domingo, 19 de junio de 2016

“Nada de cosas chinas”: mi relación con la literatura durante el Bloqueo Oriental (2007-2011)



He aquí, por ejemplo, las montañas,
simples y hermosas, en tenues grises, ocres,
algún verde en el que no confiamos,
porque el verde es el color de las alucinaciones.

César Aira. Una novela china.




En mi casa, si bien tenía acceso tanto a algunos cuentos infantiles como a mi inocente e incompleta Colección de Grandes Aventuras de Genios, se produjo una especie de Bloqueo Oriental que se extendió entre el 2007 y el 2011. Durante este período, a mis hermanos y a mí se nos prohibió terminantemente acceder a cualquier manifestación artística relacionada con el anime o el manga. Eran tiempos donde conocí preadolescentes que aseveraban que Los Pitufos o Dragon Ball Z tenían mensajes satánicos. Hay mentiras que se vuelven mitos, y los mitos son muy fáciles de digerir. Y aunque las nuevas tecnologías de información y comunicación han constituido un gran beneficio para la humanidad, lo cierto es que Internet está lleno de teorías conspiratorias, noticias bizarras, supuestos mensajes subliminales en las canciones de Ricky Martin e imágenes de criaturas genéticamente alteradas por la experimentación científica.

Con el correr de los años, a medida que han adquirido ciertas nociones básicas de lo que verdaderamente circula en la red, mis padres han asumido una postura menos intransigente; además, no puedo echarles la culpa por intentar criarnos de la mejor manera posible en tiempos tan difíciles como aquellos, donde la división entre un niño y un violador se halla a un clic de distancia y la falta de diálogo en la familia cedía demasiado terreno a fenómenos que hoy tienen nombre: bullying, grooming, etc.

En este ambiente, perdí contacto tanto con la influencia oriental como con el fenómeno que se estaba gestando en torno a la figura de Harry Potter, entre otras cosas. Por supuesto, de vez en cuando mirábamos las películas cada vez que las sintonizábamos, pero a diferencia de muchos, Harry Potter no significó ni pudo significar nada para mí. Eran buenas pelis, una ficción elegantemente elaborada. Pero nada más. Sencillamente, no pude darle la oportunidad que se merecía en su momento. Ahora le doy una valoración muy distinta a la que gran parte de mi generación le otorga.

No obstante, le pude sacar partido al Bloqueo Oriental que se perpetuó en mi hogar durante casi un lustro, porque me dio tiempo de explorar mi biblioteca. Fue en esta etapa de mi vida que tropecé con Borges y desde aquel momento no lo pude dejar. Como mi mamá había dicho “Nada de cosas chinas en esta casa”, y Borges no era chino, lo leí. (En todo caso, la prohibición casera libraba una guerra sin cuartel contra la cultura japonesa, y no china, pero en lo que respecta al B. O., poco importaba diferenciar lo chino de lo japonés.)

Leer te abre puertas a otros mundos. Leer de forma diferente te brinda perspectivas diferentes acerca de algo que muchos ya han leído con anterioridad y lo dan por sabido. Pero del otro lado de la puerta casi siempre estás solo. Leía Poe, leía Lovecraft, leía King, leía Bradbury, leía Orwell. “Nada de cosas chinas” dictaba el Bloqueo, pero yo no estaba rompiendo las reglas porque las historias que leía eran de autores norteamericanos e ingleses. Borges, hasta ese momento, era el único argentino de mi selección. Leía mundos enteros y sin embargo no podía compartirlos porque mis historias estaban llenas de monstruos y de dioses y de bestias y de sangre y de muerte.

Durante mucho tiempo crecí con el paradigma de “Los jóvenes no leen”. Un paradigma que la nueva generación de bloggers, booktubers y bookstagramers quiere romper a martillazos. Aunque algunos no los tomen en serio. Yo los valoro profundamente, aunque no les llene sus páginas de comentarios ni nada por el estilo. Porque ellos están rompiendo con un mito con el cual tuve que crecer. Un adolescente que lee es una cosa rara, una falla en el sistema, una célula mutante en el tejido del sentido común. Ellos ponen los libros sobre la mesa, y de pronto uno descubre que la literatura no es algo que sólo pertenece a los autores internacionales y a los intelectuales de este siglo. La literatura puede formar y forma parte de nuestra vida cotidiana. Eso sí, para aquellos que tengan la posibilidad de disfrutarla.

En toda familia siempre hay una tía esotérica que mira de reojo a Harry Potter y piensa que los niños “deberían” leer otra cosa. Muy a mi pesar, en algunas ocasiones he oficiado como abogado del diablo en defensa de Rowling, ante personas que han merecido mi más sincero respeto y admiración pero que se oponían rotundamente a esa clase de literatura. Porque creo en el derecho de los hombres a acceder a la cultura a través del lenguaje. Aunque en lo personal la saga de Harry Potter ni me gustó ni me disgustó, toda una generación de niños y jóvenes a nivel mundial pudo acceder al mundo literario a través de una historia rica en personajes, procedimientos, intertextualidades, significados, moralejas, etc.

Debo reconocer, a pesar de lo que he dicho, que el Bloqueo Oriental me acercó mucho más a la cultura occidental a la que yo estaba dando la espalda. Esto alimentó mi interés por la literatura desde un ángulo que yo no esperaba. Le dije adiós a Naruto, en una época donde todos lo comentaban y lo veían y lo seguían; mientras tanto, yo observaba desde la comodidad de mi escritorio el genocidio marciano en las letras de Bradbury y la sorprendente transformación de Míster Jekyll en los párrafos de Stevenson. No fui por los peces gordos: ni por Shakespeare, ni por Austen, ni por Julio Verne. Disfruté la literatura a mi manera y no me arrepiento. He trazado mi propio camino, he leído los libros que siempre me han interesado. E incluso creció en mí el anhelo de escribir.

Si a mi mamá no se le hubiese ocurrido la idea de privarme del derecho de ver anime, yo jamás hubiera tocado a Borges, y nosotros, vos y yo, nos hubiésemos desencontrado.

Por esta razón no me considero un blogger con todas las letras. Principalmente, porque hay muchos blogueros que dedican mucho tiempo al arte de la reseña, y algunos son verdaderos maestros en el género.

En estos tiempos delicados donde sangran los bolsillos, los bloggers me facilitan mucho conocer de antemano qué es lo que voy a ver en una librería y lo que no compraré aunque lo deseara con todas mis fuerzas. Una comunidad juvenil digital me brinda un mapa del panorama literario contemporáneo. Tienen una manera de vivir la literatura. Yo difiero en algunos aspectos de ellos, pero porque, justamente, las marcas del Bloqueo están allí: raras veces me vuelvo fanático de algo, soy el lector chapado a la antigua, que se deleita en el silencio y en la oscuridad, el lector que construye su biblioteca a modo de hormiga, un libro a la vez, cada quince días o cada mes.

Pero algo que aprecio de todos ellos es que quieren romper el paradigma. Acá, en cierto modo, el dilema está solidificado, coagulado. Pero el hielo se rompe. Ustedes lo están haciendo.

Sigan leyendo. Mantengan vivo el fuego de la literatura dentro de sus almas. Perpetúen el don que hay en ustedes. Seamos respetuosos y cultos, no para demostrar superioridad mental sobre los otros, sino para disfrutar juntos y en armonía el placer de las palabras.

Porque todos, tarde o temprano, leemos o hacemos de nuestra vida una novela china.

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