al que aún sigo aferrado ha sido crucial en el curso de mi vida.

No se asusten. No intentaré convencerlos de nada. En última instancia, es uno el que decide cómo y qué creer. No por ser cristiano soy perfecto. Esto es algo que dejo bien en claro desde el principio. No soy, ni creo ser, ejemplo de nada. Aunque mis allegados reivindiquen mis virtudes, no soy menos humano que vos. Además, me mandé una buena cantidad de insurrecciones, palabrotas y macanas. Y, como corresponde, cuando empiece a tocar el arpa, responderé ante Dios por cada una de ellas.

La fe cristiana es una espada de doble filo. Un puñal heredado de Europa, forjado con el hierro de la cultura judía, trabajado con el fuego del Imperio Romano, contaminado con elementos paganos y finalmente golpeado cada siglo por el martillo del tiempo. Mi Biblia, la Biblia que leo, es una sucesión infinita de traducciones, correcciones, omisiones, amplificaciones, rectificaciones, imprecisiones, descontextualizaciones de textos nacidos en manos que pertenecieron a hombres de otros tiempos, de otros lugares, de otras lenguas, de otras culturas.

Me resulta muy difícil pensar que Dios ama a alguien que no ha dejado de hacerle preguntas desde el momento en que lo conoció. Las ratas de biblioteca no han sido vistas con buenos ojos en el escritorio de Jesús durante muchos siglos. A Galileo y a Darwin no les había ido tan bien. Y algo dentro de mi corazón me decía que a mí tampoco me recibirían con los brazos abiertos si descubrían cuán intelectualoide podía ser.

Por esta razón me fue un poco difícil decidir que la carrera de Letras sería el próximo paso después de la secundaria. Mientras asistía a las reuniones de jóvenes de la iglesia, alternaba las parábolas de Jesús con los relatos de Stephen King, Edgar Allan Poe y Howard Phillip Lovecraft. En esta época, no sólo se acrecentó mi interés por los misterios del Reino de los Cielos, sino también mi fascinación por lo literario.

Ahora, lógicamente no podía entrar a la iglesia y decir: “¿A que no saben qué novela acabo de leer?” Descubrí, a simple vista, que a los jóvenes que conocí no les interesaba en profundidad la literatura, o la cultura, o la historia de la humanidad, o la filosofía occidental, o...

Bueno, no es necesario agregar mucho más a la lista de intereses no comunes. No estoy diciendo: “Los cristianos son ignorantes.” Eran, por sobre todas las cosas, chicos de barrio, sus preocupaciones eran más telúricas: salidas con amigos, partidos de fútbol, entretenimientos más... “normales”. No sé en qué momento de mi vida aprendí que la literatura no es un fenómeno normal. De alguna manera, leer mucho me convertía en alguien a-normal. Y si para encajar en cualquier ámbito social debía renunciar al acto de leer, entonces, me vería en la obligación de renunciar a una gran parte de mí. La única parte de mí que hasta entonces me gustaba.

Con toda honestidad puedo decir que tuve una muy buena infancia. Aunque de vez en cuando pongo en tela de juicio mis propios recuerdos. Me considero un narrador poco fiable: a veces exagero las desgracias más pequeñas y reduzco las tragedias más insoportables. No confío en mis propias palabras, y el lector tampoco debería hacerlo: porque de las palabras surgen los mitos y las mentiras. Pero, por otra parte, las palabras son el único recurso con el que cuento para contar una historia. Contemplo mi vida como si fuera una ficción que escribo con mi propia sangre; como en toda ficción, aunque esté hecha de algunos elementos que el lector no puede determinar si son en absoluto verdaderos –sentimientos, pensamientos, imágenes borrosas, metáforas dudosas, sensaciones, impresiones, etc–, lo que importa es lo que subyace bajo la piel de la narración misma. Un observador escéptico no necesita creer en la existencia de Caín y Abel para dilucidar que el tema del relato que protagonizan es la envidia. Opiniones marginales no es, de ninguna manera, biográfico; mis anécdotas no buscan lo verosímil, sino todo lo contrario, me esmero en hallar una pizca de fantasía en aquel rincón que todos llamamos pasado.

Una de las cosas que más me fascinan de las iglesias evangélicas es el ejercicio de la oratoria. El sermón como género discursivo. La palabra puesta en acción para decir algo. En este caso, revelar la voluntad de Dios a los hombres. El uso de la palabra es un don que en los seres humanos debería ser sagrado. Sin embargo, no sólo nuestra alma está corrompida, sino también nuestra lengua. Lamentablemente, la oratoria deviene en manipulación y demagogia; una tragedia que no sólo se revuelve en el pecho de toda religión, sino también en la política y en cualquier esfera de la actividad humana. El orador no trabaja al servicio del arte, sino que tuerce la lengua bajo el yugo de sus intereses. En vez de utilizar el poder de la palabra para inspirar a los hombres a ver mundos hermosos e historias ejemplares, fabricamos discursos de odio que censuran las voces de la tierra.

