lunes, 13 de junio de 2016

Reseña: “Final del juego”, de Julio Cortázar






Vas a ver que desde mañana se acaba el juego.













Si quieren comenzar a leer Cortázar, por favor, no lean este libro y compre Historia de cronopios y de famas. Si ha leído a Cortázar previamente, continúe. Mi relación literaria con este escritor es apasionada y conflictiva: he abominado de Rayuela y de 62/Modelo para armar, pero he admirado fervorosamente muchos de sus cuentos. Final del juego es un libro entre dos fuegos, una colección que no deslumbró por la ejecución de sus relatos pero que sin embargo me ha conmovido con más de una sorpresa.

Final del juego arranca con Continuidad de los parques, uno de los relatos más célebres de Cortázar, pero poco a poco el resto de la antología va perdiendo fuerza, salvo por alguna que otra excepción, y la lectura sufre unos cuántos altibajos.




Hay cuentos que son verdaderamente confusos para los lectores desprevenidos (No se culpe a nadie, El río, Los amigos, Relato con un fondo de agua), otros que rezuman de una excentricidad algo pretenciosa e innecesaria pero que funcionan en la simplicidad de su ejecución (La puerta condenada, Las Ménades, La banda) y uno que, a mi juicio, es una pieza raramente repugnante, anómala y extravagante: El ídolo de las Cícladas.

El que sabe cómo viene la mano en las obras de Cortázar disfrutará de sus narraciones oníricas, sus metáforas intrincadas, sus múltiples métodos para derrumbar la estructura del tiempo y sus estrategias discursivas para destruir los límites entre la cotidianeidad y la irrealidad. Cuando uno lee a Cortázar, tiene que leerlo a conciencia, sabiendo que corre el serio riesgo de perderse entre párrafo y párrafo.




¿Qué cuentos recomiendo de este libro? Por un lado, a quienes les fascine lo surreal, lo fantasioso, lo típicamente onírico y anticotidiano, les sugiero Axolotl y La noche boca arriba. Son en estas piezas donde la pluma de Cortázar demuestra la plenitud de un estilo imborrable que en cierto modo está presente en el resto de su producción literaria.


Por otra parte, hay dos títulos que sin lugar a dudas son los mejores cuentos de esta antología: Los venenos y Final del juego. Ambos, verdaderos cantos a la infancia y al primer amor, impregnados de un fuertísimo aroma a nostalgia, ternura y conmovedora ingenuidad. La excelencia de estos relatos compensa el ritmo ineficaz y el surrealismo a veces forzado del resto de los engranajes de este gran reloj.



Ignoro con qué criterio han dispuesto la organización de los cuentos, mas pienso que otra permutación, otro ordenamiento de las prosas, otro modo de selección, hubiera cambiado sustancialmente mi juicio respecto del libro.


Fuera de estas observaciones, me quedo mil veces con el fabricante de microrrelatos: a veces la genialidad viene en envase chico. Y cuando querés ensanchar el relato, sin la fortaleza de un esqueleto bien armado, tiende a desarmarse cual castillo de naipes. Lo que sucede con esta obra de Cortázar, que, a mi criterio, se redime de sus imperfecciones por la agudeza que el ingenio del autor exhibe en algunos y sólo en algunos relatos bien jugados.





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