martes, 9 de agosto de 2016

“El peso de un millón de látigos”: la mujer dentro del sistema de esclavos



“Por lo que sé,
mi amo era el padre
de once de sus esclavos.
Pero,
¿acaso las madres
se atrevían a decir
quién era el padre de sus hijos?”

Harriet Jacobs (1813-1897),
ex esclava y abolicionista norteamericana.
Cita de su autobiografía
Incidentes en la vida de una joven esclava 
(1861).




Cuando alguien dice la palabra «esclavitud» y «Estados Unidos», inmediatamente se nos viene a la mente un grupo de hombres encadenados arando extensas parcelas de tierra bajo la sombra de un látigo sin nombre. Pero quienes se han comido el corazón de la manzana podrida durante siglos han sido las mujeres. Hayan sido o no esclavas. Uno, desde el desconocimiento absoluto y el prejuicio pleno, suele confundir el feminismo con el extremismo feminista; pero, desde un punto de vista más crítico, fenómenos históricos como éste son los que verdaderamente muestran las consecuencias de vivir en una sociedad binaria, sexista y patriarcal.

Si la carne del esclavo es exprimida hasta derramar la última gota de sangre sobre la tierra herida, el cuerpo de la esclava está sujeto no sólo a la servidumbre de la esclavitud, sino también a la voluntad del amo y a la violencia sexual que éste ejerce sobre ella.

Si una mujer blanca se consideraba inferior al hombre sólo por ser mujer en aquellos tiempos, ¿cuánto más una esclava? Ser mujer y ser negra. Los dos factores clave que definían la posición de un individuo dentro de las sociedades sureñas en Estados Unidos.

La esclavitud no sólo violentaba el cuerpo de la mujer, sino también que extinguía la posibilidad de ser madre y de formar una familia. Todo hijo que ella tuviese –sea o no del amo– pasaba a las manos de los blancos, quienes decidían en última instancia si conservarlos para aumentar el número de sirvientes en la casa o venderlos a otras familias del Sur para obtener algún beneficio monetario.

La esclavitud hizo que muchas madres dejaran de ser madres. La esclavitud separó familias enteras que raras veces se volvían a reunir.

Por esta razón, el pueblo afroamericano se vio obligado a desarrollar un profundo sentimiento de comunidad que les permitiera soportar el peso de un millón de látigos. Disgregados, fracturados, ultrajados y denigrados. Pero siempre unidos.

La posición de la mujer ha cambiado a lo largo de los siglos, pero aún hay muchas cosas qué cambiar. Y que no cambiaron. Las mujeres siguen siendo esclavizadas bajo las narices de la «democracia». No hace falta más que mirar el rostro de una chica desaparecida multiplicado al ciento por uno con la leyenda ESTAMOS BUSCANDO A... para entenderlo.

Por eso me parece muy importante que intentemos aproximarnos a estas historias. A las antiguas y a las modernas. Porque allí entendemos cuáles son las consecuencias de permitir que el paradigma androcéntrico se apodere lentamente de nuestros hábitos de vida y de los espacios de acción social. Porque la línea entre presuponer a la mujer como un pedazo de carne y violar sus derechos más personales en el marco de la clandestinidad...

En realidad no existe.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario