lunes, 25 de abril de 2016

El nacimiento de un clásico



“Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.”

Jorge Luis Borges



¿Cómo se construye una obra clásica? O, en otras palabras, ¿quién construye una obra clásica? ¿Qué requisitos debe aunar un texto para ser considerado un clásico? ¿Basta con que un texto se mantenga vigente a lo largo de los siglos o son las instituciones contemporáneas las que determinan estas consideraciones? Aunque profeso un amor honesto por las palabras, es esta pasión la que me incita a arremeter contra las estructuras dadas y cuestionarlas. Don Quijote embistió los molinos de viento creyendo que eran gigantes casi incólumes; el proyecto de mi escritura es arrojar un áspid que mordisquee el talón de los titanes.

Lo que pretendo decir no es nada nuevo, sino que es algo que muchos críticos literarios han trabajado a lo largo de décadas. Me parece que alguien tiene que meterse con lo clásico, con la idea de canon, con lo que debe y no debe ser leído. Para mí, lo clásico no existe. Hay obras famosas, obras conocidas, obras célebres. Pero, ¿qué balanza mide el peso de una novela para determinar si es o no clásica? ¿Qué jurado dictamina la calidad de un texto clásico? Lo primordial es preguntarnos cuál es la función de la existencia de una obra clásica dentro del sistema literario.

¿Por qué todos debemos leer tal o cual libro? ¿Por qué soy menos literario al no leer las obras clásicas si la literatura es una estructura que se reconfigura a lo largo del tiempo? Lo que es clásico durante un tiempo puede ser desplazado hacia las fauces de un género marginal o, a la inversa, la piedra desechada puede convertirse en una pieza fundamental del rompecabezas del siglo. La naranja mecánica, por ejemplo, ha sido una novela salpicada de controversia que se abrió pasó entre la cultura occidental hasta ocupar una categoría privilegiada en nuestro mapa de constelaciones literarias. ¿Por qué leer La naranja mecánica? ¿Por qué es un clásico?

Una obra clásica contiene procedimientos literarios que nos permiten comprender la evolución literaria y la constitución del resto de las obras de uno o varios géneros. Reutilizando el ejemplo de La naranja mecánica como clásico, este libro se caracteriza por presentar numerosos juegos de palabras y experimentaciones lingüísticas; el conocimiento de este recurso nos permite abordar novelas con estructuras más complejas o incluso otros clásicos. 1984 de Orwell también se caracteriza por la exhibición de un lenguaje artificioso: la neolengua versus el nadsat, el drugo Alex contra el camarada Smith, lo joroschó con lo plusbueno.

El problema de lo clásico, sin embargo, es más complejo. Aquí no puedo rendir cuenta de todas las operaciones históricas, culturales y sociales que posibilitan la constitución de un canon literario. Fíjese, incluso, que hasta mis ejemplos son más huidizos: podríamos hablar de Drácula, de Moby Dick, de Don Segundo Sombra, de Shakespeare, de Homero.

No obstante, mi propósito es instalar una posibilidad de crítica respecto a la idea de obras clásicas. Si una novela no puede ser discutida, analizada o criticada, entonces, es estéril. Es un texto que se sostiene en la superficialidad de las palabras. Lo que en cierto modo los sectores intransigentes reprochan a la literatura juvenil, algo con lo que no estoy de acuerdo. Transparencia no es superficialidad. Simplicidad no es simplonería. Si la crítica sólo se detiene en la envergadura léxica o el virtuosismo idiomático de una obra, entonces, muchas novelas emblemáticas saltarían fuera del canon. Los versos de Hernández estarían sepultados por toneladas de silencio en la articulación de una rima gauchesca.

Además, todo clásico, alguna vez, fue moderno en su época. ¿Quién sabe si dentro de dos siglos los libros que hoy menospreciamos se transforman en las lecturas distinguidas del futuro? En la literatura nadie tiene la última palabra.

La obra clásica no necesariamente goza de una escritura jeroglífica. Tal es el caso de El principito, que no escapa a su rotulación como relato infantil pero en cuya lectura se deleitan grandes y chicos. Una historia que en su simplicidad sintáctica presenta una profunda dimensión humana en muchos niveles: simbólicos, metafóricos, alegóricos, morales, didácticos, etc.

Entonces, ¿cómo se escribe un clásico? ¿Cómo debe ser un clásico? Mi insistencia en estas futilidades literarias no tiene respuesta. El panteón de clásicos no corre por cuenta de los gustos populares, sino que hay muchas manos metidas dentro de la olla. Desde el mercado editorial y la sociedad lectora hasta la crítica literaria y las instituciones académicas o políticas. El nacimiento de un clásico es un parto interminable que nunca acaba: quien agoniza es la literatura lacerada por la cesárea que ejercita el ángel de la historia. Hay clásicos que dejan de ser clásicos, clásicos que lo siguen siendo y textos que prometen ser clásicos a corto plazo.

En esta época donde la noción de best seller ha destronado a lo clásico, hay que preguntarse realmente si lo clásico sigue existiendo como tal. Con qué previo fervor leemos Shakespeare o Borges o García Márquez o Aristófanes o Moliére o Kafka. Por qué estas personalidades históricas son tan importantes dentro de la literatura. En qué medida sus obras suministran a los lectores de hoy herramientas para acceder a las bibliotecas de nuestro mundo. Lo equívoco es imponer una obligatoriedad en la literatura. Porque cada quien elige sus clásicos. Cada quien les otorga sus atributos y funciones. Peco de no haber leído a Collins, a Coelho, a Murakami, a Faulkner, a Víctor Hugo, a Stendhal y a Goethe. Lo que no me impide opinar sobre literatura. Prefiero pensar que los clásicos son puntos de referencia para los peregrinos de papel. Estrellas de tinta que guían al lector en la vasta trama celeste. Sugerencias, invitaciones, flechas de colores. Escriba las metáforas que faltan. Los clásicos, clásicos son. No leerlos no es un crimen; pero leerlos, con toda la ternura y la paciencia que el acto implica, es sin lugar a dudas un minucioso arte.

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