miércoles, 14 de septiembre de 2016

Reseña: “La leyenda de Sleepy Hollow”, de Washington Irving



 

Si quisiera encontrar
un retiro a donde dirigirme
para huir del mundo
y de sus distracciones,
y pasar en sueños
el resto de una agitada vida,
no conozco lugar más indicado
que este pequeño valle.








Ignoro si esta pieza literaria se mantiene vigente como lectura obligatoria en los programas de lengua y literatura de los colegios secundarios del país; sí puedo decir que mi primera aproximación a La leyenda de Sleepy Hollow coincidió con la proyección en la pantalla chica de su adaptación fílmica, dirigida por Tim Burton y protagonizada por Johnny Deep y Christina Ricci. Un magnífico ejemplo de cómo el guión cinematográfico puede desobedecer las restricciones del material primigenio para ofrecernos una historia alternativa a la obra original.

Bajo el imperio de las expectativas que el ingenio de Burton me infundió, abordé el relato de Irving desde la perspectiva equivocada. Si bien la narración incorpora elementos del género de terror, la obra en sí no rezuma oscuridad en su máxima pureza. Para progresar con la lectura, alguien tiene que arruinarnos el chiste: la pluma de Irving no tiene la más mínima intención de asustarnos, sino de asustar a los personajes de esta historia para que nosotros podamos asustarnos y a la vez reírnos con ellos.

El argumento no es complejo ni rimbombante, y hasta prefiero desembarazarme de la obligación de repetir un argumento que muchos de ustedes conocerán. Aunque el fortuito título embauca a los incautos, el verdadero protagonista de la historia es el profesor Ichabod Crane, habitante de Sleepy Hollow, un pueblo de Connecticut.

La leyenda de Sleepy Hollow proporcionó a mi infancia un miedo que recorría los pasillos de mis pesadillas más memorables: la figura siniestra del caballero decapitado. En mis visiones oníricas, lo imaginaba erguido junto a la ventana del comedor, golpeando con sus dedos muertos el cristal en búsqueda de una cabeza que sustituyera al cráneo perdido. También soñaba con su caballo, una bestia bucefálica que emanaba azufre de sus fosas nasales y chorreaba lenguas de fuego por la boca.

Con el correr de los años y las continuas relecturas de esta pieza emblemática de la literatura norteamericana, el temor se ha atenuado hasta fosilizarse en un enternecedor recuerdo de mi propia infancia. Irving y Conrad –quien escribió La posada de las dos brujas, otra obra literaria que me erizó la piel en mi preadolescencia– se anticiparon por mucho a Shelley, Stoker, Quiroga, Lovecraft o King.

Lo interesante de este relato es cómo las historias de fantasmas forman parte del folklore local del pueblo chico. Cómo lo sobrenatural se yuxtapone con lo cotidiano en una época donde no existían las creepypastas, el cine gore o las leyendas urbanas.

El relato transcurre en 1784, unos años después de la Guerra de Independencia de Norteamérica; es curioso que el Jinete sin Cabeza sea un soldado alemán contratado por el Imperio Británico que pereció en tierras americanas. Los hessianos eran mercenarios alemanes contratados por Inglaterra para recuperar las colonias que se sublevaron contra la Corona. Una bala de cañón arranca ciegamente el cráneo de este guerrero, y su espíritu, según refiere el relato que aparece dentro del relato, se arrastra en las tinieblas de la noche buscando lo que la guerra le arrebató.

Juzgo interesante que Ichabod, un hombre de letras y de ciencias, sea el personaje más supersticioso de toda la obra. Crane es un personaje ambivalente en más de un sentido: el mismo narrador marca que hay una gran diferencia entre Ichabod (el caballero refinado) y Crane (el profesor severo). A pesar de su erudición y elocuencia, él sucumbe al peso de los relatos de terror como un paraguas mal cerrado ante la tempestad. Estas tenues contradicciones se visibilizan en el relato mismo, donde se nos describen escenas cotidianas de una manera bastante realista y por momentos cómica, mientras que las historias de fantasmas que se recitan en el transcurso de la trama llegan a ser espeluznantes y macabramente incómodas. El péndulo narrativo oscila entre la luz y la oscuridad, lo humorístico y lo serio, lo vivo y lo muerto, lo realista y lo sobrenatural. Estos elementos tan opuestos integran la vida diaria de los habitantes de Sleepy Hollow.