No hay odio en la literatura. En el sentido que el escritor, por amor al lenguaje, hace uso de la palabra con dedicación, esmero y compromiso. Está comprometido con la palabra. No habla por hablar, ni escribe por un odio definido hacia algo. Lo único que quiere es contar una historia. Un acto simple.

(Precisamente, es por esta razón que elegir la carrera de Letras me resultó bastante problemático: yo pienso que el discurso artístico toca las venas sensibles con más tacto y profundidad que el discurso autoritario; no obstante, en el contexto en el que me hallaba, imponer la ley es más importante que enseñar una fábula, aunque la fábula contenga una valiosa moraleja.)

Las palabras marcan. Las palabras son huellas en la superficie del espíritu humano. A lo largo de mi propio camino he oído palabras que condenaban las ciencias a las cuales dedicaba parte de mi tiempo a entender. Las palabras nacidas de la ignorancia son, por alguna razón, las más dolorosas de todas.

Entonces, me callé. A nadie le importa la literatura. Ni a mis padres, ni a mis hermanos, ni a mis amigos -si es que tenía alguno en aquellos días oscuros-, ni a mis compañeros, ni a los otros. Acá no se habla de eso. Julián, vos estás mal, no tiene por qué interesarte esta clase de cosas. Ni vampiros, ni monstruos, ni dragones, ni elfos, ni hadas. Ni el lenguaje. No. Pero hubo un millón de cosas en mi vida que me dieron el valor para decir sí. Un sí silencioso, un sí que era mejor que no conociera nadie. Porque la lectura es una actividad solitaria y silenciosa. Nadie sabe qué libros leo. ¡Ah, no, eso es diabólico! ¡Eso es sangriento, eso es maldito, eso es grotesco! Quemá mis libros, entonces. A mí ya me quemaste el alma con el prejuicio de tu mirada.

Así, paulatinamente, a parpadeos, surgió en mí el deseo de ser escritor. Mundos fantásticos, viajes interestelares, eventos sobrenaturales, pesadillas de ultratumba. Y mi lista de géneros sería mucho más extensa, pero, tropecé con algunas ocasionales barricadas que me impusieron la sensatez de la autocensura. Incluso en este blog.

Debido a un malentendido que no vale la pena detallar aquí, escribí una entrada como medida preventiva donde esclarecía que todo lo que existía en Opiniones marginales era ficción. Este incidente me demostró que la escritura tiene un efecto real sobre nuestras vidas. Pero también me mostró el crudo rostro de la censura: uno no puede escribir siempre lo que quiere. Esta situación me hizo sentir mal, contrariado, coartado en mi libertad de expresión e incluso amenazado. (¿Desde cuándo se me prohíbe expresar, aunque sea artísticamente, sentimientos de angustia, rabia o impotencia? ¿No soy yo humano? ¿No soy yo libre? Si la Verdad me ha hecho libre, entonces la Providencia me ha concedido la libertad, no sólo de pregonar lo bueno, sino también de describir lo malo que hay en mí y en mi humanidad. ¿No es la plenitud de la experiencia de las emociones humanas garantía de que gozamos, efectivamente, de libre albedrío? ¿O acaso debo renunciar, como los personajes de Un mundo feliz, a la sensibilidad humana para aspirar a una felicidad artificial e infinita?)

Es horrible que te obliguen a sonreír cuando no querés hacerlo. Por causa de esto no obligo a nadie a pensar lo que yo pienso, a sentir lo que yo siento, a decir lo que yo digo, a hacer lo que yo hago. El libre albedrío es sagrado. Yo jamás coartaré la libertad de ningún ser humano.

En vez de desanimarme, esta experiencia me incitó a ser cada vez más transgresor y a buscar nuevas formas de expresión. A perfeccionar la retórica del que no puede decir nada. A contar las cartas debajo de la mesa y a aprender las triquiñuelas del oficio.

También aprendí a ser hipócrita: a desconfiar de las almas que serían capaces de darme una puñalada por pensar diferente en al menos una sola idea, a disimular mis ambiciones bajo una lámina de gentil condescendencia, a callar mi voz en discusiones inútiles y a mantener distancia de los devoradores de risas. Si alguien es capaz de quemar o censurar un libro, también será capaz de quemar o censurar a un hombre. Con esta vara mido mis pasos y mis conversaciones. Pero no siempre puedo estar alerta: a veces me cansó de mi propia paranoia y bajo la guardia.

