domingo, 1 de mayo de 2016

Reseña: “El hombre terminal”, de Michael Crichton






Me parece
–continuó Manon–
que el paciente
es un psicópata.







La prosa de Crichton me produce sentimientos encontrados. Por una parte, un estilo exquisito, sobrio, realista, contemporáneo, rico en detalles, sintácticamente perfecto, comprometido con la historia que se propone contar. Por otra parte, una narración que sobreabunda en terminologías académicas, explicaciones casi bibliográficas, personajes tan serios como sus profesiones y largos párrafos donde lo poético se sacrifica a favor de la verosimilitud y la exactitud científica.

El padre de Parque Jurásico es un sobresaliente divulgador del conocimiento que vio en la literatura un mecanismo de desmitificación de la pseudociencia. Crichton no es poeta, es un médico que escribe: la mía es una comparación pretenciosa, pero Michael Crichton es el Stephen King de la ciencia ficción dura norteamericana y el fundador del tecnothriller. Sus libros han sido best sellers, han merecido adaptaciones cinematográficas y/o televisivas. Crichton es, de hecho, la mente creadora detrás de la famosa serie de televisión ER: emergencias, el emblema del género de las historias de hospital. Con esta presentación análoga a la de una estrella de la farándula, uno puede esperar que la pluma de Crichton esté a la altura de su propia fama.

Sin embargo, eso no fue lo que me produjo El hombre terminal, una novela que aborda uno de los temas más controversiales de la historia de la medicina moderna: el control de la mente humana. Las propuestas de Crichton se resisten a toda simplificación: él preferiría hablar, no de control mental, sino de la utilización de dispositivos electrónicos para el tratamiento de trastornos neurológicos. Se trata de un autor muy detallista al que le gusta tener las cosas claras y sabe de lo que está escribiendo.




El personaje que le da cuerda al libro y el que ocupa el lugar antagónico es Harold Benson, un paciente con epilepsia psicomotora que ha agredido inconscientemente a algunas personas mientras sufría sus «ataques». Benson es el candidato perfecto para ser sometido a una operación quirúrgica especial denominada Etapa Tres: insertarán un ordenador en su sistema nervioso que detendrá los ataques epilépticos con pequeñas descargas eléctricas controladas en el cerebro.

La operación parece ser un éxito... Hasta que Benson se escapa del hospital. Para empeorar las cosas, la computadora que debería controlar los ataques del paciente no está funcionando como debería funcionar. ¿Esto podría ser peor? Sí: el dispositivo es radiactivo.

Benson se transforma en una bomba humana ambulante con instintos asesinos y unos gramos de plutonio en la nuca. Un villano desquiciado con el paquete completo. ¿Qué más se puede pedir?

Crichton tiene en sus manos un antagonista digno de ser trabajado hasta su máximo grado de malevolencia. Sin embargo, el tratamiento literario que realiza sobre Benson es estéril y mediocre. Se limita a indicarnos que, además de epiléptico, presenta tendencias psicóticas y paranoicas. Un par de salpicaduras de sangre, algunos episodios violentos. Nada más.

Benson no es otra cosa que un niño grande con un arma en la mano.

El resto del elenco, integrado mayoritariamente por el equipo médico que efectúa o supervisa la operación, desempeña sus papeles como actores que llevan a cabo una obra de Shakespeare de mala gana. Cada miembro tiene su carácter, su personalidad, sus hábitos, sus roces y sus defectos. En primer lugar está Janet Ross, la «única-chica-en-un-grupo-de-hombres»; Ellis, un cirujano arrogante, rengo y pelón; Morris, el médico de pelo largo que sale con algunas mujeres de vez en cuando y juega al tenis al salir del trabajo; y McPherson, que encabeza el equipo de investigación de Neuropsicología. Dispuesto de esta manera, parece un episodio de House M. D. mezclado con La ley y el orden.

Pero los mejores personajes que aparecen en la novela y los que merecían robarse buenas escenas son los mellizos «nigromantes», Gerhard y Richard, los especialistas en electrónica del hospital y los diseñadores del dispositivo que inhibe los ataques epilépticos de Benson. (Por alguna extraña razón, me recordaron a los «gemelos» alienígenas de Hombres de negro.) Sin G&R, el proyecto Etapa Tres no existiría, pero la narración los relega a un segundo plano.

En esta novela, que transcurre en un hospital de Los Ángeles en 1971, se entremezclan dos disciplinas diferentes: la neurología y la electrónica. El punto de contacto entre ambas es el tratamiento de las enfermedades neurológicas, lo que deriva en la creación de un hombre terminal. Es decir, un hombre que tiene dos cerebros: uno natural y el otro artificial (en este caso, el ordenador que «controla» la mente de Benson). Crichton se distancia en más de una ocasión del curso de los acontecimientos para mostrarnos la dimensión de los hechos y sumergirnos en concienzudas reflexiones acerca de la influencia de la tecnología sobre la medicina, la biología y la existencia humana. Las cuestiones que analiza están más ligadas a la bioética que a la filosofía.

