lunes, 15 de agosto de 2016

¿Por qué hablar sobre esclavitud?



Antes de continuar escribiendo en Opiniones marginales, hago una pausa para preguntarme a mí mismo: ¿Por qué hablar sobre la esclavitud? Un argentino nacido en 1993 que no vivió la dictadura, la guerra o la esclavitud. ¿Por qué me apropio de las historias de otros pueblos para ponerlas en mi propia boca?

Me es extraño intentar explicar este profundo interés por el sufrimiento humano, siendo yo una persona que no exterioriza sus opiniones en la vida cotidiana, manteniéndome al margen de toda posición política y de otras actividades socialmente relevantes.

Cual extranjero en tierras ajenas, contemplo a una distancia prudencial todo lo que rodea y constituye mi existencia terrenal, sometiendo cada fragmento de realidad a un análisis minucioso. En mi vida he tratado de mantener un espíritu crítico, sin extremismos radicales o fanatismos tóxicos, aunque no siempre pude exponer –siquiera defender– mis propios puntos de vista. A veces, la única forma de sobrevivir en una sociedad es ceder terreno y dar la razón a las personas equivocadas. ¿No es horrible lo que digo? Por supuesto que sí. Hay cosas que no cambian nunca. Y no quiero perder el tiempo enderezando lo torcido.

Opiniones marginales es el espacio donde, de algún modo u otro, esa parte de mí que nadie quiere escuchar tiene una dimensión propia. La complejidad del ser humano es abismal. Entonces, ¿cómo acceder al abismo humano? ¿Cómo explorar lo inexplorable? ¿Cómo iluminar las sombras ocultas dentro de nuestro ser?

La literatura es un rayo de luz que rompe las tinieblas del alma. Infortunadamente (y ustedes, jóvenes lectores, lo entienden mejor que nadie) no todos contemplan las letras con optimismo. En nuestros círculos sociales siempre hay alguien que reniega de la «porquería» que estamos leyendo. Yo mismo he participado de fervorosas discusiones contra seres a quienes estimo y amo en defensa de las bellas artes. Yo he defendido –y sigo defendiendo– la libertad de leer por placer, el derecho de leer lo que uno quiere; muchas veces, yo mismo me he puesto en la piel del abogado del diablo defendiendo libros que no me han gustado; muchas veces, yo mismo me he visto obligado a cambiar mi propio punto de vista, a no desmerecer tal o cual obra tan sólo porque había sido escrita por tal o cual escritor.

Alguna vez estuve enamorado de un alma que no podía comprender mi pasión por las letras. Como casi siempre sucede a los hombres tímidos, dejé morir muchas oportunidades de contraer enlace con aquel otro camino de sangre. Sería insensato, viéndolo en retrospectiva, determinar si esto fue malo o bueno: la vida del hombre está llena de acontecimientos que no son ni buenos ni malos. Sencillamente, ocurren. Peripecias, circunstancias, casualidades. Nada más.

No puedo obligar a nadie a amar lo que yo amo. El amor no nos obliga a nada: somos nosotros los que, en la plenitud de este amor, obramos con absoluta libertad. Ella abominaba lo que yo amaba. De esta dolorosa discrepancia, aprendí algo de su punto de vista que me resultaba incomprensible: la literatura no lo es todo. La vida no se agota en las palabras. Pero es la palabra la que realza y reafirma el valor de la vida. Comprendí que la literatura no constituía ningún escape de la realidad. No importa cuántas veces abra o cierre un libro: ni la realidad de los otros ni la realidad propia cambiarían.

Huir de todo no es una opción. No importa cuán fuertemente cierre los ojos. La habitación llamada mundo está llena de sangre.

La línea divisoria entre literatura y realidad es tan difusa que por momentos me enfrento a una materia informe pero a la vez concreta, un algo constituido por palabras y por hechos. Lo que leemos tiene un efecto muy real en nosotros; asimismo, lo que escribimos produce cambios en quienes leen nuestras letras.

