jueves, 7 de abril de 2016

Como un Patronus en las sombras dementoras



Escribir es respirar otros mundos. La escritura, como el aliento, es imposible de contener. Es la sangre del alma de los poetas.

No todos los hombres escriben. Si el orbe se llenara de pronto con novelistas, los bosques de todos los continentes desaparecerían, no habría lugar para el progreso y nos ahogaríamos en palabras. Cortázar parodia esta posibilidad en El fin del mundo del fin: una realidad tan llena de libros que nadie los lee.

Salomón razonó que no hay fin de hacer muchos libros (Eclesiastés 12.12) porque el estudio es fatiga de la carne. Siglos más tarde, Saulo de Tarso advierte a los corintios que un cuerpo no está compuesto por un solo miembro, sino por muchos; la analogía es tan válida para los hombres de fe como para los hombres de letras. La literatura no conoce un estado puro y se resiste a toda posibilidad de ser condensada en una fórmula.

Los poetas escriben desde el ritmo y la libertad; los novelistas, desde la necesidad de un orden; los que reseñan, oficio de reputación ennoblecida en los últimos años, exhiben como nigromantes las vísceras de los libros para adivinar las líneas del destino. Reconocer esta heterogeneidad de géneros discursivos nos ahorra la vana discusión de cuál es la varita mágica más poderosa del mundo. Porque la magia no corre en la varita, sino en el mago. Es el ser transportado al hechizo, la humanidad que se arroja al abismo de las palabras.

La literatura es multiforme y reparte a cada quien sus dones en su justa medida. Unos escriben grandes reseñas, otros escriben grandes novelas, algunos escriben grandes poesías. Si todos estos ríos provienen del manantial del lenguaje, ¿por qué discriminar? ¿Por qué establecer líneas di(scriminato)visorias entre unos géneros y otros? ¿Por qué fijar un rango de superioridad o inferioridad respecto al otro?

Cada quien escribe la forma de su propia felicidad. Sea en forma de ensayo, de cuento o de poesía. De todas las metáforas virtuosas que han salido de la pluma de Rowling, ninguna tan poderosa como el patronus: un artificio único que nace del recuerdo más feliz del hombre. Una obra humana cuya luz se ensancha en las gélidas tinieblas.

2 comentarios:

  1. Me encantan este tipo de entradas! Ya no tengo tanto tiempo como antes para visitar a todos los blogs, pero nunca falta el tuyo porque me fascina la manera en la que escribes!
    Saludos ^^

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    1. ¡Aww, muchísimas gracias, Flor! Saludos para vos también. :D

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