viernes, 13 de mayo de 2016

El lobezno lugarteniente del buen gusto



La Feria del Libro no es solamente un evento cultural de proporciones épicas, sino también una cornucopia de polémicas servidas en bandeja de plata que nos permiten repensar las dimensiones de la esfera literaria en este laberinto llamado sociedad. Una de las principales controversias que atacó la médula espinal de la discusión contemporánea es la fuerte presencia de youtubers entre stand y stand, excéntricas personalidades de la escena digital cuyos libros irrumpieron en la jungla editorial. Germán Garmendia, el Ozymandias chileno de YouTube, repartió libros y autografías a diestra y a siniestra, aunque algunos observadores críticos subrayan las restrictivas condiciones en las que realizó sus presentaciones en la FILBA; análogamente, Dross Rozantnik, con su archipromocionado libro Luna de Plutón, que supone su más altisonante y mediática irrupción en el circuito de las ficciones, también atrajo las miradas de un auditorio adolescente.


A mí no me mueve ni me conmueve que las manos repten de las computadoras a las librerías; en términos históricos, la experiencia artística ha mantenido un matrimonio, a veces conflictivo, a veces conciliador, con lo que cierto pensador llamado Walter Benjamin llamó la reproductibilidad técnica, es decir, los dispositivos de reproducción de objetos de valor estético. La humanidad ha jugado y sigue jugando una rayuela de formatos, desde el papiro y el pergamino hasta la imprenta de Gutenberg, la impresión electrónica, el blog y el e-book.

Quienes tienen acceso a los mecanismos de producción, transmisión y difusión de información, indiscutiblemente participan del juego de la oca con la ventaja de los dados cargados: ahora, uno, como Moisés, aprende a disgregar aguas, a separar ríos, a discernir los tantos. Uno puede cuestionar el valor estético de Chupa un perro o Luna de Plutón. En el Norte, donde la crítica literaria es bastante conservadora, la ciencia ficción y el género policial era el arte de los nadies, los miserables, los ninguneados. ¿Escribís ciencia ficción? Listo, te echan a patadas del canon, olvidate del Premio Nobel. Respecto a este último pormenor, hubo una polémica, allá en el 2007, que un español llamado Manuel Alfonseca registró agudamente en su artículo El cristianismo en la literatura de fantasía y ciencia-ficción: Doris Lessing, renombrada autora de ciencia ficción, gana el Nobel. Cierto grupúsculo de intelectualoides pedantes y otros no tanto se ensañaron gratuitamente con Lessing. ¡Ah, claro! Porque los autores de ciencia ficción sólo pueden quedarse con el Hugo y el Nébula, ¿no?

La literatura es un concierto abierto para todo el público. Entrada libre y gratuita. Pero el que quiere llegar al escenario se tatúa a flor de piel las palabras de Churchill: sangre, sudor y lágrimas. Hay otros que prefieren apañárselas con covers y sencillos, sin pretensiones ampulosas. Y, como en todo recital de la vida, nunca falta el que vende choripanes y gaseosas.

A lo que voy es que el libro de Garmendia no me movió un pelo. Los youtubers no son terroristas del lenguaje o iconoclastas que escupen sobre la tumba de Rimbaud. Ellos no vienen a saquear los consagrados mausoleos de papel ni a usurpar el pedestal de los novelistas laureados. Ellos escriben. Lo que escriban lo juzgará su público. Y el Ángel de la Historia, tal vez. Como la máscara de Rorschach: blanco y negro, sin grises, dos líneas paralelas que no se tocan.

Dentro de cada uno de nosotros, aunque lo neguemos a muerte, hay un eterno forcejeo entre el inquisidor y el librepensador: momentos de rabia en los que reprimimos las ganas de gritar cada vez que nombran a un autor que no te gusta aunque a todos les parezca la reencarnación de William Shakespeare, y momentos de moderación y cordura donde contemplamos a la literatura como una mesa donde los ricos y los pobres pueden echar mano de las palabras que hay en los platos de la lengua.

Tal como la Escritura lo asevera: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer...” (Gal. 3.28). Si ante Dios somos todos iguales, la Literatura, que en su multiplicidad de manifestaciones genéricas se ha hecho todo para todos (1 Corintios 9.22), a imagen y semejanza de Dios, por la naturaleza de su propia estructura abierta y desjerarquizada, no puede prohibir el paso a aquel que quiera publicar un libro en su seno.

Porque si prohibimos, si reprobamos, si tapamos la boca del león, si le ponemos bozal al perro que ladra por no maullar, estamos a un pasito de la censura, del ansia de poder, de las ganas de transformar nuestro gusto personal en institución absoluta.

Estoy delirando, sí, ponele, pero estoy delirando a propósito. No es muy desatinado pensar que este repelús al youtuber está relacionado con el ansia de poder. ¿Cómo puede ser que un adolescente que graba videos se transforme a corto plazo en una personalidad tan influyente de esta generación? Ah, pero encima publicó un libro, mirá vos. ¿Con qué necesidá, che?


Pero, yo les digo, creanmé, aunque parezca que estoy parafraseando a Foucault, es el ansia de poder, es la impotencia del hombre común ante el crecimiento exponencial de las redes sociales. Es el poder que ejerce el medio lo que nos asusta. Nosotros, los detectives chapados a la antigua, envidiamos a los que saben nadar en este océano de información. La computadora toca el alma del chico con una precisión más aguda que el filo de nuestras propias palabras en la vida cotidiana. Si queréis entender estos misterios, sed como niños, porque de los tales es el imperio de cristal líquido.

Entonces, allá tú con tu becerro de oro, venéralo si te hace feliz, y comercia libremente tus terafines, que los jueces están muertos. Aunque el lobezno lugarteniente del buen gusto aúlle dentro de nosotros, bebamos el nepente de la tolerancia y que el mundo literario se reacomode los huesos en el hospital del tiempo. ¡Salud, hermanos del destino!

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