viernes, 19 de agosto de 2016

Ma


«Che, ma, ¿sabías que
estuve leyendo
historias de esclavos?»



Así comenzaban,
más o menos,
las charlas con mi vieja.


Mi madre,
una mujer de piel blanca,
una mujer argentina,
una mujer cristiana,
una mujer que no lee
otra cosa que no sea
la Biblia.


Todos los lunes,
a las diez de la noche,
a la hora de comer,
le contaba acerca
de los libros que leía.



Mi vieja me escuchaba
atentamente,
como si en esas historias
hubieran pedazos de ella
desparramados
entre las palabras.


Una noche me dijo:
«¿Sabés qué, Julián?
Yo también me siento esclava.»



Entonces, lo comprendí.
Somos esclavos de nuestra propia conciencia.
Cada vez que abrimos una mano,
alguien pone un cuchillo en la palma
y los que solicitan nuestra ayuda
se ríen
mientras sangramos.


«¿Por qué ayudás tanto,
mamá?»
dice mi hermana.
«¿Por qué sos tan buena?»


Yo me hago el tonto
y miro hacia el otro lado.
Me jode, che,
que la usen de esa forma,
que nos usen de esa forma.


Si les decís que no a ellos
te hacen sentir como un hijo de puta.


Mi vieja nunca dice no.
Yo tampoco.


No me preguntes quienes son.
No querrás saberlo.
Tal vez lean este poema
y me arranquen los huesos.


¡Nah, me importa un cuerno!
Ellos escupen fuego
sobre los libros que leo.


Mientras les haga creer
que mi alma sigue funcionando,
no me harán preguntas tontas
ni me pedirán favores tontos.


¡Ay, ma!
¡Si supieras como me siento!
Me cuesta poner en palabras
todo lo que estoy (vi)viendo.

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