lunes, 22 de agosto de 2016

#RespectBooktubers: una carta abierta a toda la comunidad booktuber



Interrumpo el curso natural de mis publicaciones para escribir estas palabras a flor de piel que intentarán expresar, tal vez sin éxito, la indignación colectiva que recorre las venas de una comunidad a la que mucho se cuestiona y poco se comprende: estoy hablando de ustedes, amadísimos booktubers de Argentina y (¿por qué no?) de América toda.

El motivo de esta epístola clandestina no es otro que el de cierto artículo pseudoperiodístico que, por lo que he advertido, muchos de ustedes han leído. En vista de la repentina popularidad de este cáustico texto, puedo prescindir de mencionar la fuente que tan bien conocemos. Mas para aquellos que desconozcan la leña sobre la cual arde este fuego, les consigno el enlace por AQUÍ.

No tengo la insensata pretensión de atacar discursivamente al autor, ya que, bien lo ha afirmado un tal Michel Foucault, «el autor ha muerto», y en lo que respecta a un análisis exhaustivo del polémico informe acerca de los booktubers, el nombre del autor –y, por lo tanto, toda tentativa de crítica directa– me parece una prioridad menor e intrascendente. En cambio, con lo que quiero discutir es con el punto de vista –que a mí no me ha quedado tan claro– que se presenta respecto al oficio del booktuber en relación con lo que se ha dado en llamar «el espectáculo de la literatura».

Yo curso la carrera de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Yo escribo en el blog Opiniones Marginales desde 2012. Sólo recientemente he tenido mi primer acercamiento a esta comunidad, que si bien ha nacido en un corto período de tiempo, en Argentina ha alcanzado un notorio grado de consolidación y unidad. Una unidad que va más allá de lo literario. En este ambiente se han forjado amistades inesperadas, se han consumado pasiones inolvidables, se han producido encuentros que en otras circunstancias no hubieran podido producirse. Esta movida juvenil ha posibilitado la conexión de un sinnúmero de relaciones humanas. El factor humano no puede ser eliminado de la ecuación; este fenómeno social no puede ser analizado con los términos con los que el susodicho artículo pretende analizarlo.

El «fenómeno booktuber», lejos de la caracterización que hace Santos como una especie de tendencia juvenil perecedera y sin argumentación razonada, es una respuesta a los nuevos tiempos en los que estamos viviendo, a cómo la experiencia literaria puede ser transmitida a las nuevas generaciones a través de los dispositivos y redes de comunicación e información, cuando en las décadas pasadas se temía que la creciente producción de sistemas inteligentes segaría al hombre de sus posibilidades de creación artística, de sensibilidad y de comunicación.

Antes de continuar, quiero destacar el trabajo de la administradora del blog Plausible, que ha hecho un análisis sólido y transparente del controversial artículo, titulado La literatura como herramienta. Yo no hubiera podido ser más conciso y claro.

«La literatura es humana», sentenció Lukács –fíjense como les doro la píldora a los que les encanta exornar sus observaciones con citas de autoridad–; no se puede sustraer la literatura de su carácter humano.

Los booktubers no se posicionan «en contra de la crítica literaria» ni han pretendido hacerlo. Ellos no aspiran a una objetividad imposible, sino que comparten su experiencia de lectura a través de un medio audiovisual. Como cualquier experiencia humana, la lectura está sujeta a la subjetividad del que la vive. La división entre literatura y vida, entre la historia y el lector, una vez más, es cuestionable. Pero mencionar este problema, aunque puede llegar a ser pertinente en la literatura en términos generales, no justifica el acto de subestimar e incluso desmerecer, ni de la forma más sutil, la labor de los booktubers: jóvenes que aman la literatura y que invierten tiempo y recursos tan sólo para compartir lo que más les gusta.

Ni más, ni menos.

Quien los haya entronizado equívocamente como la «nueva crítica literaria» los ha arrojado al centro de una discusión en la que ellos no quieren ni quisieron iniciar. Con dignidad y conciencia se someten a los análisis de diferentes personalidades culturales y académicas, así como soportan los vituperios de diferentes medios de comunicación que en vez de separar las aguas y esclarecer los términos, entremezclan todo en una masa inconcebible de ideas borrosas y neologismos dudosos.