Entre tantas voces alegres que se elevan para recitar hechos de sangre en el festín, hay lugar, a pesar de todo, para el amor. Katrina Van Tassel, la hija del granjero Baltus Van Tassel, es la encarnación de todo lo que Crane desea. No obstante, Abraham Van Brunt, el joven más apuesto de Sleepy Hollow, le hará la vida imposible entre burlas y jugarretas. Crane y Van Brunt inician así una cordial pero feroz batalla por la mano de Katrina.

El recurso del triángulo amoroso es menos original que el pecado de Adán y Eva. Pero ha funcionado antes y sigue funcionando ahora. A medida que avanza el relato, observamos las tácticas y estrategias de cada caballero para captar la atención de la dama: desde los modales refinadísimos del señor Crane hasta el carisma irresistible del joven Brunt. ¿Con quién se quedará la chica? ¿#TeamCrane o #TeamBrunt? ¡Hagan sus apuestas!

Pero que a nadie se le llene el vientre de mariposas, que aquí hay algo que no cierra. La pregunta del millón: ¿dónde está el Jinete? El Jinete, de estar, está, pero aunque ocupa un rol fundamental en el desenlace de la historia, en realidad es un personaje secundario (podría decirse que en realidad ni siquiera es un personaje, sino más bien un dispositivo, como un arma de Chejov, bien guardada en el cajón que aparece en el momento en que tiene que aparecer) cuya figura crece de manera sutil hasta llegar al clímax de la trama. Las historias de fantasmas, en complicidad con el lóbrego aspecto del bosque que rodea al pueblo de Sleepy Hollow, conforman el decorado del escenario de una historia de amor que adolece de progresos y retrocesos, intermitencias y altibajos.

Si estás leyendo La leyenda de Sleepy Hollow porque la profesora de literatura te mandó a hacer un trabajo práctico sobre Irving para la semana que viene y el monstruo no aparece a la vuelta de la esquina, es bueno recordarse que: 1) El protagonista es Crane; y 2) El Jinete sí aparece. Pero no de la forma que esperamos. Eso es lo peculiar en este relato de Irving. El hessiano es un deuteragonista, es un personaje al margen de la secuencia de acontecimientos que transcurre en Sleepy Hollow hasta que se pronto la narración se tuerce y lo marginal, lo que estaba de fondo, salta al primer plano. La operación que hace Irving es interesante, porque en realidad él no hace ningún esfuerzo por producir un efecto sorpresa: el narrador invoca una atmósfera fantasmagórica alrededor de Sleepy Hollow para insinuarnos adrede que algo malo va a pasar. Crane camina con los ojos en la nuca después de la ceremonia de cuentos de terror y desconfía hasta de la rama más pequeña del bosque que rodea la villa. Algo malo va a pasar, algo malo va a pasar, piensa el lector. El verdadero eje de la cuestión es que no sabemos exactamente qué es lo que va a pasar y cómo va a pasar.

En realidad, lo peor que le puede pasar a Crane es que Brunt se robe el corazón de la chica. Pero las historias de terror están allí para recordarnos que... bueno, el amor de mi vida se fue con otro, ¡pero podría ser peor!

Podría hacer un análisis mucho más exhaustivo de La leyenda de Sleepy Hollow, pero mejor lo dejamos acá. Este es el momento en el que mendigo mezquinamente los comentarios de mis lectores constantes, preguntándoles si han leído este relato de Irving, qué tal les ha parecido y con quién les gustaría que se quede Katrina, si con Crane o con Brunt. Si se puede shippear con los personajes de literatura juvenil contemporánea, ¡¿cómo no hacerlo con la literatura de hace más de dos siglos?!

En conclusión, La leyenda de Sleepy Hollow es un relato donde lo sobrenatural y lo cotidiano integran una historia donde el amor, el terror y el humor se encuentran en perfecto equilibrio bajo la pluma magistral, ágil y sofisticada de uno de los escritores más influyentes de la historia de la literatura norteamericana: el señor Washington Irving.



2 comentarios:

  1. Hola!! Esta es una reseña!!!! Me dieron ganas de leerlo pero no es mi estilo jaja, tendré que darle una oportunidad y ver :P.
    Saludos ^^

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola, Flor! Vale la pena darle una oportunidad. Además, es un relato bastante corto, lo leés de un tirón en un solo día. :) Ojalá se te presente la chance de leerlo. ¡Saludos! ^^

      Eliminar