La tecnología puede salvar vidas, pero, ¿a qué precio? ¿Estarías dispuesto a someterte a una operación que te permitiría vivir una vida «normal» a costa de que introduzcan en tu cuerpo una inteligencia artificial con el poder de controlar tus impulsos nerviosos? Contemplado desde esta perspectiva, este es un asunto delicado. No es una discusión acerca del botox: es la posibilidad real de estabilizar, ya que no curar, una enfermedad que durante siglos ha afectado a los hombres de todo el mundo. El éxito de la cirugía de Benson es relevante porque él es la prueba viviente de que la epilepsia puede ser tratada, permitiendo que miles de personas a largo plazo tengan la chance de vivir una vida nueva gracias a la medicina y a la tecnología. Justamente, uno de los dilemas de la novela es que Benson, a pesar de considerarse un individuo peligroso, a la vez es uno de los mayores avances científicos del siglo XX.

El problema es que Benson ve el vaso medio vacío: considera el hecho de que le metan un ordenador en la cabeza como una victoria más del mundo electrónico sobre la voluntad humana en la vertiginosa guerra de los hombres contra las máquinas. Nuestro villano es especialista en informática y a la vez un paranoico obsesionado con el Día del Juicio Final que aborrece hasta los microondas y los lavaplatos. ¿Qué es lo que intenta mostrar Crichton en esta paradoja? Tal vez es una ventana simbólica a una generación que se ha vuelto más práctica en el uso de aparatos tecnológicos pero que se siente impotente ante una guerra a escala global –el fantasma de la Guerra Fría recorre la espina dorsal de los ‘70 bajo la piel de los años y Estados Unidos camina derechito hacia la globalización–. El libro comienza con dos citas e incluye un prólogo con una breve cronología acerca de la historia de la terapia de la epilepsia psicomotora. La novela está dividida en cinco partes y culmina con un epílogo donde enumera la bibliografía que el autor recorrió para escribir los detalles más verosímiles del relato.




La verdadera acción arranca a partir de la mitad del libro; las primeras páginas nos introducen en la atmósfera laboral del hospital, los problemas de la neurociencia, los pormenores tecnológicos. Si algo se le puede reprochar a Crichton, es lo siguiente: muchos detalles, poca acción.

Yo me fumé una conferencia de prensa con la esperanza del advenimiento de un thriller que me congelaría la sangre. En este sentido, al carecer Crichton de tacto poético, el autor falla: es como un vendedor de naranjas que espera a que le compren las frutas porque tiene vitamina C. A mí no me interesan los problemas de la mente humana a menos que me sirvan para comprender qué le sucede a Benson. Todos los elementos de la novela tienen que estar al servicio de la trama.

Nunca creí en la existencia de los finales malos hasta que leí este libro. Cuando di vuelta la página, todo estaba en blanco. “¿Me estás cargando? ¿Así termina?” Sí, así termina. Un final mediocre, insípido, desabrido. Un poco abierto para mi gusto, quizás. Dejó muchas cosas sin terminar.

Aún así, ¿cuáles son los aspectos positivos de El hombre terminal? Ante todo, un alto grado de verosimilitud que nos demuestra que dedicarse a la ciencia ficción dura en tiempos modernos no solo es posible sino también viable. Las premisas más ambiciosas de este autor, como lo fue Parque Jurásico, siempre tienen una fuerte argumentación científica. Crichton no arroja los dados cuando se trata de escribir libros. Asimismo, su capacidad para introducir reflexiones comprometidas y describir los ambientes de las historias son aspectos que vale la pena tener en cuenta a pesar de los enrevesados tecnicismos y las escenas artificiosas.

Entonces, ¿qué hacemos con Crichton? ¿Leerlo o no leerlo? Leerlo, por supuesto. Pero no con la vara en alto. Porque puede provocarnos más de una desilusión. El hombre terminal promete miedo, thriller y suspenso; ignoren estas advertencias y léanlo sin inscribirse a ningún paradigma previo. Porque Crichton es un buen novelista, un buen médico y un buen profesor; pero así como a un hombre no le alcanza solamente con ser un tipo decente para conmover el corazón de su esposa, la técnica literaria no basta para escribir una buena novela.

He dicho.



2 comentarios:

  1. wow, que portada la primera, me he enamorado. La verdad es que no lo conocia pero cuando me haga una escapada a la libreria preguntare por el. Ojala no este tan caro!

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    1. Hola, Cece. De hecho, 'El hombre terminal' lo podés encontrar en las librerías a un precio muy accesible. Seguramente lo conseguirás. :D Gracias por comentar. ¡Saludos!

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