La cuestión es...

¿Se puede analizar el denominado «fenómeno booktuber»?

Mi respuesta es: sí. Se puede.

Pero para explicarme mejor, reformulo la pregunta:

¿Se puede analizar este fenómeno desde otra perspectiva en la que no se refiera a la generación actual de lectores jóvenes en términos necesariamente peyorativos?

Sí, se puede.

Reformulo otra vez la pregunta:

¿Se puede hacer un análisis de estas nuevas formas de experiencia literaria desde un punto de vista más abarcativo, menos reticente a los géneros literarios contemporáneos, que pueda producir una aproximación más acertada al concepto de booktuber?

Sí, se puede.

Hoy mismo he leído el artículo flamígero, y estoy en desacuerdo con algunas de las ideas que formula y con el «cómo», la forma, en la que las formuló. El texto de Santos no me ha dado una noción verdadera del ser booktuber, sino que incurre en las previsibles comparaciones entre el booktuber y el crítico literario, cuando se sabe que ambos campos de acción y de experiencia estética son incomparables.

Yo soy un estudiante de Letras. Y un amante de la literatura. No sólo estimo a los booktubers por profesar su amor por los libros, sino que también tengo un respeto profesional por lo que hacen. Yo no me considero blogger (más bien, diría que soy un «antiblogger», pero esa es harina de otro costal), pero he tenido la oportunidad de conocer e incluso de reseñar numerosos blogs en mi sección Blogoscopio. Hay textos que son dignos de análisis, en los que se torna transparente y visible la cuestión de la experiencia literaria en la postmodernidad.

Si yo lo puedo ver, honorables caballeros, ¡¿cómo los otros, cronistas que han vivido más que yo bajo el cielo del Eterno y que tienen mayor acceso a las fuentes que información que quien esto escribe, no han podido verlo?! ¿Acaso no han podido contemplar las posibilidades infinitesimales de experiencia literaria en la figura del blogger, del booktuber y del bookstagramer? ¿Soy yo el único loco entre vosotros que observa a los booktubers en su manifiesta singularidad?

Quiero concluir esta carta abierta con una anécdota. Después de entrevistar a un puñado de booktubers tras la charla BBB en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de este año –de hecho, los reportajes están en la sección ENTREVISTAS– lo primero que dije a mi hermana al llegar a casa fue:

–¡Sol! Creo que ya tengo mi tema de tesis... ¡Voy a escribir acerca de los booktubers!

La frase fue real. Lo admito, un poco apresurada. Ahora, si lo hago o no lo hago, ya es mi problema. Pero las ganas están. Porque realmente todo lo que ellos hacen, todo lo que hay detrás de un video, es digno de respeto, de mención y de un análisis comprometido, serio y concienzudo.

La pregunta final: si yo no me considero blogger, y no tengo un canal de YouTube, ¿por qué escribí en defensa de los booktubers? Si a mí esto no me mueve un pelo, ¿por qué sumarse a la ola?

La literatura es una fuerza impredecible. Une a personas que en circunstancias corrientes pueden existir de forma separada. El artículo de Santos ha sido un latigazo de tinta a la cara de mi propia generación. Confieso que no he leído muchas novelas de literatura juvenil. Y que tampoco escribo reseñas a la manera de muchos, con puntuaciones y sinopsis. Pero esos párrafos calientes me tocaron las vísceras. De pronto, sentí la necesidad de expresar esta indignación que no era mía en palabras. Y salió esto.

Así que, chicos, perdónenme por meter la cuchara en una sopa que, al no ser yo un booktuber, tal vez no me corresponde tomar, pero cuyas columnas de humo afectan a una generación a la que pertenezco, al menos etariamente.

Pero quiero que sepan en la conjura de los necios, mis palabras están a su plena disposición para el alegato y la defensa, a la hora del juicio y del prejuicio, en el día más oscuro y aún en las noches iluminadas por el fatuo fuego de la incomprensión y la cólera...

En resumen...

«A la gilada ni cabida», sentencia el porteño refrán. ¡Y si no, que lo diga Matt Damon!

¡Que el mundo siga girando, que nosotros seguimos leyendo!

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