La escritura ha sido el caballito de batalla de la cultura occidental. No es el guerrero el que triunfa en la guerra, sino que el verdadero vencedor es el hombre que escribe la Historia. El o los que escriben la Historia son los que le dan forma al mundo. La escritura resiste el paso del tiempo: es una botella arrojada a las olas del futuro que preserva el mensaje de los antiguos escribas.

Pero si las palabras defienden las ideas equivocadas, entonces basta una mala interpretación de la escritura para destruir el mundo.

¿Cuántas mujeres apedreamos en el nombre de Dios? ¿Cuántas veces incurrimos en actitudes racistas justificándonos con pasajes de la Biblia y darwinismo social? ¿Cuántos autores de la época colonial representaron a los pueblos originarios americanos como estúpidos, bárbaros y salvajes?

La escritura es poderosa. Las palabras son poderosas. Los lectores como ustedes y como yo entienden mejor que nadie el filo de nuestra propia lengua.

Aunque parezca que me haya ido por las ramas, no nos hemos alejado demasiado de la sombra de la esclavitud. A un esclavo nunca se le enseña la palabra «libertad». La aristocracia sureña de Estados Unidos lo entendía bien, y castigaban severamente a todos aquellos negros encadenados, adultos y niños, que sabían recitar el ABC.

El descubrimiento de la literatura afroamericana significó para mí una nueva forma de vivir la literatura. En la actualidad, muchos de nosotros podemos comprar cualquier libro que deseemos en casi todas las librerías de Buenos Aires. Ellos no tuvieron la misma oportunidad que nosotros. Leer significa ser torturado a latigazos. Leer es antinatural. Leer es blasfemia. Leer es morir.

Lejos de ser metáforas mortuorias, estas frases no dejan de referir hechos concretos. Sin ir más lejos, el caso de Malala Yousafzai, quien arriesgó su propia vida en defensa de la educación de las niñas pakistaníes en pleno régimen talibán. O, en este lado de la Tierra, todos aquellos argentinos que enterraban libros en el patio de su casa mientras los militares quemaban los poemas de Neruda.

Por esta razón yo, como escritor, asumo un gran compromiso con mi propia lengua. Comprender el poder, el valor y el alcance de las palabras, dentro y fuera de la literatura.

Durante siglos hemos guardado un silencio muy parecido a la esclavitud. La educación tradicional nos ha hecho creer que la literatura carece de una funcionalidad práctica inmediata. Muchos suponen, gracias a esta hermética forma de pensamiento, que los jóvenes que leen entregan cuerpo y alma a un estado de suspensión de la conciencia y un proceso de aislamiento social. ¿Cuántos niños han sufrido acoso escolar sólo por leer en público? ¿Por qué persiste en las instituciones e incluso en nuestra propia cultura colectiva esta estigmatización del ser lector?

Para el ciudadano común postmoderno el lenguaje es sólo una colección de signos comunicativos; pero para un esclavo del siglo XIX, al que sólo se le ha enseñado a entender el lenguaje de su amo, la imposible posibilidad de leer constituye la delgada línea roja entre la muerte en vida que significa su condición de siervo eterno y la fuga, aunque sea parcial, de la realidad de hierro y sangre que se apodera de su voluntad y de su cuerpo.

Cuando el esclavo lee la palabra «esclavo» y se ve a sí mismo en un anuncio de venta, entiende por primera vez su trágico lugar en el submundo del terror. Cuando el esclavo lee la palabra «libre», y alcanza a comprender uno de los muchos significados de la palabra «libertad», se produce una serie de cambios internos que lo conducen irreversiblemente a la lucha contra las instituciones que han engendrado, posibilitado y legitimado su esclavitud.

Sería imprudente comparar la pugna del esclavo con la lucha de clases propuesta por Marx. El esclavo quiere parecerse al amo. Quiere poseer tierras, como el amo. Quiere tener un par de zapatos decentes, como el amo. Quiere tener la piel libre de infecciones y heridas, como el amo. Quiere leer libros a la luz de una vela en la comodidad de una cama, como el amo.

