martes, 14 de junio de 2016

Sangre en el hombro de Orlando



Si la pasión era juntar cadáveres,
¿no se les fue un poco la mano?

Néstor Perlongher



A la luz de la masacre de Orlando, a la que se añaden vergonzosamente las fuertes declaraciones peyorativas de la famosa Iglesia de Westboro, no parecerá coincidencia que el libro de David Levithan, Dos chicos besándose, no sólo sea un éxito de ventas en la actualidad por su calidad literaria sino que también el mensaje subyacente en su trama cobre mucha más fuerza en estos tiempos violentos. Aunque dicho libro ha sido publicado en el 2013, las traducciones se hacen esperar, y cuando llegan a la Argentina, el mercado norteamericano ya ha lanzado muchas más novedades a la calle.

Por lo general, evito enredar la literatura con esta clase de polémicas tan directas, con estos inconcebibles hechos de sangre. Pero la ficción grita las verdades de una realidad enmudecida. Me parece inverosímil que haya hombres que dicen amar la paz y aplaudir un acto criminal, celebrar un fusilamiento a costa de las lágrimas de familias rotas. Allá, la homofobia, el racismo y la xenofobia no son sólo discursos poco agradables: a veces se convierte en un cadáver atado a un poste de luz en medio de la nada misma o siete disparos a quemarropa en Harlem. Estados Unidos me da miedo: una sociedad democrática que no parece tan democrática.

La literatura es la voz de los que tienen la boca llena de sangre. El mundo observa a los diferentes con desdén y dice: “¡Todos somos iguales!” Pero, tal como lo escribió Orwell en Rebelión en la granja, algunos son más iguales que otros. Y algunos, parece, viven mucho más que otros.

El mal no es el otro. El mal está dentro de nosotros. El mal disfrazado de cordero con buenas intenciones. El mal vestido de absolutismo moral y fundamentalismo ideológico.

A mí no me importa lo que haga el otro, siempre en cuando el otro no viole la ley. Y si lo hace, no le puedo dar vueltas al asunto y decir que el asesino obedeció a designios superiores. Un crimen es un crimen. Contémplese la masacre como tal.

Una sociedad que no soporta las libertades individuales de los otros es cualquier cosa menos democrática. Una sociedad en la que los hombres derraman sangre de hombres en nombre de un sueño ajeno no es democrática.

Algún día les diremos adiós a las armas. Hoy, ellos viven destrozados, con miedo, con la certeza de que los intolerantes ansían ver su sangre esparcida en las calles del Norte. Algunos del Sur comprenden lo que pasa. Acá también los señalaron con el dedo e incluso les apuntaron con un arma...

No hay comentarios.:

Publicar un comentario