Mi villano favorito, Beatty, es un bombero que quema libros en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Este bombero conoce los libros que las autoridades le ordenan destruir. Y aún así, está del lado del gobierno. Él conoce lo que la ley prohíbe, él comprende las palabras que serán borradas por el fuego. Como en el cuento de Kafka, es el Guardián de la Ley: él la conoce, pero también la censura. La última escena en la que él está presente me estremeció; en cierto modo, me siento más identificado con Beatty que con Montag. Beatty sabe cuál es su función dentro de esta sociedad que abomina los libros, y sabe cómo deben terminar las cosas. Sabe, en última instancia, quién ganará esta interminable batalla, y hace lo que hace porque lo entiende a la perfección.

Retomando un poco el hilo de lo que estaba diciendo, la literatura me permitió dar forma a mis infinitos pensamientos. Si nadie podría comprender lo que salía de mi boca, entonces, sería capaz de ponerlo en el papel. En forma de versos, de historias, de anécdotas, de reflexiones. Y si yo estaba equivocado, sólo el lector lo sabría.

Mis primeras palabras nacieron de la incomprensión y de la soledad. Con el tiempo, el arte y la fe hallaron su equilibrio en mí. Asistí durante tres años a un taller literario en Merlo. Desarrollé mi creatividad, mi talento y mi imaginación. Que los otros me leyeran no suscitaba en mí mucha preocupación. La literatura, en este sentido, no fue ninguna vía de escape para mí. Porque descubrí que no podía escapar de mi propia naturaleza literaria, aunque mi imaginación se fundara en la locura y en la sinrazón que heredé de este pequeño mundo. Comprendí que mi destino, si acaso podía creer en este término erosionado de usos, era el entendimiento de mi lengua.

Yo solo tengo una lengua, la única lengua que tengo para hablar con el otro. Si puedo comprender en profundidad la oscuridad de mi propio lenguaje, entonces seré capaz de expresar la más turbia de mis ideas con la mayor de las claridades.

En la charla de booktubers a la que asistí en la Fantasticon de este año, me conmovió que se “juzgara” a los jóvenes por leer. Comprendo, como pocos, el peso de este (pre)juicio. Podemos crear cosas extrañas y maravillosas; dadme palabras y moveré mundos. En esto radica la gracia de un escritor, en el milagro de las palabras.

A pesar de todo lo que he contado, cuando los miembros de la iglesia en la que aún concurro se enteraron que entraría a la universidad, me felicitaron, me animaron a seguir adelante, me celebraron. Estoy seguro de que ninguno de ellos leyó algo de mí: no estaban congratulando al yo escritor, sino al yo real de-carne-y-hueso. ¿Y si conocieran al yo escritor, al yo poeta?

¿Qué importa más: lo que los otros creen que soy o lo que soy? ¿En qué medida esto afectará lo que nos rodea? Si Dios está en Su Cielo y todo está bien con el mundo: ¿cuál es el problema? Si la literatura es la forma de tu felicidad, ¿por qué no escribir? ¿Por qué no leer? ¿Por qué no dedicarte a esto?

Hice a un lado mis miedos, entendí que mis sueños no eran monstruosos y me prometí seguir con los estudios. Si puedo hacer feliz a una persona con mis palabras, si puedo tocar su corazón tan sólo con la fuerza de un relato, entonces todo el sacrificio de quienes me amaron y el esfuerzo por preservar mi vida no habrán sido vanos.

Soy el vástago de un pueblo hecho de muchos pueblos; una gota de sangre hecha de muchas sangres: un argentino cuyo apellido significa encuentro. Heredero de una lengua que perteneció a los invasores de América, a los asesinos de la tierra, a los inquisidores del continente. Mi ambición es empuñar esta misma lengua para agradar a mi Dios y deleitar a los hombres; desnudar lo oculto y abrigar lo descubierto, enfermar lo lozano y sanar lo yermo. Describir jubilosamente la interplanetaria conquista de Urano y el país de los apacibles faunos; enumerar amores rotos, aventuras, romances, epopeyas, llenas de sombras y de villanos desatados.

Caminando entre monjes y centauros, sé que las letras son mi oficio. Cumplo, en la plenitud de mi locura, este destino. Juzguen los hombres mis obras, que Dios juzgará la sustancia de lo que he sido. ¡Y que sea el Cielo redentor el que castigue, si en verdad el atroz azote merezco, la luz de mi locura y el fulgor de mi delirio!



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