viernes, 5 de agosto de 2016

Los fantasmas de la esclativud: un comentario acerca de la (otra) literatura norteamericana



“Cuanto más leía,
más me sentía llevado
a aborrecer y detestar
a mis esclavizadores.”

Frederick Douglass (1818-1895),
Relato de la vida de un esclavo americano.







Tal como afirmé al final de la reseña de Old Pa Anderson, quiero dedicar este mes a escribir artículos acerca del racismo, la segregación y la discriminación, además de reseñar y explorar obras que aborden o refieran dichas temáticas. Esto me obliga, necesariamente, a meter el dedo en la llaga, y a preguntarme a mí mismo cuál es la importancia de contar estas historias en estos tiempos que corren. Porque si bien hoy en día gran parte de la sociedad occidental tiene «la cabeza más abierta» y profesa la igualdad de todos los seres humanos, lo cierto es que la realidad está muy lejos de ser un mundo feliz.

En esta oportunidad quiero hacer una presentación general de algunas obras literarias que refieren a la esclavitud de los pueblos africanos y los afroamericanos, así como las políticas de segregación racial posteriores a la Guerra Civil Estadounidense (1861-1865). Por supuesto, más adelante, si los tiempos me lo permiten, me gustaría explorar otras formas de discriminación tanto en la actualidad como en los textos literarios clásicos y contemporáneos.

En primer lugar, me gustaría mencionar dos novelas clásicas para introducirnos de lleno al tema de hoy: La cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, y Matar a un ruiseñor, de Harper Lee.

Respecto a la famosísima obra de Stowe, no hay mucho qué decir. Su autora, una mujer inmersa de lleno en la corriente abolicionista de la década previa a la Guerra de Secesión, publicó la historia capítulo a capítulo entre 1851 y 1852. Yo no tuve oportunidad de acceder a la novela original, sino a la versión resumida de la Colección Grandes Aventuras de Genios (que aún conservo orgullosamente en mi biblioteca).

Más de cien años después se publica Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. Una novela que no requiere mayores presentaciones. No debería sorprendernos que este libro haya sido publicado a principios de una década que traería consigo el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos: los años ‘60. Personalmente, la obra de Lee es una de las que más me ha marcado, a nivel personal y literario, y ansío leer la “continuación” de Matar a un ruiseñor, titulada Ve y pon un centinela.

Dos mujeres blancas norteamericanas han puesto en tela de juicio la sociedad estadounidense a un siglo de distancia una de la otra. Si he mencionado La cabaña del Tío Tom y Matar a un ruiseñor, es porque es probable que, a la hora de hablar de esclavitud y segregacionismo respectivamente, ambas obras nos parezcan familiares y reconocibles dentro del canon literario que contemplamos.

Lo cierto es que si bien se tratan de novelas extraordinarias y monumentales, no solamente quiero quedarme con esto. Los hombres negros también escriben. Han escrito, escriben y seguirán haciéndolo. Porque Estados Unidos es un paraíso construido sobre una montaña de carne. Carne de cuerpos encadenados, ultrajados y reventados a latigazos. Cuerpos y cuerpitos violados, violentados, masacrados. Cuerpos que ni siquiera tienen nombre. Hasta esto se les ha arrebatado.

Seis años antes de la publicación de La cabaña del Tío Tom, un hombre llamado Frederick Douglass publicó The Narrative of the Life of Frederick Douglass, an American Slave (en la edición del Centro Editor de América Latina se tradujo como Relato de la vida de un esclavo americano). Este libro autobiográfico había sido escrito con un estilo tan directo, prolijo y elegante que inmediatamente cosechó muchos detractores que sospechaban de la autenticidad de la obra. «Pero si los negros no saben escribir...», decían. Pero Douglass sabía escribir. Y escribió. Con la ayuda de camaradas abolicionistas, su historia –narrada por él mismo, es importantísimo subrayar esto– vio la luz en 1945.

Otra historia para nada menor es la Harriet Jacobs, una mujer afroamericana que publicó en 1861 sus experiencias como esclava en su autobiografía Incidentes en la vida de una joven esclava. Con un estilo discreto, sutil pero contundente, Jacobs narró sus miserias cotidianas en su infancia y adolescencia, mencionando los episodios de violencia sexual que sufría por parte de su antiguo amo, el señor Flint. (En realidad, apenas podía referenciarlos; corría el siglo XIX a ningún escritor se le hubiera pasado por la cabeza mancillar la puritana decencia cristiana pecando por exceso de sinceridad.)

Por supuesto, todo lo que estoy diciendo es un hiperresumen de todo un fenómeno político, social e histórico que dio origen al género de las narraciones de esclavos (slaves narratives): la esclavitud contada desde la mirada del propio esclavo. La opresión en la boca de los oprimidos.

Eso, por un lado.

Por el otro, y ya desplazándonos más adelante en la línea de tiempo, la abolición de la esclavitud cambió y no cambió las condiciones de vida de las comunidades afroamericanas en Estados Unidos. Sí, eran libres. Pero un hombre libre al que se le prohíbe hacer de todo en una nación segregacionista no es un hombre libre. Desde el Renacimiento de Harlem, es decir, desde los años ‘20 en adelante, las plumas de los grandes escritores afroamericanos entrarían en discusión con el status quo norteamericano. Desde poetas como Langston Hughes y Claude McCay, hasta novelistas como Richard Wright (Sangre negra), James Baldwin (Ve y dilo en la montaña) y Ralph Ellison (El hombre invisible). ¡Ojo! Que mujeres, hubo. Más cerquita del RH, Nella Larsen y Zora Neale Hurston. Más cerquita de nuestros tiempos, Alice Walker (El color púrpura), Maya Angelou (Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado), Gwendolyn Brooks y Toni Morrison (La canción de Salomón, Beloved).

No necesariamente un afroamericano tiene que escribir sobre los problemas que atraviesa su propia comunidad para erigirse como escritor de ficción, pero en Estados Unidos es inevitable no hablar de esto. Ku Klux Klan, el asesinato de Luther King y Malcolm X, las Panteras Negras, el Cinturón Negro de Chicago, las instituciones carcelarias, el gatillo fácil y la cuestión racial. En este preciso momento somos testigos de cómo Donald Trump, la encarnación más perfecta de la extrema derecha norteamericana, se aproxima cada vez más a la Casa Blanca contra todo pronóstico estadístico. Las palabras del candidato no son ingenuas ni ciegas. «Este no es el Sueño Americano que todos queremos para nuestros hijos.» El Comediante, aquel cínico superhéroe de Watchmen, opinaría todo lo contrario: ¡Este es el Sueño Americano!

En conclusión, este es el mejor (o el peor) momento para volver a poner estas cartas sobre la mesa. Para contemplar, a través del cristal de la literatura, los fantasmas de la esclavitud. Porque están allí. Allá y acá. Moviéndose entre las dimensiones. En algún lugar del pasado, las cadenas se mueven, tenuemente mecidas por una larga hilera de cuerpos caminantes en una plantación de algodón. Cling, clang, cling, clang. El eco de estas cadenas, y tal vez los versos olvidados de un himno mal silbado, llegan a nosotros, los herederos de este siglo. Si aprendemos a escuchar y a leer correctamente los signos del horror, vislumbraremos la firma de un látigo en nuestros rostros.



La imaginación nos une mucho más de lo que pensamos.

Las palabras pesan más que nuestros propios labios.

Aunque los siglos se arrastren sobre nosotros
y nos dobleguen y nos aplasten,
los muertos pueden hablar.

Escúchalos. Están caminando.


Cling, clang, cling, clang...

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