El esclavo, exento de todos los privilegios de los hombres libres, no puede acceder a la escritura. Por lo tanto, recurre a la memoria oral. Su única literatura son las canciones que hablan de Dios, los rítmicos juegos de palabras sin sentido y los relatos que saltan de boca en boca.

La literatura ha puesto en el papel lo que han cantado las bocas de los que ya no pueden hablar. La literatura es un grito sin aire. Como aquel cuadro famoso donde el mundo parece desdibujarse en torno al hombre que grita. No hay sonido, pero los colores y las palabras dibujan un grito dentro de mí.

Cuando una historia se hunde debajo de mi piel, tengo ganas de gritar. Como si alguien me hubiera pinchado el corazón con una aguja. De pronto, lo único que quiero es dejarme caer entre las palabras y morir en ellas.

Por lo general, soy muy cuidadoso con los libros que elijo. A mí me cuesta leer determinado tipo de novelas, porque raras veces me siento identificado con ellas. Hay libros que no me llaman. Cuando leo una novela, la leo con la convicción de que formará parte de mi destino de algún modo u otro.

Será por eso que La rebelión de Atlas me pareció una agonía pendular de mil páginas, mientras que la más efímera de las poesías de Langston Hughes significó para mí toda una revolución. Porque esas historias que no hablan de mí de repente forman parte de mí de un modo que yo no puedo explicar.

Lo que escribo me afecta. Escribir acerca de la esclavitud me pone los pelos de punta. No me deprime, sino que me sé y me siento vivo. ¡Hay tanta vida en mí! ¡Soy, lectoras y lectores, un hombre libre!

Por sobre todas las cosas, estas historias, a las que he accedido de manera privilegiada y nada casual, me han mostrado una realidad a la que soy ajeno pero que me obliga a separar mis brazos cruzados. Y yo, desde mi humilde y sentida argentinidad, estoy aprendiendo a apreciar la libertad de las formas más sencillas. En mis ceremoniosas mateadas matutinas, en mis libros, en las aulas de la universidad, en mi trabajo, en la mesa a la hora de comer, en mis encuentros furtivos con otros amantes de la literatura...

¡Oh, Libertad! ¡Dulce, dulcísima Libertad!

«Seamos libres, que lo demás no importa nada», habrá sentenciado fervorosamente San Martín. En la contemplación de los horrores del pasado, del presente y del futuro, en esta caprichosa pugna por sobreponerse a la repulsión que provoca el triste espectáculo de la crueldad humana, hallo la sombra del hombre libre, la inspiración y la fuerza del que aún no es libre y quiere serlo.

Yo leo para no olvidar lo que no viví. Yo escribo para recordar lo que fue, lo que es y lo que será. La literatura me hace recordar cuán fuertemente pueden golpear las palabras necias a los corazones afligidos. Y con cuánta fuerza un mensaje de esperanza puede romper el silencio de las sombras.

4 comentarios:

  1. "Seamos libres, que lo demás no importa nada." Honestamente, me sentí identificada con el no poder defender muchas veces tu punto de vista debido a los aplastantes fanatismos. La verdad un gran artículo, no pudiste haberlo escrito mejor. Saludos!

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    1. ¡Muchísimas gracias, Vyckee, por tu comentario! ^_^ Lamentablemente, uno no siempre puede defender los ideales en los que cree. Lo que no significa que no sean menos verdaderos. ;) ¡Te mando muchos saludos! :D

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  2. Lo amé, me sentí muy identificada con tus palabras, te felicito ^^ Soy estudiante de profesorado de historia y en muchas de mis lecturas me encuentro reflexionando varios puntos que nombraste en tu artículo.. En fin, saludos y sigue expresándote de esta manera!

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Drina. ^_^ Yo soy estudiante de Letras en la UBA, pero la literatura recorre la historia universal en un marco muy amplio, y siempre entremezclo mis reflexiones tanto con lo poético como con lo histórico. ¡Gracias por tus palabras! :D ¡Saludos! :)

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